Las fotos del último verano

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A mi madre, que piensa que no la escucho.

 

I

Los montes aún reciben los últimos rayos de sol, pero el pueblo ya está en sombra. En una ladera los críos juegan con piedras y palos. Ven llegar los camiones que se llevarán a los hombres del pueblo, y después a los del pueblo siguiente, para fusilarlos más allá del cerro. Los críos vuelven a casa con sus palos, que son sus fusiles, sin saber del todo lo que se van a encontrar. Me lo cuenta un abuelo, sentado frente a mí en un tren, cincuenta años más tarde. “Fíjate”, me dice, “los camiones llegando cada tarde y nosotros jugando a la guerra”.

Los montes aún reciben los últimos rayos de sol y la terraza también. Mi abuela se sienta conmigo al fresco incipiente de la tarde de agosto. Las sillas son de enea, de esas que recogen bien los riñones. Me cuenta que los nacionales estaban en la parte alta del pueblo, al noreste, y los republicanos en las lomas del suroeste. La serrería estaba en la hondonada, “allá, a la izquierda, más allá de los bancales de manzanos que entonces no existían, como no existía esta casa, que es la última del pueblo”. Todo está muy cerca, en realidad. Por la noche, bajaban los republicanos y se llevaban la madera de la serrería. La noche siguiente bajaban los nacionales. Y así, noche a noche.

Treinta años después de estas conversaciones, hay silencio en la Plaza de las Comendadoras. Sobre el muro de la antigua cárcel una farola abre un surco de luz. Los murciélagos vuelan bajo, en una especie de cortejo.

En total, han pasado ochenta años.

 

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II

“Decían que no iba a pasar nada, pero nada más empezar la guerra mataron a mi abuelo, le quemaron la casa estando él dentro y allí murió. También mataron a un hermano de mi padre, que era dueño de un bar con colmado y fiaba a todo el mundo. Luego saquearon la tienda. Era todo cosa de vecinos, llevados por la envidia, las deudas y por rencillas de toda la vida”. Así lo relata mi madre.

Mi abuelo era el involuntario proveedor de madera de los dos bandos que, alternativamente, saqueaban su serrería. Al otro lado de los pinares vivía su familia política, en zona nacional. Aún antes de ser llamado a filas, se echó al monte con el cura. Algunas noches bajaba al pueblo, cuidando de no tropezar con irregulares o con los que trasegaban la madera en la oscuridad de aquellos parajes.

Allá en los bosques, el cura y él tenían un único periódico. Contaba que todas las mañanas lo remojaban en el agua helada del arroyo y se decían el uno al otro “Noticias frescas”. Esta anécdota fue uno de los pocos rasgos de humor que mi abuelo mostró en toda su vida, pero hace tiempo que pienso que en realidad aquel periódico perdería sus hojas una a una para cubrir necesidades muy básicas.

Muchos años después, siendo ya mi abuelo rico, en el cuarto de baño de su austera casa de Madrid no había papel higiénico, sino las hojas del ABC pinchadas en un gancho que colgaba de la pared, junto al retrete. Nosotros, los nietos, nacidos en los sesenta, aprendíamos a frotarlo entre las manos como quien lava la ropa, para volverlo dúctil y absorbente.

 

III

¿Quién puede hablarme de esos tiempos? Mi madre era una cría y sus recuerdos son de frío, hambre, miedo, más frío y más hambre, sin cronología ni aparente final. A sus ochenta y cinco años, no quiero hacerle preguntas.

Al abuelo le abandonó finalmente la esperanza de volver al pueblo y se las apañó para llevarse a toda la familia a Madrid. Pero en Madrid bombardeaban. A menudo me ha contado mi madre cómo su hermano mayor la cogía en volandas y, con ella en brazos, bajaba los escalones de siete en siete para refugiarse en el sótano del edificio, en la calle Montera. De nuevo mi abuelo les sacó de allí, porque lo siguiente que recuerda es vivir en Navacerrada, en un pajar, como una familia de gatos. A veces mi madre se ponía a cantar y bailar delante de las milicianas, que le daban de su pan. “Muchas eran solo unas pobres mujeres que se unían a las milicias para tener qué comer”, me dice, “era un pan blanco buenísimo”.

Es una primavera de finales de los setenta. Al volver de la compra, hacemos un alto en el camino para tomar un vermut en una terraza. Un poco más allá, sentada en un banco, una anciana echa migas a los gorriones.

