La niña Asháninka que retó la Pakitza

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Todas las mañanas me levanto antes que el sol entre por los orificios de los palos de bambú pues no me gusta que su brillo se postre en mi cara. Siempre despierto en la estera que está justo debajo de una ranura en el techo de paja. Por más que me acueste de lado derecho del emponado, termino siempre en el centro donde entra sigiloso un rayito que pellizca la comisura de mis ojos.  Mis padres dicen que tengo malos sueños y me arrastro siempre al mismo lugar en la madrugada. No sé si sea por las pesadillas que me acechan en la noche, donde aparezco jugando con el agua de una ribera del cañón Pakitzapango, abajito de nuestro río Ene y de pronto veo reflejada al gran Pakitza detrás de mí con su enorme pico medio abierto mostrando su delgada lengua color rojo, tan rojo como la tinta de las semillas de urucum que siempre uso para pintarme la cara.

El Sheripiari dice que sólo son sueños de niños inquietos y me da una sobada en la cabeza alborotándome el cabello, mientras se ríe y su embriagante olor a piarentsi me pica la nariz. ¡Cómo me molesta que se rían!
Mis padres creen que juego mucho con mi loro y por eso tengo esos sueños. Me prohibieron lleverlo al río; al principio renegué, pero finalmente me permitieron ir con mi hermano mayor a pescar. Aunque claro, cada vez que viajo al río me da tristeza porque mi loro disfrutaba mucho del paseo en canoa; me encantaba oír cómo hablaba con sus parientes ocultos entre los arboles de cedro y caoba a ambos lados del río y él respondía con su típico canto grave.
Creo que mi loro es especial, algún día lo dejaré ir definitivamente para que se reúna con sus amigas guacamayas y lapas verdes.

Generalmente me levanto temprano y espero que mi hermano vaya al Ene a pescar palometas, con suerte encontremos algún hermoso bagre para toda la familia. ¡Mmm, es delicioso con mandioca asada!

Mi mamá dice que debo aprender a cultivar la chacra, recolectar caniris, yacón, sachapa, cocinar y abastecer la casa con agua como todas las niñas de la comunidad. Aunque para mí eso es muy aburrido, prefiero despertar antes del amanecer, sacudirme la cushma de las fibras de pona, doblar mi manta negra de tocuyo que me cubre del sol, sujetar bien mi colorida pulsera de hilo, ponerme mis collares de semillas y por supuesto, preparar mi rojísima masa de achiote con mi caña para pintarme la cara con mi palito de guayabo. Hay días que prefiero tres o cuatro puntos cruzados desde la nariz hacia mis mejillas, otras veces me hago cuatro rayitas superpuestas desde mis ojeras hacia el mentón, pero mi favorita son las dos rayas gruesas de media luna con dos figuras de mariposas entre medio, me gusta mucho ir al río así, pero cuando me niegan el permiso, me despinto las mariposas aunque me regañen.

Mi hermano se tarda mucho en arreglarse, se levanta pereceando con su truza de futbolista o al menos eso me dijo una amiga mía de la escuela, que así le llaman a esos calzones de hombres, ya que ella visita a sus primos en una comunidad más arriba del río Tambo, donde tienen una cancha del fútbol y ven los partidos en un pequeño televisor con una gran batería importada de la capital. Mi hermano se arregla el cabello con su peine de varillas de bambú tallado por él mismo, echa su cuchillo en su barato y se coloca su corona con una pluma de guacamaya.

Creo que hoy buscaremos peces corriente abajo. Mi hermano tiene listo un ramo de raíces cube para regarla en algún arroyo del Ene, aunque lleva sus anzuelos enrollados dentro de su bolso de algodón, el cual nunca me deja usar.

Me gusta contemplar el cañón Pakitzpango, ver sus pronunciadas quebradas revelándonos todos los misterios de las águilas que recojen las almas de los Asháninkas cuando mueren. También los secretos de la gran Pakitza, aunque me aterrorice en los sueños. Siempre me pregunto ¿en qué costado del río estuvo su cueva? o si ¿aún vive y come carne humana?, mi hermano rema despreocupado con su vara escuchando el murmullo matinal de la selva y la jarana de los pájaros, el repique de los chamanto en los troncos huecos de los árboles y los alaridos de los monos advirtiendo nuestro paso, mientras las sagradas tsompari cruzan volando el río y de pronto en la ribera alguna parari dándose zambullidas para quitarse el calor, las cuales, sin saberlo, podrían despertar a los temibles espíritus katsiboreri, o peor aún a los amimiro. Me orino de miedo en mi cushma, pero mejor me tranquilizo porque mi hermano se enojaría mucho si le digo algo, no me dejaría venir la próxima vez. Menos mal él no es un cazador o kobintsari, porque si no, juro que no lo acompañaría nunca. ¡Uuh, qué miedo!

Mi hermano me da un manotazo por ir hablando sola, pienso que tiene miedo que se aparezca algún kiatsi convertida en mujer y pretenda seducirlo en alguna ribera, pero mientras vaya yo en su canoa y le acompañe en la pesca nada de eso ocurrirá. Soy una niña muy fuerte, aunque no lo crean. Pero debo admitir que me da temor la majestuosa Pakitza con sus enormes alas y su terrorífico pico, pues, muchas veces he soñado que coloca enormes rocas entre los acantilados del cañón provocando inundaciones en nuestras aldeas, destruyendo nuestros cultivos y matándonos de hambre y enfermedades. Podrán pensar que soy una niña loca con muchas fantasías, como dicen mis primas y mis padres, pero de verdad que lo he soñado como si fuese real, tal como se los cuento ahorita. Hasta escalofríos me da.

Una vez soñé que la Pakitza enviaba a sus crías más grandes a picotear los cuerpos de muchos de mis hermanos Asháninkas, y los lanzaba más adentro de la selva para quedarse ella solita con nuestro Pakitzapango, y así construir su enorme nido empedrado en medio para alimentar a sus pichones con los ricos peces y la dulce agua de nuestros ríos.  Por cierto, ¿saben que significa nuestro nombre, Asháninka? Significa, “mi gente” o “mi pueblo”, sí, eso somos, y sómos muchos, por eso nunca nos dejaremos quitar nuestro río Ene ni nuestro sagrado cañón Pakitzapango de la Pakitza que se esconde detrás de esas rocas milenarias.

Sépanlo, que si esa malvada águila regresa como se murmura en las noticias de los blancos, yo seré la primera en enfrentarla con las flechas y la jabalina de mi hermano. Sí, así como me oyen.

Larry Montenegro Baena (Bluefields, 1980) es activista y escritor independiente.
Tiene formación en etnología, se desempeña en el guión documental y en la escritura creativa.

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