Médicos humanistas

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Doblemente bendita es la clemencia:

es bendición para quien la ejercita, y

es bendición para quien la recibe.

Grande entre lo más grande; y al

monarca siéntale aún mejor la corona.

 

(EL MERCADER DE VENECIA.)

 

“Cuando empezamos a basar nuestra opinión médica en impresiones, en inspiración o en intuiciones vagas, estamos fuera de la ciencia y ofrecemos un ejemplo del método superficial que puede llevar a grandes peligros, al dejar la salud de los enfermos en el criterio de un ignorante inspirado. La ciencia verdadera nos enseña dudar y cuando se desconoce algo, a ser cautos.”

Claude Bernard (Saint-Julien Ródano, 1813 – París, 1878)

 

Claude Bernard (1813 - 1878), "el primer biólogo experimental del mundo", y también muy controvertido en su tiempo por sus experimentos con animales

Claude Bernard (1813 – 1878), “el primer biólogo experimental del mundo”, y también muy controvertido en su tiempo por sus experimentos con animales

 

Desde los orígenes de la medicina, y en las sociedades en que ha habido escritura, aquella ha acrecentado un acervo de textos médicos, acumulados en progresión geométrica y que están englobados en lo que se ha dado en llamar literatura médica. Dichos textos, cuya función es ayudar al aprendizaje y enseñanza, así como a la práctica médica, son susceptibles de considerarse reparando en el tema y su entraña, y, sin embargo, por su naturaleza comunicativa, asimismo tienen la atribución de mudarse en el fin de un trabajo contrastado y consecuente. Así, la literatura de la medicina, atendida desde una visión artisticoliteraria y asincrónica, goza de la autorización de ofrecer notas y reseñas suficientemente apreciables y atractivas o atrayentes sobre el carácter de la ciencia médica a través de la historia, como reverberación de su comunidad u organización social, teniendo competencia para evidenciar cómo se han ido tratando las distintas tácticas y modos de literarizar los textos en el instante de conformar cualquier composición de calificación técnica o científica.

         A lo largo de la historia de la medicina, nos hemos encontrado con casi infinidad de médicos humanistas, llamados así tradicionalmente por ser médicos ad hominem, sin necesidad de argumento alguno, una profesión dirigida íntimamente al hombre. No podemos enumerar a todos, quizás solo a los más conocidos. Comenzamos con Hipócrates (Isla de Cos, Grecia, 469 a. C.) que ejerció en el siglo de Pericles. Muchos son quienes piensan que es el padre de la medicina, separando a la medicina de las demás ciencias y haciendo de ella una acreditada profesión.

 

"La fuerza que se encuentra en cada uno de nosotros es nuestro mejor médico", decía hace dos mil quinientos años 'el padre de la medicina', Hipócrates

“La fuerza que se encuentra en cada uno de nosotros es nuestro mejor médico”, decía hace dos mil quinientos años ‘el padre de la medicina’, Hipócrates

 

         Ya en la Edad Media, el judío cordobés de al-Ándalus Maimónides (Córdoba, 1135), además de médico, fue un importante rabino, teólogo y, sobre todo, filósofo. Sufrió el fanatismo almohade, y fue discípulo de Averroes, otro médico andalusí de renombre. Expulsado de España y emigrado a Egipto, entre otros múltiples destinos, siempre se calificó sefardí.

         Entramos en el Renacimiento, y mencionamos a Andrés Laguna (Segovia, 1499). Latinista, farmacólogo, botánico, helenista. Y a Juan Huarte de San Juan (San Juan Pie de Puerto, Aquitania, 1529), que, como el anterior, representa ese renacimiento que hace convivir la medicina y las humanidades; en el caso de este español nacido en Francia, la medicina y la filosofía.

 

Andrés Laguna, junto con Huarte de San Juan, es quien va a comenzar y 'dar nombre' a ese humanismo médico renacentista.

Andrés Laguna, junto con Huarte de San Juan, es quien va a comenzar y ‘dar nombre’ a ese humanismo médico renacentista.

