Los restos del naufragio

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Damien Hirst

Tesoros del naufragio del Increíble

Fundación Pinault

Palazzo Grassi / Punta della Dogana

Venecia, del 9 de abril al 3 de diciembre de 2017

 

Damien Hirst, Demon with Bowl, resina pintada, 18,22 m.

Damien Hirst, Demon with Bowl, resina pintada, 18,22 m.

 

En lo relativo a Damien Hirst parece que no resulta tan importante hablar de la calidad de su trabajo o del significado de su obra, cuanto del coste del mismo. El autor del Tiburón de un millón de dólares, se convirtió en 2008 en el artista más caro del mundo, al vender supuestamente una calavera forrada de diamantes en cincuenta millones de Libras esterlinas. Aunque hay quien ha cuestionado que esa venta haya sido real, y que parece más bien que todo hubiera sido un mero montaje, propiciado por el propio artista y sus collectors, sin embargo, lo cierto es que, con respecto a Damien Hirst lo más importante del arte es el dinero. En ello no solo se muestra como el verdadero maestro de aquella tradición que Hal Foster dio en llamar “el arte de la razón cínica”, sino también como el heredero de dicha tradición que, por lo que yo sé, se remonta en primer lugar a Salvador Dalí.

Fue efectivamente Salvador Dalí el primero que defendió con absoluto desenfado la idea de que lo verdaderamente importante del arte era el dinero. A raíz de su traslado a los Estados Unidos, durante la ocupación alemana, en 1940, comenzó a trabajar con joyeros, modistos y grandes almacenes, y hasta con grandes estudios cinematográficos, y fue entonces también cuando André Breton le puso aquel mote de Avida Dollars, como anagrama de su nombre. Lejos de arredrarse por ello, Salvador Dalí lo adoptó como propio y no dejó de proclamar, al respecto en varias ocasiones: “El significado de mi trabajo es la motivación del más puro dinero”.

El primero en seguir sus pasos en esta línea fue Andy Warhol, quien en su libro Mi filosofía de la A a la B, declaraba: “me encantó darme cuenta de que los negocios eran la mejor obra de arte”. Es sabido que, antes de Damien Hirst, fue un avispado corredor de bolsa, llamado Jeff Koons, quien más abierta y deliberadamente exploró esta relación de la obra de arte con la mercancía.

No es sorprendente por tanto que la reciente exposición de Damien Hirst, en la Fundación Pinault de Venecia, haya supuesto una nueva vuelta de tuerca en esta dinámica prodigiosa de sincretismo, entre el negocio del arte y el arte de hacer negocios. De hecho, acerca de ella, lo que más se repite con escándalo son los números. Lo ha escrito con cierta gracia Yanko López, para Vanity Fair: «¡10 años de preparación! ¡2 museos! ¡54.000 metros cuadrados! ¡1.000 proveedores! ¡189 piezas! ¡Una escultura de 18 metros! Y, sobre todo, la cifra —no oficial— que produce más vértigo, la que ha permitido que se la considere la exposición más cara de un artista contemporáneo: ¡50 millones de libras de coste de producción!».

En efecto la exposición de Damien Hirst para Venecia es algo más que una nueva vuelta de tuerca en el art business. En mi opinión se trata de un verdadero acontecimiento histórico y artístico, que marcará seguramente los nuevos derroteros del arte contemporáneo. Pues es la primera vez en la historia en que la organización, ejecución y montaje de una exposición de arte contemporáneo es concebida como una superproducción cinematográfica. Se trata por tanto, en primer lugar, de un negocio puramente espectacular, pero a la vez puramente especulativo. Las obras de arte no son aquí meros objetos decorativos o reflexiones poéticas acerca de la cultura occidental. Son ante todo oportunidades para los inversores y los coleccionistas.

Por ello Damien Hirst no ha reparado en gastos a la hora de ejecutar sus piezas. Éstas se han realizado con los materiales más finos y costosos, a fin de que, aunque puedan perder su cotización como obras de arte, no la pierdan sin embargo en ningún caso como objetos de lujo. Mármol blanco de Carrara, mármol rosado, mármol negro, lapislázuli, bronce, oro, granito azul, plata, ágatas, jade… La exposición incluye unas 250 piezas de varios tamaños, cuyo precio oscila entre los 400.000 dólares, para objetos pequeños de jade, y los 4 millones, por una cabeza de Medusa de malaquita.

 

Damien Hirst, El minotauro, granito negro, 120 x 133 x 111 cm.

Damien Hirst, El minotauro, granito negro, 120 x 133 x 111 cm.

 

Estoy de acuerdo con mi amigo Carlos Jiménez cuando, en su blog, “El arte de husmear”, escribe acerca de esta exposición que representa la resurrección de Damien Hirst, un artista al que todos considerábamos ya muerto y acabado. Aunque no se trata tan solo de la cuestión de su resurrección y de que, con esta exposición, haya demostrado que nos encontramos verdaderamente ante un gran artista. No. En esta exposición se plantea tan abiertamente y con tal descaro la cuestión de la mercantilización de las obras de arte, que su modelo afectará ineludiblemente a todas las nuevas relaciones entre el arte y el mercado.

