‘Arte y Sostenibilidad’, un nuevo recorrido en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza

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 El bosque (1913) Natalia Goncharova

 

Joaquín Mollinedo, director general de Relaciones Institucionales, Sostenibilidad y Marca de ACCIONA, Evelio Acevedo, director gerente del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, y Ana Moreno, jefa del Área de Educación del Museo, han presentado el itinerario Arte y Sostenibilidad, que, a través de grandes obras de la colección permanente del Museo, busca fomentar el pensamiento sostenible e invitar a la reflexión sobre la necesidad de un progreso equilibrado, respetuoso con el medio ambiente y responsable respecto al impacto social.

Para el director general de Relaciones Institucionales, Sostenibilidad y Marca de ACCIONA, Joaquín Mollinedo, “ el recorrido diseñado por el Museo Thyssen es una llamada a la reflexión sobre la sostenibilidad en sus tres vertientes, económica, social y medioambiental, a través de la delicada y certera mirada de los pintores”. Y añade: “En ACCIONA, creemos que la sostenibilidad es intrínseca a nuestra misión como empresa. El recorrido Arte y Sostenibilidad nos permite acercarnos más a la sociedad, divulgando los grandes desafíos que la sostenibilidad supone”.

“La misión de un museo se basa, entre otras cosas”, explica Evelio Acevedo, director gerente del Museo Thyssen, “en la sostenibilidad, en conseguir que una obra de arte del siglo XIV, por ejemplo, llegue hasta el público del presente en las mejores condiciones y conservando su esencia a través de los siglos. Por ello, un itinerario como este tiene todo el sentido para un museo como el nuestro”.

La selección de obras que presenta este recorrido se ha realizado en base a criterios de experiencia estética que ponen en relación arte y desarrollo sostenible en términos de ecología, economía y sociedad. Este conjunto de pinturas se reinterpreta en un marco desde el cual generar empatía con el medioambiente y la sostenibilidad. No se trata de arte medioambiental, sino de destacadas obras de la historia del arte a partir de las cuales se pueden pensar históricamente las relaciones entre producción cultural, sociedad y desarrollo sostenible.

El recorrido comienza con Paisaje idílico con la huida a Egipto (1663), de Claudio de Lorena, uno de los primeros pintores en la historia del arte que cultivó el paisaje como género autónomo. Su mirada idealizada sobre la naturaleza inspira hoy en día una relación armoniosa con la cultura, un encuentro que equivale a vivir en la naturaleza y no de ella, y que requiere de sociedades comprometidas con la protección del patrimonio y la preservación del medioambiente con el objetivo de frenar el cambio climático.

El Gran Canal desde San Vio, Venecia (hacia 1723-1724), de Canaletto, es uno de los grandes ejemplos de vedutismo, vistas urbanas muy demandadas por los viajeros y amantes de las artes que realizaban en el siglo XVII el largo viaje por Francia e Italia conocido como Grand Tour. El turismo es hoy en día el motor económico de Venecia, lo que a corto plazo ha tenido efectos positivos sobre la economía local, pero, al mismo tiempo, está afectando negativamente a la conservación del patrimonio cultural.

En Paisaje de invierno (hacia 1670), de Jacob Isaacksz. Van Ruisdael conviven dos fuentes de energía antagónicas que contribuyeron al desarrollo económico de los Países Bajos:
la turba, un combustible fósil barato con el que se abastecía a las crecientes ciudades, y los molinos de viento, un tipo de energía limpia e inagotable. Este escenario puede ayudarnos a reflexionar sobre el tipo de economía que queremos adoptar para no agotar los recursos energéticos que nos ofrece el planeta.

El estadounidense John Frederick Kensett refleja en sus paisajes un lugar confortable y apacible para el ser humano. En El lago George (hacia 1860) transmite la quietud, el silencio y la serenidad de este emplazamiento natural, que se convertiría en un destino turístico con la llegada del ferrocarril. Gracias a paisajistas como Kensett, el gobierno de Estados Unidos tomó medidas de conservación de parajes naturales y, pocos años después, se declaró el primer parque nacional en el país, lo cual nos hace pensar en la relación estrecha entre conciencia estética y el espíritu conservacionista con respecto a unos ecosistemas cuya riqueza es única e irrepetible.

Frente a una relación de dominio y explotación sobre el medio natural, el romanticismo alemán mostró una actitud contemplativa del ser humano hacia la naturaleza. El paisaje se convirtió en el género romántico por excelencia, encarnó todas las novedades estéticas y fue la forma de expresión plástica idónea para plasmar los sentimientos individuales del artista. El pintor entra en contacto con la naturaleza, abandonando el estudio para salir a tomar apuntes del natural. Aunque descriptivas, las vistas de Caspar David Friedrich intentaban ir más allá de los datos topográficos. Como en Mañana de Pascua (hacia 1828- 1835), donde le infunde un contenido simbólico que conecta con el espectador.

