Carlos León, Versos Sueltos, Galería Fernando Pradilla (Madrid)

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Hace cuatro años que a Carlos León le fue concedido el Premio de Artes Plásticas de la Comunidad de Madrid, y casi dos que obtuvo el premio nacional “Arte y Mecenazgo” patrocinado por la Fundación La Caixa. Dentro del arco temporal que acabamos de reflejar nuestro artista realizó dos soberbias muestras: durante el otoño del 2015 Pink Requiem en la “Sala Alcalá 31” de Madrid, y en la primavera del 2017 Estancias en el Museo Esteban Vicente de Segovia. Esta información recién comunicada posee el doble interés por parte de quien escribe este texto de expresar, por una parte, el dinamismo, en cuanto a exposiciones de innegable importancia institucional, que Carlos León lleva protagonizando en los últimos años, pero también poner el foco de atención en el público reconocimiento de una obra, la suya, que desde el lejano año de 1970 (fecha de su primera muestra individual) hasta el presente no ha abandonado jamás la cualidad de búsqueda e investigación en su trabajo fuera el que fuese su lugar de residencia en ese momento, principalmente cuatro paisajes de especial importancia en su vida y obra: el campo castellano de Segovia, Madrid, París y Nueva York. Investigación, ciertamente, que siempre ha estado acompañada de un interés manifiesto por la literatura y la música, y también, como no podía ser de otra manera, por la estética y la teoría del arte. Recién estrenado el año en curso nuestro artista ha inaugurado su primera exposición en la que será su nueva y futura galería, “Fernando Pradilla” en Madrid.

 

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Versos Sueltos es el título dado por el artista a esta su última muestra, y que por cantidad y calidad más propia parece de un centro institucional que de una galería privada. En realidad estos “versos sueltos” -si es dable entender por ello los magníficos trabajos presentados en esta ocasión bien podemos afirmar que estos versos están muy bien trabados en una cadencia expresiva que alterna por igual poesía y prosa- son una síntesis muy bien organizada de obra realizada, en su mayor parte, durante los dos últimos años, si bien podemos contemplar igualmente obra ejecutada durante la última década. De ahí la cualidad “museística” que posee esta muestra a la que de una manera indirecta ya me he referido -y se asume que hay exageraciones que expresan muy bien lo que pretendemos manifestar. Más que síntesis (y sin estar equivocados en la calificación) Versos Sueltos es un brillante destilado de los elementos estructuradores de sentido (o de pasión creativa e intelectual, que viene a ser lo mismo) que han pautado y defendido la obra de Carlos León desde hace más de cuatro décadas. Volveremos sobre estos elementos configuradores de sentido, pero antes quisiera expresar que estas pinturas -hay algunas, pocas, esculturas muy bien seleccionadas e “interpretadas” en el universo innegablemente pictórico de la exposición- se manifiestan en el presente como un cénit de todo un pasado creativo. Pues de igual manera que el argumento más esencial de la poesía es el del paso del tiempo, bien podemos afirmar sin temor a errar que el tema más decisivo y no menos esencial de la pintura es la permanencia de un momento decisivo, de un instante suspendido, de una, ciertamente, revelación de que lo inexpresable también se muestra y se hace visible. Quizá ahora se entienda mejor la prosaica metafísica que encierran estas dos únicas palabras: Versos Sueltos. Dos de los más importantes argumentos de los que se ha servido Carlos León para significar la dimensión estética de su pintura se podrían poner en un mismo plano dialéctico, en un binomio de mutuo valor intelectual y artístico: horizonte y cuerpo, paisaje y piel, perspectiva y reconocimiento, espacio y tegumento, abstracción y representación, lugar (o locus mental) y forma concreta, geografía y casa, poesía y prosa… Este binomio (estoy pensando que la conocida figura del pas de deux en el ballet clásico también puede servir de válida metáfora) se subdivide en nuevas formas de interpretación y en nuevos binomios dialécticos, a la manera de una cinta de Moebius, o como lo expresara de una manera muy hermosa un inmenso poeta, T.S. Eliot, en un verso muy bello que ha devenido más o menos popular: “In my beginning is my end”, que es lo mismo que afirmar que en mi final está mi principio. Nos encontramos, entonces, en un sofisticado ejercicio de realidades autónomas, singulares en su cualidad discursiva, donde la dimensión pictórica (o el gesto artístico como imperativo moral) se establece por medio de realidades que son abstractas únicamente en la medida que el paisaje y el cuerpo (por reafirmarnos en las dos realidades esenciales que sustentan el decir creativo del artista) puedan ser elementos, ya lo hemos apuntado, estructuradores de sentido y razón -en productiva paradoja tratándose de una abstracción.

 

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Desde finales de los noventa Carlos León pinta sobre una superficie industrial, el dibond, a veces también sobre poliéster translúcido. Y pinta con las manos, es decir con el cuerpo, es decir con la mente, es decir con las limitaciones que le marcan su propios límites físicos, es decir con la continua transgresión de esos límites, es decir con la presencia de su propia realidad corporal y la sombra de ese cuerpo en movimiento, es decir con la solitaria sensualidad de sus extremidades en acción, es decir con el desplazamiento semántico que le ordenan los colores en su afán por ser y aparecer en la orgía interpretativa del color y su compleja dialéctica visual, es decir en la selva virgen que es el inicio y final de toda creación artística. Podemos entonces afirmar que paisaje, cuerpo y color, conforman la triada que genera la “realidad abstracta” que se manifiesta en la obra de Carlos León. Los tres elementos se manifiestan en un mismo nivel de valencia y significancia. En primera instancia como juicio estético e intuitivo (de alguna manera salvaje en su espontánea apreciación), para después, reflexión intelectual por medio, comprender la obra al mismo tiempo que se la contempla. Versos Sueltos son brillantes capítulos creativos de la implacable volatilidad del tiempo. Antonio Machado, al igual que nuestro artista, lo supo expresar de una manera estremecedora en unos versos sueltos que encontraron al morir en el bolsillo de su chaqueta: “Estos días azules, y este sol de infancia…

 

 

Crítico y teórico de arte contemporáneo. Ocasionalmente comisario de exposiciones. La música es una parte importantísima de mi escritura.

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