 

         Si damos un vertiginoso salto al siglo XIX, Albert Schweitzer (KaysersbergAlsacia, 1875), Premio Nobel de la Paz en 1952, consagra su medicina como misionero en África. Sin embargo, sería Francis PeabodyCambridge, Massachusetts, 1881) a quien podría calificársele de compasivo, humanitario y sensible con sus pacientes. Investigó intensa y extensamente tanto la poliomielitis como la fiebre producida por un germen microorgánico que lesiona las placas de la linfa intestinal del delgado, es decir, la hipertermia tifoidea.

         Al escritor y científico Gregorio Marañón (Madrid, 1887) se le considera la parte principal, de una manera incuestionable, en el nacimiento del estudio de las secreciones internas. Con él empieza la endocrinología en España. No va a ser hasta Rof Carballo (Lugo, 1905) cuando en la medicina comiencen a tratarse las afecciones psicosomáticas. En cuanto a Pedro Laín Entralgo (Urrea de Gaén, 1908), es un referente de las distintas especialidades que comienzan a brotar en la medicina, siendo un excelente historiador y antropólogo médico, además de médico, filósofo y ensayista.

 

«El tiempo, gran juez, dirá si este esfuerzo mío es de alguna manera útil a todos aquellos para quienes la realidad del hombre sigue siendo tierra de promisión»: Pedro Laín Entralgo, Teoría y realidad del otro, I, Prólogo a la 1ª edición, 1961

«El tiempo, gran juez, dirá si este esfuerzo mío es de alguna manera útil a todos aquellos para quienes la realidad del hombre sigue siendo tierra de promisión»: Pedro Laín Entralgo, Teoría y realidad del otro, I, Prólogo a la 1ª edición, 1961

 

         Un coetáneo de este último es el brigantino Domingo García-Sabell Rivas (Santiago de Compostela1908 - La Coruña2003). Académico de la Real Academia Gallega, médico, escritor y político, fue un intelectual amigo de Miguel de Unamuno, Castelao,          Valle-Inclán, Novoa Santos o Gonzalo Torrente Ballester, siendo médico de este.

         Claude Bernard (Saint-Julien Ródano, 1813 – París, 1878), es el pionero de la medicina experimental, del que el cirujano y pedagogo cántabro Enrique Diego-Madrazo (Vega de Pas, Cantabria, 1850 – Santander, 1942) escribirá estas palabras:

 

(…) y me trasladé a París [a los veintiún años]. La vida es azar. El primer maestro que impresionó mi sensibilidad de alumno fué Claudio Bernard. La emoción que en mí produjo aquel laboratorio experimental no fué menor que la del vigía de la carabela Santa María al gritar: “¡Tierra!”

Cuando yo vi circular la sangre en la platina del microscopio y contemplaba a aquel maestro sorprendiendo la vida íntima de los órganos y sus tejidos; cuando mis ojos se dieron cuenta del dinamismo orgánico con sus leyes fisiológicas tan sabiamente concertadas y tan fácilmente comprendidas, se exaltó mi imaginación joven y romántica, y en su extravagancia me sentí redentor. Al amparo de aquel laboratorio y del primer biólogo del mundo, soñé enseñanzas nuevas y objetivas que arruinarían las teológicas que hasta entonces predominaban en nuestra pedagogía general…

Pronto comprendí la esterilidad de la Universidad española y el secreto de nuestro atraso.

Enrique Diego-Madrazo (1932). Prefacio. En Pedagogía y Eugenesia (Cultivo de la especie humana). (Págs. 13-18). Madrid: Librería de los Sucesores de Hernando.

 

De este ilustre pasiego, repetir lo que ya se ha dicho en A&C y en Entretantomagazine, que no por dejar de haber insistido en ello, parece que este cirujano que trajo a España los métodos antisépticos, y en educación los métodos más innovadores y montessorianos, haya resultado un hombre silenciado, olvidado, como aquel que sabemos que está, que ha existido, pero a quien hay que esconder. He reflexionado mucho sobre este punto, y algo incomprensible siempre me ha venido como solución: releyendo a El Principito, parece que di con la clave; las cosas que son fundamentales son tan sencillas que resultan escondidas para las visiones complicadas y complejas. Porque, la conducta de este hombre ¿qué reacción pudiera comprometer a los demás?, ¿la envidia? ¿A qué? ¿A su espíritu de trabajo?, ¿A su generosidad?