 

IV

“Nos echaban a jugar a la calle así cayeran chuzos de punta. Recuerdo haber jugado a darle patadas a algún cráneo. Éramos unos críos y no entendíamos”. A mi madre se le pone cara de remordimiento.

Siendo casi un niño, el abuelo marchó como cartero a Marruecos. Con él iba mi abuela, pero antes de la Guerra del Rif se fueron a Francia: trabajaban en los bosques, talando árboles, cocinando para los leñadores. Al volver, el abuelo instaló una central eléctrica aprovechando el cauce del río. La llamaban La Fabrica de Luz y daba para alumbrar el pueblo con cuatro bombillas. Ahora está sumergida bajo las aguas de un pantano.

En la época en la que yo veraneaba allí el agua de las fuentes era potable, los perros andaban sueltos, los niños merendaban por las calles con disimulada concentración y los jóvenes presumían yendo de acá para allá en sus motos Puch y Bultaco. En el ensanche del río las piscinas aún no estaban secas y la gente bajaba a tomar el sol sobre las grandes piedras y a lavarse el pelo en el agua, tan dulce como la horchata y tan fría que cortaba la respiración.

El camino a las piscinas pasa junto al cementerio, pero los muertos del pueblo que en guerra recibieron sepultura no estaban allí al principio, sino en el antiguo camposanto, junto a las escuelas. A veces los perros desenterraban los huesos. Después de trasladar los restos hubo, durante mucho tiempo, una gran fosa común abierta al cielo: cráneos, fémures y pelvis, costillas y peronés, juntos y revueltos como en una rave siniestra.

Siempre nos asomábamos cuando íbamos a poner flores a los nuestros.

 

V

Todas las flores rojas, amarillas y violetas,

el girasol generoso, la hermosa rosa entreabierta,

la lavanda, la glicinia y el lirio de las praderas,

se me muestran cada tarde antes de la primera estrella.

Que las flores de la pubertad

no se marchitan jamás.

 

Floto en el limbo de mis catorce años. Una noche tengo insomnio y me levanto a escribir. Otra, sueño con un príncipe: soy la hija de un mago y estoy condenada a muerte, pero confío en mi príncipe… que no llega. Puedo ver el cielo azul desde el fondo de un rectángulo de tierra.

Soñar con la monarquía se vuelve recurrente: subo por unas escaleras mecánicas mientras veo bajar, justo a mi lado, a la familia real al completo. Se ve que mi inconsciente no perdona esa primera traición onírica de la realeza.

En el pueblo tengo dos amigas de mi edad. Ya no recuerdo sus nombres. Una de ellas es hija de un guardia civil. “A mi abuelo le mataron los rojos”, me cuenta, “¿tienes hambre? le preguntaron, nosotros te vamos a quitar el hambre, ¿te gusta el chocolate?. Le obligaron a comer chocolate hasta que murió”. Mi amiga no sabe de dónde salió tanto chocolate.

Su madre nos da galletas con las natas de la leche y azúcar. La casa cuartel de la benemérita está en la entrada del pueblo.

Leo Por quién doblan las campanas.

 

VI

Dicen que Hemingway solía llevar en los bolsillos cebollas y que se las daba a los niños como si fueran golosinas, pero a mi madre la engolosinaba con auténticas chuches cada tarde de fiesta: “se sentaba a mi lado y me daba caramelos en las corridas de mi pueblo”, recuerda, “claro que eso fue ya después de la guerra”.

Luis Quintanilla, que se había hecho muy amigo de Hemingway en París, estuvo en el pueblo mucho antes. Había recibido de Juan Negrín el encargo de dibujar escenas de la campaña en los frentes. Una noche le llaman los milicianos a casa de un matrimonio de ancianos, asesinados en su cama. El marido era ciego. El pintor guardó la imagen en la retina para dibujarla tiempo después.

            — ¿Qué es esto?, le pregunto a mi madre.

            — Me la encontré en el pinar. Debió de ser de un brigadista.

Es una moneda norteamericana de 1919. Le han hecho un agujero para llevarla colgada.

 

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VII

“Éramos muy malos. Trepábamos al árbol del vecino y nos comíamos sus cerezas. A un pobre viejo que vivía solo le lanzábamos bolas de nieve por la chimenea. En aquella época se cocinaba al fuego, así que imagínate. No podía perseguirnos porque se resbalaba.” Lo dice, de nuevo, con remordimiento, pero muy en el fondo de su mirada aún brilla un destello travieso.

