El poder almohade

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 Autor:  Andrés Luis Moreau

Tras la descomposición del Califato Omeya y la desmembración del mismo en las taifas de principios del siglo XI, una suerte de monjes/militares asentada en lo que hoy podría considerarse el actual estado de Marruecos puso su vista en las ricas y fértiles tierras del sur peninsular. Bajo su rigurosa interpretación del Corán, los almorávides entendieron que sus correligionarios peninsulares habían relajado y descuidado sus obligaciones religiosas, y se lanzaron a una conquista territorial que les llevó a ocupar grandes extensiones de terreno durante todo el siglo XI y parte del siglo XII. En este contexto de expansión llegaron a la península ibérica en la década de los ochenta del siglo XI, llamados por los soberanos de las taifas de Granada, Badajoz y Sevilla. A partir de 1086, con la llegada de Yusuf Ibn Tasfin, se inicia la ocupación almorávide, si bien es cierto que artísticamente no aportó nada relevante.

Quienes sí dejaron huella fueron sus sucesores en el dominio político y militar en los mismos territorios. Desde 1147, el mundo musulmán peninsular pasó a manos de los almohades, una dinastía bereber que vino a sustituir a los almorávides primero en el contexto africano y posteriormente en el europeo. Originalmente surgieron tras la relajación religiosa almorávide, cuando curiosamente fue esa relajación en las taifas la que propició el ascenso de ellos mismos. Abu Yaqub Yusuf fue el primero de los soberanos almohades en Al-Andalus. En enero de 1148 conquistaron Sevilla, que acabaría convirtiéndose en la capital del imperio almohade. El programa almohade para su nueva sede ofreció la construcción de una nueva e imponente muralla –demolida a principios del siglo XX- que aún conserva algunos paños, mejoras importantes en las infraestructuras –como la recuperación y puesta en servicio del acueducto de Alcalá de Guadaíra-, y reordenación y estructuración de los arrabales. Al mismo tiempo, la medina se vio engrandecida y mejorada con una nueva arquitectura residencial acorde con el nuevo estatus de la ciudad, así como con las grandes obras emblemáticas de este período: los Reales Alcázares y la nueva Aljama de Isbiliya –con su alminar transformado a campanario cristiano, la conocida Giralda- , así como la llamada Torre del Oro.

 

Fachada de la Giralda

Fachada de la Giralda

 

La arquitectura es la disciplina más importante del período almohade. Sus construcciones parecen tender a la austeridad propia a la vida nómada del desierto, aunque las citadas obras pueden perfectamente contradecir esa tendencia. El ladrillo, la argamasa y sobre todo el yeso, forman parte de sus materiales preferidos, siendo el arco y el pilar sus elementos sustentantes predilectos. Las mezquitas, de la que Sevilla fue un ejemplo perfecto, se caracterizaron por una planta cuadrada y un alminar compuesto por dos torres, albergando una a otra en su interior, entre las que se encuentra una rampa para facilitar su acceso. Los patios cruceros son el elemento más espectacular de la arquitectura palaciega, destacando el de la Casa de Contratación, el Jardín Crucero, los Baños de María de Padilla, y el Patio del Yeso. En este último se incorporan unas celosías de estuco sobre las ventanas para permitir el paso de la luz y del aire. Finalmente, las torres albarranas son la muestra perfecta de la evolución y desarrollo de la arquitectura militar, además de ser los primeros en usar bóvedas nervadas en las estancias militares.

La ornamentación se caracteriza por un exquisito orden donde la sobriedad y el racionalismo son la nota dominante. Los lazos geométricos, los motivos vegetales, y los amplios espacios libres son los elementos más frecuentes. A ellos hay que añadir la seqba, un nuevo elemento decorativo a unir a la cada vez más normal aplicación de la cerámica sobre la que se aplica el alicatado como forma de componer otro elemento decorativo más.

 

Alcazabas de Badajoz

Alcazabas de Badajoz (Wikimedia)

 

Fuera de la capital, son pocos los ejemplos que han sobrevivido hasta el día de hoy. Los principales pueden encontrarse en la Muralla de Palma del Río, en la provincia de Córdoba, las alcazabas de Cáceres y Badajoz, y en los Castillos de la Atalaya y de Biar, ambos en la provincia de Alicante.

El esplendor de la capital almohade se apagó en 1248 tras incorporarse a la Corona de Castilla, cuando cayó en manos de Fernando III, primer monarca en ser enterrado en la ya consagrada catedral cristiana.

 

 

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