 

Monumento levantado para recordar al ilustre pasiego, don Enrique Diego-Madrazo en la villa de Vega de Pas. Benefactor de su pueblo y de Cantabria, fundó dos sanatorios, uno en Vega y el otro en la capital, Santander, al tiempo que, más tarde, erigió una escuela hogar. Tanto los sanatorios como la Escuela Graduada Mixta fueron concebidos con unos principios progresistas y totalmente adelantados a su tiempo

Monumento levantado para recordar al ilustre pasiego, don Enrique Diego-Madrazo en la villa de Vega de Pas. Benefactor de su pueblo y de Cantabria, fundó dos sanatorios, uno en Vega y el otro en la capital, Santander, al tiempo que, más tarde, erigió una escuela hogar. Tanto los sanatorios como la Escuela Graduada Mixta fueron concebidos con unos principios progresistas y totalmente adelantados a su tiempo

 

Lo cierto es que numerosos profesionales de la medicina han aprendido de los médicos humanistas, y de don Enrique Diego-Madrazo. Su bondad, esa abierta naturaleza de originar y descubrir siempre el bien, fue el símbolo humanista de todos ellos, haciendo de ella una referencia y administrando como es debido el paradigma hipocrático heredado, bien aprovechado durante más de dos milenios. Para ser parco, que no menos taxativo, Enrique Diego-Madrazo es un precursor de la cirugía moderna en nuestro país, y también un teórico de la reactivación y transformación pedagógica, llevada hasta el final coherentemente tanto en su cátedra de Patología Quirúrgica en Barcelona, como en las escuelitas laicas y graduadas que fundó en su pueblo de Vega de Pas.

 

Victoriano Juaristi Sagarzazu y Enrique Diego-Madrazo

Como suele ocurrir, el investigador Miguel Ángel García de Juan (Villasana de Mena, 1949) me puso avizor sobre Victoriano Juaristi Sagarzazu (San Sebastián, 1880 – Pamplona, 1949), y el menés sabe que mi gratitud hacia él no llega a lo que yo quisiera que fuese.

         ¿Qué tiene que ver este afamado donostiarra patólogo[1] con el cirujano pasiego? Victoriano, en 1902, completa su formación en Cirugía en el Sanatorio Quirúrgico Madrazo, de Santander, habiendo aprobado entre 1901 y 1902 sus asignaturas de doctorado. Y la similitud de ambos podría ser, asimismo, que poseían el natural renacentista, característica algo común, quizás, en las personas habientes a caballo entre los siglos XIX y XX, y en el entorno médico: la erudición y la cultura; inquietud por el análisis en cualquier materia de la ciencia; su autodeterminación interior, que le lleva a su derecho inalienable a beneficiarse y declarar las ideas cualesquiera, sin apremio alguno a manifestar nada sobre ellas, y gozando del librepensamiento, su gran riqueza; son amantes, verdaderamente, de la naturaleza; de la devoción por la vida; distancia diametral entre lo civil y la ciudadanía y las creencias religiosas; ambicionan una reactivación en todos los sectores del conocimiento humano, ciencia, filosofía, justicia, deontología, etc., conducida a la conformación y búsqueda del hombre completo, epítome y epígrafe de todos los cenit corporales y mentales… Y más, que ahora sería innecesario apuntar.

         Victoriano Juaristi, además de cirujano, fue escultor, investigador del esmaltado, escritor, político, pintor y compositor de dos zarzuelas. En cuanto a Diego-Madrazo, ya está dicho: innovador y divulgador en España de las técnicas antisépticas y asépticas, cirujano, creador de su equipo médico-quirúrgico -una nueva forma de trabajar desconocida en su tiempo-, escritor, fundador de sus escuelas, político, escritor, dramaturgo…

         Puede haber más coincidencias a través de un tercero, no en discordia sino todo lo contrario. En 1888, los alumnos de Diego-Madrazo, Antonio Simonena y Zabalegui (1861-1941) y Francisco Murillo Palacios decidieron recoger las “Lecciones de clínica quirúrgica dadas en la Facultad de Medicina de Barcelona, precisamente, por su profesor, el Doctor D. Enrique Diego Madrazo”. Evidentemente, si no hubiera sido por esa buena idea e intención, hoy desconoceríamos ese libro tan interesante.