Esto era algo que ya Damien Hirst venía haciendo desde su Calavera de diamantes en 2007, expuesta en al White Cube de Londres, y sacada a la venta por cincuenta millones de Libras esterlinas. En 2008 decidió comercializar directamente sus obras sin la mediación de sus marchantes Gagosian y White Cube, y entonces vendió obras por valor de 200 millones de dólares, en una subasta de Sotheby’s, el mismo día que estallaba la crisis financiera de Lehman Brothers, en los Estados Unidos

El argumento de su exposición es conocido. Presenta un supuesto rescate de un barco griego del s. II, cargado de tesoros artísticos —entre ellos un coloso de bronce de 18 m. de alto— expuesto con gran aparato documental y gran verismo, en los dos grandiosos palacios venecianos de la Fundación. De hecho, un vídeo documental acerca de las tareas del rescate, espectaculares fotografías del trabajo submarino, así como la maqueta del pecio, y la clasificación y ordenación de los tesoros encontrados pueden inducir a más de uno a pensar que se trata de un tesoro real, encontrado en el fondo del mar, como los célebres bronces de Riace.

 

Damien Hirst, Hermafrodita, bronce, 1,94 m.

Damien Hirst, Hermafrodita, bronce, 1,94 m.

 

Sin embargo, algunos de los tesoros supuestamente rescatados, aun cubiertos de animales marinos y restos de coral, evidencian que se trata de una broma, pues entre ellos se encuentran una reproducción del calendario solar azteca, una pequeña estatua de Mickey Mouse o la enternecedora imagen de Mowgly, acomodado sobre la panza del oso Baloo, a imitación de los dibujos de la factoría Disney.

El hecho de que las mitologías con las que el artista juega, de las obras de arte supuestamente rescatadas, no solo incluyan la griega y la romana, sino también la egipcia, la india, la azteca y hasta las mitologías contemporáneas, como las de Disney, demuestra que los restos de la cultura occidental son también los restos de una cultura global, y que el artista se dirige también a un mercado global que colecciona sin duda las obras de arte por su valor simbólico y decorativo, pero que las colecciona sobre todo por su valor material en el mercado, y espera hacer en cualquier caso un buen negocio.

 

Damien Hirst, Best Friends, bronce, 72,5 x 136,7 x 82 cm.

Damien Hirst, Best Friends, bronce, 72,5 x 136,7 x 82 cm.

 

Lo que Damien Hirst espectaculariza de algún modo son los restos del naufragio de la cultura occidental. Lo que aquí se ha rescatado de su hundimiento definitivo es el objeto artístico mercantil, en su forma fetichizada por excelencia: la estatuaria clásica. De hecho, el culto a las obras de arte, tal y como nosotros lo conocemos, solo fue posible cuando, en el Renacimiento italiano, empezaron a contemplarse las esculturas clásicas ya no como estatuas de ídolos paganos, que era necesario destruir, sino como los restos de una civilización superior, definitivamente perdida. Damien Hirst le otorga a nuestros “documentos de cultura” la misma pátina y el mismo acabado de la estatuaria clásica, rescatada del fondo del abismo, y nos los presenta directamente como “documentos de barbarie”: la barbarie del capitalismo financiero, que gasta sumas fabulosas en la adquisición y acumulación de objetos fetichizados, a la vez que fomenta y permite la destrucción ecológica del planeta, o las guerras de Siria e Irak, porque le reportan suculentos beneficios.

 

Damien Hirst, Hidra y Cali, bronce, 539x 612 x 244 cm.

Damien Hirst, Hidra y Cali, bronce, 539x 612 x 244 cm.

 

 

Miguel Cereceda es profesor de Estética y teoría de las artes en la Universidad Autónoma de Madrid, crítico de arte y comisario independiente de exposiciones. Ha publicado El lenguaje y el deseo, El origen de la mujer sujeto y Problemas del arte contemporáne@. Ha sido profesor invitado en la Universidad de Potsdam (Berlín).

One Comment

  1. Es fascinante, para nosotros que somos collagistas, por lo tanto piratas y transformadores del arte de los demás, encontrar ese espíritu de Hirst que, aunque en sus primeras obras haya sido francamente discutible, no se amilane ante las opiniones del mundo en el que estamos, ni se esconda bajo las elaboradas elucubraciones de los críticos y de los redactores de Arte. El Arte cura y sana. Por eso es de agradecer que se nos despierte del letargo de las explicaciones y de la connivencia de los intereses creados. Hirst está demostrando que es un gran artista y, como otros grandes, está en su derecho de que se le pague generosamente por ello. Al fin y al cabo lo que nos regala no tiene precio…..

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