¿La maldad era eso?

La maldad estaba ya en la curva de la carretera: pronto llegaría de las montañas, de los pinares, por caminos polvorientos, senderos agrestes y cañadas flanqueadas de zarzamoras.

Dos bueyes cruzan el pueblo tirando de un carro de paja. El cortejo de vicios y pecados está a punto de hacer su aparición.

 

VIII

Cada vez que se oyen tiros, aviones o morteros, las mujeres meten la cabeza debajo de los pesebres. Al fin, una se incorpora y dice: “nos van a volar el culo, y sin culo tampoco hacemos nada.”

Las fuerzas moras entran a saco violando a las mujeres, matando a los heridos que están hospitalizados en la Iglesia. Después llegan los milicianos y los regulares se dispersan. Son perseguidos, apresados y fusilados sin orden ni concierto. A última hora llega, desde los bosques, el Batallón Octubre Nº 12. Al frente está el italiano Fernando de Rosa Lencinni, que intenta poner freno a los desmanes. Es un revolucionario socialista que atentó contra el príncipe Humberto de Saboya y se exilió en la Segunda República. Morirá quince días después.

 

IX

“¿Te imaginas que dentro de cuatrocientos años alguien le quite todos los revocos a la Iglesia de tu pueblo y los restauradores se encuentren contigo, pintada de ángel detrás del altar?”, pregunto. Mi madre y yo nos reímos.

“Esas señoritas de Madrid, esas hijas de Eva, que vienen provocando vestidas con pantalones”, clama el cura desde el púlpito. Mi madre y sus amigas son jóvenes y tienen ganas de divertirse: cuando la orquesta toca en el pueblo, muerden limones delante de los músicos de viento.

“Se llamaba Rafel… ¡Murillo! Nunca quiso decirnos su apellido de verdad. Era de la pandilla de los veranos, amigo de unos del pueblo. Pintaba y tenía mucha guasa. A mí y a dos amigas nos pintó detrás del altar mayor: la Virgen y dos ángeles. Yo era el ángel de la izquierda. ¡Figúrate cómo le sentó al cura! Menos mal que no me parecía nada.”

Me enseña una foto en blanco y negro. Rafael Murillo es el de la derecha: se ha enrollado la rebeca de mi madre en la cabeza y parece Daniel Boone.

Como muchas personas mayores, mi madre pone orden en sus recuerdos: saca fotos, las clasifica, algunas las rasga. “No tires ninguna”, le digo, “las fotos en papel ya no se hacen”. Pero yo también lo he hecho: algunas fotos estorban, te quitan aire, como una bolsa de plástico alrededor de la cabeza. “¡Niños! ¡Nunca metáis la cabeza en una bolsa!”.

            — Mamá, ¿de qué año es esta foto?

            — Debe de ser del cuarenta y nueve.

 

X

Mi madre tiende su ropa blanca en la terraza. Reluce al sol, “limpia y espercudida”.

            — ¿Qué palabra es esa?

            — Se dice desde siempre en mi pueblo cuando algo está requetelimpio.

Busco en el diccionario. Es una variación de “despercudir”: significa limpiar o lavar la suciedad que ha penetrado en algo y se utiliza principalmente en Venezuela. No es posible, me digo, que esa palabra haya cruzado el charco para instalarse precisamente en este pueblo. Más bien será una rara superviviente de las lenguas romance…

A primeros de septiembre subimos al pueblo para hacer una consulta en el Ayuntamiento. Hace muy buen día, aunque el sol pica un poco. Nos demoramos más de lo previsto y nos quedamos a comer. Entonces se entera mi madre de que Esperanza, Esperancita, una de sus amigas de la infancia, ha venido a pasar unos días con sus hermanas ¡desde Caracas!. Hay justicia poética en este encuentro. Durante largo rato charlan sentadas en la plaza, tomando café mientras el cielo se cubre de gruesas nubes. Mucho antes del primer relámpago, mucho antes de que empiece a llover, nos llega desde la distancia el aroma intenso de la tierra y la paja recién mojadas.

El pinar oculta a otra superviviente, volátil como una palabra: la mariposa isabelina, que se deja ver de noche por algunas sierras de España y de Francia.