         Curiosamente, cuarenta y tres años más tarde, en 1931, al catedrático Antonio Simonena se le rinde un homenaje en Pamplona por su jubilación. Lo preside don Victoriano Juaristi. Y Simonena, el que fuera en su tiempo discípulo de Diego-Madrazo, pasó a dejar en la mente de todos el resplandeciente y destacado tránsito de Victoriano Juaristi por la Facultad de Medicina de Valladolid en los cursos académicos de 1894 a 1901, en los que había estudiado como alumno aventajado suyo.

         Quiero terminar esta colaboración con este curioso encabalgamiento vital y profesional de Juaristi, primeramente con Simonena e inmediatamente después con nuestro ilustre pasiego Enrique Diego-Madrazo. En 1902, el flamante doctor donostiarra ya estaba de internista, completando sus estudios quirúrgicos en el Sanatorio Quirúrgico Madrazo, de Santander, sobresaliente sanatorio de la cirugía española en aquel tiempo.

         El doctor Enrique Diego-Madrazo fue, durante toda su intensa y extensa biografía de noventa y dos años, uno más de esas personas desaprovechadas por el estado, con una vida médica y profesional, y una aptitud y arte educativo y pedagógico paradigmáticos. Precisamente fue en la Facultad de Medicina de Barcelona, en donde eran estudiantes Simonena y Murillo, cuando renuncia a su cátedra de clínica quirúrgica ante la nula apoyatura hallada para sus ideas formativas, falta de recursos materiales de laboratorio, etc., y el desapego de los alumnos y de parte de la comunidad catalana, de una manera general. Así, con Diego-Madrazo, Victoriano de un modo constante reconoció y apreció su más veraz consejero y su más original pedagogo, por lo que continuó fusionado con él una cantidad importante de la vida que, también, vivió tan intensamente. Fue un usual o habitual articulista en el Boletín de Cirugía del Sanatorio Quirúrgico Madrazo. La comunicación postal debió ser esencial y considerable entre el mentor y su adepto, hoy evidentemente desaparecida.

 

 

 

 

[1] Quien desee indagar en este médico vasco, le remito a Salvador Martín Cruz (2007). Victoriano Juaristi Sagarzazu. España: Gobierno de Navarra, Departamento de Salud

Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad de Oviedo con la defensa de la tesis “La educación en la obra del Dr. D. Enrique Diego-Madrazo y Azcona”, su verdadera vocación es la de maestro, profesión en la que ha ejercido como director del C.P. Pedro Velarde -Muriedas (Cantabria)- en los tres últimos años de su actividad docente.

Publicaciones.-
“Enrique Diego-Madrazo, un precursor pedagógico relevante” (2009). Centro de Recursos, Interpretación y Estudios en materia educativa. Polanco (Cantabria).
Coordina y escribe con otros autores “Colegio Ped… seguir leyendo

3 Comment

  1. Gracias, Hilario Castresana. Todos hemos aprendido con Diego-Madrazo. Es el mejor tributo que se le puede dar a alguien. Nuestra gratitud y respeto a este hombre que todo lo dio y aún no está en el lugar que se merece. Tú, que formas parte de quienes conocemos algo de él -sin ser aún lo suficiente-, sabes bien lo que significó este ilustre pasiego y la deuda que la sociedad contrajo con él y que todavía sigue sin saldar.

  2. Este gran conocedor de la obra del Dr. Diego-Madrazo, sigue investigando en su vida y en la poco conocida repercusión de su amplia obra.
    En cada artículo sobre Diego-Madrazo, el dr. Ricondo nos abre una nueva ventana a el amplio saber de este médico precursor de grandes ideas.

    • Gracias, Hilario Castresana. Todos hemos aprendido con Diego-Madrazo. Es el mejor tributo que se le puede dar a alguien. Nuestra gratitud y respeto a este hombre que todo lo dio y aún no está en el lugar que se merece. Tú, que formas parte de quienes conocemos algo de él -sin ser aún lo suficiente-, sabes bien lo que significó este ilustre pasiego y la deuda que la sociedad contrajo con él y que todavía sigue sin saldar.

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