Tribunas, vídeos y goteras

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Sin duda son propuestas diferentes y deben ser tratadas y valoradas como exposiciones diferentes. Sin embargo, subsiste a pesar de todo un cierto parentesco de familia, entre las distintas propuestas de los pabellones nacionales de la Bienal. Puede que sea algo puramente fortuito, pero de algún modo el pabellón español de Jordi Colomer nos proporciona la pauta.

 

Jordi Colomer, ¡Únete!, pabellón español de la Bienal de Venecia, 2017.  Fotos Claudio Franzini para Acción Cultural Española y Jordi Colomer.

Jordi Colomer, ¡Únete!, pabellón español de la Bienal de Venecia, 2017.
Fotos Claudio Franzini para Acción Cultural Española y Jordi Colomer.

 

Se trata prácticamente del primer pabellón con el que uno se encuentra, cuando penetra en los Giardini de la Bienal. Ello le otorga, sin que el propio artista sea acaso consciente de ello, la condición de clave musical, en cuyo tono van a ser leídos algunos otros pabellones e incluso la exposición general de la Bienal. Y tal vez las tribunas que uno encuentra allí sean premonitorias de este tono.

A pesar de moverse en la tradición de la escultura, lo que Jordi Colomer nos presenta este año son prácticamente una serie de vídeos, rodados en distintas partes del mundo. Allí unos actores despliegan la idea de un cierto nomadismo contemporáneo, en el que no solo los refugiados, los migrantes y los turistas se desplazan, sino también las propias ciudades. Colomer mueve y desplaza grandes maquetas de edificios, ante los ojos del espectador, lo mismo que mueve una familia de refugiados a lomos de una burra, recordando el motivo cristiano de la Huida a Egipto. Con ello de algún modo el artista protesta una vez más contra la idea de pabellón nacional, y reivindica una comunidad internacional, apátrida, que se encuentra se reúne y se hace presente sobre las propias gradas, dispuestas para contemplar sus vídeos. La tribuna se convierte así en espacio social de encuentro, el espectador se convierte en espectáculo y se transforma así también en obra de arte, como parte de esa comunidad sin patria.

Pero luego uno visita los siguientes pabellones, y encuentra elementos que inconscientemente se repiten y resuenan en la cabeza del espectador, como el obsesivo goteo de un grifo mal cerrado durante la noche. Las tribunas de Jordi Colomer vuelven a encontrarse en el elegante y formalista pabellón holandés, con obras de la artista Wendelien van Oldenborgh, que sobre un escenario neoplasticista —homenaje sin duda a Rietfeld y a Mondrian— proyecta algunos vídeos que ponen en cuestión precisamente esta pureza formal de la arquitectura, al enfrentarse con la realidad social.

 

Wendelien van Oldenborgh, pabellón de Holanda para la Bienal de Venecia, 2017.

Wendelien van Oldenborgh, pabellón de Holanda para la Bienal de Venecia, 2017.

 

También son tribunas, por cierto, el camión levantado sobre su morro por Erwin Wurm, al frente del pabellón austriaco, para que los espectadores se suban a lo alto, y poder contemplar así el mar y los jardines de la Bienal. Y de un modo semejante, el inquietante espacio construido por la artista alemana Anne Imhof, ganadora del León de Oro, no deja de ser también una tribuna, sobre o bajo la que actúan los distintos performers, compartiendo el espacio con los espectadores. El espectador se convierte así en cómplice de la representación y acaso también, mediante ello, en obra de arte.

Más interesante resultaba sin duda el pabellón griego, presentando una estructura escenográfica muy semejante a la alemana, y a mi modo de ver mucho más merecedor del premio más importante del certamen. Si la propuesta de Anne Imhof se basaba en el Fausto de Goethe, el Laboratorio de Dilemas del artista griego George Drivas toma su punto de partida de Las suplicantes de Esquilo, donde ya se planteaba el problema de los refugiados políticos, del derecho de asilo y de los derechos de la mujer a no pertenecer a ningún hombre y a no ser violentada. También su pabellón se articula en una tribuna superior, desde la que se puede contemplar un laberinto inferior en el que, al modo del laberinto de Skinner, los científicos discuten sobre las condiciones de extinción o preservación de una colonia de células.