 

Los descargadores en Arlés (1888), Vincent van Gogh

Los descargadores en Arlés (1888), Vincent van Gogh

 

En Los descargadores en Arlés (1888), Vincent van Gogh capta las vibraciones de la luz del atardecer sobre el río Ródano y el esfuerzo de los descargadores de carbón. La ciudad francesa de Arlés ha estado siempre muy vinculada al aprovechamiento del agua de su río, la única vía fluvial que conecta el Mediterráneo con el norte de Europa. El Ródano es hoy en día una importante fuente de energía renovable gracias a las presas que se construyeron en su rivera y que producen el 20 % de la energía hidroeléctrica de Francia. La gestión actual del río trata de conciliar el desarrollo de la sociedad y la integridad física y ecológica del agua.

El desarrollo industrial y la transformación de las ciudades produjeron en los artistas modernos el mismo grado de rechazo que de fascinación y Londres fue una de las más representadas: era la ciudad más grande del mundo y dirigía el desarrollo industrial y económico de Europa. André Derain reúne en la vista de El puente de Waterloo (1906) el paisaje urbano y el industrial, los edificios históricos y las fábricas, situándolos al mismo nivel, en una sola silueta que separa los elementos naturales del paisaje: el cielo y el agua. No obstante, el sol proyecta sus potentes rayos sobre la ciudad, como si Derain hubiera querido pintar a la vez una visión esperanzadora y apocalíptica de Londres, de la ciudad moderna.

 

Contrastes simultáneos (1913)

Contrastes simultáneos (1913)

 

Contrastes simultáneos (1913), de Sonia Delaunay, sirve para plasmar las dificultades que todavía hoy deben atravesar las mujeres para ser reconocidas como agentes clave en el desarrollo de nuestras sociedades. Para alcanzar el desarrollo sostenible, es fundamental y necesario que reconozcamos social, política y económicamente la labor oculta de las mujeres a lo largo de la historia. Esta artista de vanguardia experimentó con todo tipo de técnicas y soportes y desarrolló junto a su marido, Robert Delaunay, el orfismo y el simultaneísmo. Sin embargo, quedó relegada a un segundo plano por dedicarse al diseño y a las artes aplicadas, aunque en los últimos años se ha revisado su trayectoria y reconocido su carácter multidisciplinar.

Natalia Goncharova creó junto a Mijaíl Lariónov el rayonismo, estilo pictórico basado en el estudio de la expansión de la luz que emana de diferentes focos. Como se ve en El bosque (1913), se presenta una batería de rayos en todas direcciones que hacen posible que el objeto y la escena puedan ser vistos y que nos permiten adentrarnos en la espesura de este paraje de aspecto abstracto.
Gran parte de la obra de Goncharova está dedicada al medio rural de donde era originaria su familia. La estética de este cuadro se aproxima a los lubki rusos, cuentos populares tallados en madera que decoraban las casas de las familias campesinas. De este modo, el trabajo técnico del cuadro y la evocación al bosque nos sitúan dentro de ese ecosistema, pulmón de la Tierra hoy amenazado por la deforestación.

En Merzbild Kijkduin (1923), Kurt Schwitters rescata y combina objetos que la sociedad ha desechado porque ya no sirven o porque ya han cumplido su función, reutilizándolos y dándoles una nueva existencia. Este acto de rebeldía contra el modo tradicional de creación artística podría ser hoy interpretado como una forma de reciclaje. En lugar de crear de la nada, el artista dadaísta reutiliza y recicla materiales de desecho y los convierte en arte. Desde una perspectiva actual, la obra de Schwitters invita a reflexionar sobre la reducción del consumo y los ciclos de utilidad de los bienes materiales. Contra la filosofía del “usar y tirar”, el artista recoge los residuos que han dejado de tener vida útil y los transforma en recursos.

Artista nómada y cosmopolita, Mark Tobey fue pionero en la abstracción estadounidense y en los estudios sobre la caligrafía y el dibujo a tinta orientales. Su estilo pictórico, delicado y lineal, deriva tanto de la observación del natural como del automatismo surrealista
y de la mística oriental. En Ritmos de la tierra (1961), los tonos terrosos, salpicados de ligeros toques de rojos, azules y morados, se entrelazan a través de una serie de líneas blancas caligráficas flotantes, conformando la particular representación espacial del cosmos de Tobey. El estudio meditativo que hace de la naturaleza traspasa la tradicional contemplación occidental para penetrar en los ritmos biológicos. De forma metafórica, la universalidad de sus temas convierte el cuadro en la excusa perfecta para hablar de la urgencia de escuchar los ritmos de la Tierra y respetar hoy los límites del planeta para garantizar la sostenibilidad de generaciones futuras.

Por último, la presencia en la colección de la obra de un artista afroamericano nos ofrece la oportunidad de hablar de la equidad social y del reconocimiento de otras culturas dentro del relato de la historia del arte occidental, siendo estos factores indispensables para el desarrollo sostenible. Romare Bearden nació en el seno de una familia acomodada afroamericana que participó activamente en el renacimiento cultural de Harlem a partir de la década de 1920 y luchó activamente en defensa de los derechos civiles de la comunidad negra. Recibió clases nocturnas del pintor alemán George Grosz en la legendaria Art Students League y sus primeros trabajos son caricaturas que denuncian la segregación racial en Estados Unidos. Domingo después del sermón (1969) es un gran collage que combina recortes de periódicos y revistas con fragmentos de papel pintado en el que conviven intencionadamente y en equilibrio rasgos de la cultura occidental junto a las prácticas sociales de la comunidad afroamericana de la ciudad de Nueva York.

 

 

 

 

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