Por amor al arte, y tal y tal y tal…

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Para visitar la Bienal de Venecia, 3

  • “Viva Arte Viva”, exposición comisariada por Christine Macel.

 

Si ya el propio título de la Bienal resultaba sospechoso, lo cierto es que la propuesta expositiva de la comisaria de la 57ª Bienal de Venecia viene a confirmar los peores presagios. Su discurso no solo es muy endeble teóricamente, sino que permite entender además algunos de los problemas y de las debilidades de la exposición. Se ha repetido hasta la saciedad que “Viva Arte Viva —según afirma Christine Macel, en su declaración de principios— es una Bienal diseñada con los artistas, por los artistas y para los artistas”. Ello ya supone una toma de posición bastante problemática, pues da por supuesto que el arte es cosa de artistas y que está destinado a ellos en especial.

 

Mladen Stilinovic, Artista trabajando, 1977.

Mladen Stilinovic, Artista trabajando, 1977.

 

Christine Macel ha concebido ciertamente una Bienal centrada en los artistas, no en las obras ni en los problemas con los que éstas se enfrentan. Empezar así su exposición con el recientemente fallecido artista croata Mladen Stilinovic, durmiendo en su cama, bajo la declaración “artista trabajando”, y reiterar el mismo gesto con la imagen de Franz West, tirado en su estudio sobre un sofá, para a continuación presentarnos una instalación de Viktor y Yelena Borobyev, con un maniquí metido en una cama y tapado por las mantas, bajo el título “El artista está despierto”; no solo parece querer centrar en los artistas todo el peso de la Bienal, sino que parece querer además dar por bueno todo lo que estos hagan. Y este puede que sea el primer problema, puesto que, aparte de una boutade, se trata también de un gesto obsoleto y caduco, ya formulado por Saint-Pol Roux a principios del s. XX, cuando cada noche hacía colocar en la puerta de su dormitorio un cartel que decía: “El poeta trabaja”.

Mucho más interesante me parece el doble gesto de protesta de la artista rusa Taus Makhacheva, haciendo equilibrios en el vacío, para llevar las obras de un sitio a otro. Tratando de ejemplificar, en un vídeo fascinante, la extraordinaria precariedad de los artistas y su poca y dudosa visibilidad. De modo que otro vídeo suyo solamente se puede ver si uno localiza sus ocultas coordenadas.

 

Taus Makhacheva, En la cuerda floja, 2015, fotograma del video de 58:10 m. de duración.

Taus Makhacheva, En la cuerda floja, 2015, fotograma del video de 58:10 m. de duración.

 

La comisaria Macel tiene cierta gracia a la hora de recuperar la obra de artistas que creíamos ya desaparecidos u olvidados, como hace por ejemplo con la encantadora obra de Kiki Smith o con la del accionista húngaro Tibor Hajas, emparentado con el accionismo vienés y con el movimiento Fluxus. Artista que desarrolló su obra en la Budapest de los años setenta, todavía bajo el comunismo, y cuya obra resulta sin duda interesante revisar.

Sin embargo, lo cierto es que su ordenación de la Bienal por temas, en nueve diferentes pabellones (el pabellón de los libros, el pabellón de los gozos y temores, el pabellón de la tierra, el de las tradiciones, el de la sexualidad, el de los colores…) resulta trivial y hasta un poco pueril. ¿Así que los artistas escriben libritos? Pues hala, una sección dedicada a los libritos de artista. ¿Es cierto que les preocupan los problemas ecológicos? ¡Qué mejor que un pabellón dedicado a la tierra! ¿Que también les interesa el sexo? Pues eso me lo pongan en el pabellón dionisíaco. Esto otro no sé dónde meterlo, pero como es muy bonito, me lo pongan en el pabellón de los colores.

En fin. Puede tener cierta gracia el reivindicar las técnicas artísticas tradicionales. Presentar así la obra de la tejedora española Teresa Lanceta, junto a la escultora portuguesa Leonor Antunes, que también se sirve del tejido y de la lana en su trabajo, no está mal. Tampoco está nada mal la obra del artista albanés Anri Sala, que presenta una pequeña caja de música que recorre las paredes cambiando sus dibujos. Aunque nadie sabe por qué esta pieza se encuentra en el pabellón de las tradiciones.

Christine Macel ha argumentado en favor del humanismo, como si la tarea del arte fuese precisamente hacerse cargo de los peligros que lo acechan. “El arte —escribe al principio de su manifiesto— porta el testimonio de la parte más preciada de lo que nos hace humanos, en un momento en que precisamente el humanismo se encuentra amenazado”. Pero el humanismo es solamente una figura obsoleta de la historia de la metafísica, tan obsoleta como su propuesta expositiva.

Que en este contexto tan atrabiliario uno pueda encontrarse alguna verdadera maravilla, tampoco resulta una sorpresa. Cuando se llega al final del Arsenal, después de haberse recorrido toda la exposición, encontrarse en el Jardín de las Vírgenes con la bella instalación sonora del artista egipcio Hassan Khan, titulada “Composition for a Public Park”, resulta casi un premio de consolación.

 

Kiki Smith, Quickening, 2009, Bienal de Venecia, 2017.

Kiki Smith, Quickening, 2009, Bienal de Venecia, 2017.

 

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Miguel Cereceda es profesor de Estética y teoría de las artes en la Universidad Autónoma de Madrid, crítico de arte y comisario independiente de exposiciones. Ha publicado El lenguaje y el deseo, El origen de la mujer sujeto y Problemas del arte contemporáne@. Ha sido profesor invitado en la Universidad de Potsdam (Berlín).

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