La grafología como disciplina en la historia de la literatura

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Desde que hace casi ciento cincuenta años -en 1871- Michon fundara en París la Société Française de Graphologie, muchas han sido las suspicacias erigidas en torno a esta disciplina. Paulatinamente, parece que la sociedad comienza a creer algo más en sus métodos y en su rigor, y cada vez es una disciplina más empleada por recursos humanos como método de selección de personal e incluso, la policía ha comenzado a introducir en los últimos años una prueba caligráfica en el trámite de renovación del Documento Nacional de Identidad.

Estas dos muestras sirven para dar cuenta de las dos principales ramas que posee la grafología: la psicografología, es decir, la disciplina que se encarga de evaluar los principales rasgos psicológicos y caracterológicos de una persona y que, por tanto, se emplea en selección de personal, y la pericia caligráfica, esto es, la materia que evalúa las posibles falsificaciones y persigue encontrar al autor de un anónimo.

Es curioso que, pese a las reticencias ya señaladas a nivel social en torno -principalmente- a la primera de las ramas de la grafología, desde hace no pocos años personas de cultura como grandes escritores, sin ser grafólogos, han utilizado diversos rudimentos grafológicos en la obra, haciendo ver que la disciplina está más presente de lo que se cree a nivel social.

Así, en La casa de los espíritus de Isabel Allende, se destaca cómo las notorias irregularidades en el tamaño de la letra de Férula denotan un espíritu atormentado y perdido, como el que posee tras haber sido expulsada de la casa de Esteban y Clara: “Los cuadernos de anotar la vida se embrollaron, su caligrafía perdió la elegancia de convento, que siempre tuvo, y degeneró en unos trazos despachurrados que a veces eran tan minúsculos que no se podían leer y otras tan grandes que tres palabras llenaban la página”.

Por su parte, el argentino Andrés Neuman en el capítulo 70 de Una vez Argentina argumenta a partir de otro de los grandes parámetros de la psicografología: la inclinación de las letras y cómo esta denota una gran emoción: “«Como sabrán», escribe Blanca, y su letra parece torcérsele de emoción para recuperar, enseguida, el decoro de la simetría, «la más importante alumna que formó Jacinto fue su hija.»

Tampoco faltan ejemplos literarios que, sin ahondar en rudimentos de pericia caligráfica, denotan la importancia de la disciplina a la hora de encontrar al autor de un escrito. Ya en tiempos de Azorín queda patente en “El sustituto” la importancia de la firma como sello personal difícil de disimular, razón por la cual Miranda rubrica con una cruz para no ser reconocido en el pueblo: “El mismo cabo que solía escribirle las cartas, escribía ahora las que le dictaba Miranda, que también las firmaba con una cruz; pues no quería escribir él por si reconocían la letra en el pueblo”.

Y, por su parte, en El Maestro del Prado de Javier Sierraes, finalmente, el cotejo entre una firma de 1902 y otra de 1970 el que permite finalmente descubrir al protagonista quién es esa misteriosa figura/persona que le va enseñando los enigmas de los cuadros de la pinacoteca más importante de nuestro país. Así lo vemos en el diálogo que mantienen Juan Luis, bibliotecario del Real Monasterio de El Escorial, y el joven protagonista:

“– Ayer a mediodía localicé al fin el formulario de Fovel fechado en 1902. El más antiguo de todos los que conservamos. Por suerte estaba microfilmado. Ya al comparar la firma que dejó entonces con la que aparece en su ficha de 1970…

El anciano tembló.

-¿Qué, padre?

-….Vi que eran de la misma persona. Dios santo, Javier. No soy perito calígrafo, pero casi podría jurártelo. ¡Las dos firmas son idénticas! ¿Te das cuenta de lo que eso significa?

Si aquellos documentos eran auténticos -cosa que no dudé ni por un segundo-, el agustino acababa de hacer un descubrimiento sensacional. Resultaba dolorosamente evidente que nos encontrábamos ante solicitudes bibliográficas separadas por al menos siete décadas, que habían sido firmadas por una misma rúbrica. No había margen para el error. Aquel “Fovel” enorme, legible, con una efe mayúscula larga y estilizada, rematado por una ele cuyo único brazo se convertía en un látigo que semejaba restallar alrededor del apellido, era el mismo en todos los documentos.”

            En definitiva, como queda patente a través de estos cuatro textos literarios que sirven de muestra, la grafología, en su doble vertiente, ha estado y está muy presente en las obras literarias, ya sea para certificar a quién pertenece una letra, ya sea para caracterizar estados anímicos o caracterológicos de diferentes personajes.

 

 

 

Licenciado en Filología Hispánica y Diplomado en Psicografología y en Pericia Caligráfica, trabaja como profesor de Lengua castellana y Literatura en la comunidad autónoma cántabra. Se define, así, “amante de las letras por dentro y por fuera”, aunque el interior le da los garbanzos y el exterior queda para las reuniones sociales

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