 

XI

La carretera es sinuosa y, a tramos, siniestra. En invierno la bloquea la nieve y el pueblo se queda aislado. Los autobuses hacen la ruta con aprendida parsimonia… los baches en el asfalto, la tierrecilla desprendida, las curvas… Los viajeros ven abrirse los barrancos ahí mismo; quitamiedos de granito encalado se ríen de ellos con los dientes mellados de una calavera. Después del puerto de la Cruz Verde, con su amplia curva en desnivel, a la altura de la Cascada del Hornillo una diminuta casa de piedra parece colgar de una ladera. Un poco más allá, bajo el pequeño puente que la carretera atraviesa, otra casa algo mayor recibe los rayos del sol de invierno. Agazapado entre estas lomas imagino siempre a Jordan, observando el puente que hay que volar, aunque sé que no es éste. Después vendrá la curva de Santa María, cerrada como el puño de un avaro y, finalmente, la de Peguerinos. Desde allí, especialmente en otoño, el pueblo ofrece un aspecto idílico.

Peguerinos está a setenta y cinco kilómetros de Madrid y apenas a veintiséis de El Escorial. A diferencia del vecino pueblo de Santa María de la Alameda, pertenece ya a la provincia de Ávila y está a un tiro de piedra de la de Segovia. No tiene estación de tren.

La batalla de Peguerinos, librada el 30 de agosto de 1936, coincidió con el asedio del Alcázar de Toledo, la toma de Irún y San Sebastián y el avance del Ejército de África sobre Madrid. Se saldó con la victoria republicana, pero entre el veinticinco y el veintisiete de noviembre hubo otro duro combate, de nuevo con fuerzas de tierra, caballería y aviación: desde la curva se veían arder las casas y los pinares más cercanos al pueblo. Según el ABC de Sevilla, supuso una victoria absoluta de los nacionales, pero el de Madrid, que diez días antes proclamaba “la sierra toda, desde Somosierra hasta Peguerinos, no será jamás del fascismo”, comunica que los rebeldes han sido rechazados. En la duda, no puedo evitar preguntarle a mi madre: “el pueblo no fue liberado hasta el final de la guerra”, me dice, “entonces volvimos: había cráneos y huesos humanos en la plaza, de unos o de otros, vete a saber”.

Veo mapas en los que la línea que delimita el territorio de los dos bandos en la zona cambia constantemente. Indican que cada avance de los nacionales sobre el pueblo era rechazado en poco tiempo. Eso es lo que llaman un frente estabilizado, y así permaneció el pueblo, “estabilizado” incluso después de la batalla del Puerto de los Leones, con el cual se comunicaba directamente mediante una pequeña pista. Como es bien sabido, la ofensiva de Segovia y el episodio de la derrota republicana en el Alto del León, que está a solo cincuenta y seis kilómetros de Madrid y desde la época de los romanos ha sido puerta entre las mitades norte y sur de España, inspiraron la novela de Hemingway Por quién doblan las campanas

 

XII

Finales de agosto. Paseo con mi perro junto a Torre España. En las escaleras de la entrada, tanto tiempo clausurada, alguien ha dejado un ejemplar en inglés del libro de Hemingway. No tiene tapas; una ligerísima brisa cálida hace aletear sus hojas y vuelvo a mi adolescencia: puedo oler el aire de la sierra, la resina de los pinos, y escribo esta historia de cronologías deshilachadas.

 

            — Pero hija ¿de qué fotos hablas?

            — De todas las de los veranos. Todos los veranos son el último ¿o no?

 

 

Madrid, del 28 de agosto al 3 de septiembre de 2016, en el ochenta aniversario de la batalla de Peguerinos.

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©Ángela Nordenstedt

 

Madrid, del 28 de agosto al 3 de septiembre de 2016, en el ochenta aniversario de la batalla de Peguerinos.

Fotografías: ©Ángela Nordenstedt

Portada:  Bunker en la sierra de Peguerinos. Foto Flickr

 

Nacida en Madrid. Licenciada en Bellas Artes, ha ejercido desde finales de los ochenta una intensa labor como artista, especialmente desde el dibujo, pero también en pintura, escultura, arte postal y libros de artista. Hace unos años, retoma una afición de juventud y comienza a publicar poemas y otros textos de creación en su blog “Apuntes al natural”. También colabora en “Los amigos de Cervantes” con “DyD (Derivas y Derrotas)”. Sigue exponiendo. Más información en: http://angelanordenstedt.com/

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