Lo inquietante se introduce en la Bienal en forma de goteras. El inmaculado pabellón suizo que por un lado homenajea a Alberto Giacometti, presenta sin embargo por otro goteras y humedades, introducidas por la artista Pamela Rosenkranz. Tal vez sean las goteras el verdadero emblema de esta Bienal. Pues, lo que en el pabellón suizo no eran más que algunas filtraciones, se convierte en el pabellón canadiense en una verdadera lluvia, en forma de géiser que emerge de la tierra y cae sobre el espectador. Hasta que la cosa deviene obsesiva y tormentosa, en la espectacular pieza, presentada por el artista georgiano Vajiko Chachkhiani, bajo la apariencia espectral de una dacha o casa de campo asolada por una persistente y sórdida lluvia en su interior.

 

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Vajiko Chachkhiani, pabellón de Georgia en la Bienal de Venecia, 2017. Vista exterior y vista interior. Foto Vernissage TV.

 

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Aunque es posible que estas formas tremendistas no sean la nota dominante entre las propuestas de la Bienal, también es cierto que su tono sombrío y apocalíptico nos recuerdan de algún modo las viejas instalaciones de los Kabakov, características del final del comunismo. Y tal vez lo mismo nos sucede con la impresionante exhibición de fuerza hecha por la artista británica Phyllida Barlow, a sus setenta y tres años, desbordando con enormes piezas pictórico-escultóricas todos los espacios del pabellón de Gran Bretaña. Por un lado, sus folies arquitectónicas nos abruman e impresionan, pero también, por otro, no pasan de ser un formalismo puramente escultórico. Es cierto que uno también se alegra de que el reconocimiento y el triunfo le alcancen por fin a esta mujer, aunque sea a una edad tardía, por más que su abrumadora ocupación del espacio no nos parezca al final más que pura escenografía.

Por lo demás, hay otros pabellones muy buenos y muy interesantes que se salen bastante de esta línea argumental. El estudio de grabación musical, organizado por el artista francés Xavier Veilhan, según una estructura arquitectónica que homenajea a los Merzbau de Kurt Schwitters, es también una invitación para la música. Lo mismo que la espectacular intervención de la artista neozelandesa Lisa Reihana, componiendo un bellísimo vídeo pictoricista, a partir de libros de dibujos coloniales del s. XVIII, sobre la tragedia del imperialismo y el sometimiento de los pueblos nativos.

 

Cody Choi, Venetian Rhapsody, pabellón de Corea, Bienal de Venecia, 2017.

Cody Choi, Venetian Rhapsody, pabellón de Corea, Bienal de Venecia, 2017.

 

Tal vez por eso el pabellón que finalmente nos proporciona el mejor diagnóstico de la situación del arte internacional contemporáneo sea el pabellón coreano, con una llamativa entrada frontal, titulada Venetian Rhapsody, que evoca la estética todo a cien de los casinos de Las Vegas o de los puticlubs de Manila. En el interior, las obras son tan paródicas como en el exterior: un Pensador de Rodin le sirve a Cody Choi de cagadero, y una imitación kitsch del David de Miguel Ángel se presenta como efebo musculado para la barra de un peep-show. Irónicamente el pabellón nos muestra la amarga realidad del arte contemporáneo: mercancías baratas de todo a cien, culturalmente espectacularizadas y puestas a la venta con un impresionante despliegue publicitario. Despliegue que no solo forma parte de la obra, sino que la constituye.

 

 

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Miguel Cereceda es profesor de Estética y teoría de las artes en la Universidad Autónoma de Madrid, crítico de arte y comisario independiente de exposiciones. Ha publicado El lenguaje y el deseo, El origen de la mujer sujeto y Problemas del arte contemporáne@. Ha sido profesor invitado en la Universidad de Potsdam (Berlín).

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