Amigas y otras especies

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Tengo amigas, no sé si tengo amigos, de los de verdad, de la misma calidad que mis amigas; porque yo a mis amigas las abrazo, las miro, las halago y me prodigo con ellas cuando me parece. Y ellas conmigo, las buenas, las auténticas, también. Cuchicheos, intimidades y alguna que otra flaqueza alimentaria, chocolate, una copita…, y alguna que otra licencia.

¿Y con los amigos? Pues no, es diferente. Con los amigos hay que contar muy bien los mississippis, si están casados, si son pareja de tus amigas, si tu marido está por ahí… Hay además un acuerdo tácito, creo yo, de mejor no meterse en ese jardín.

 

Grupo

Funcionamos bien así desde hace muchos años, y lo he descubierto también en otros grupos.

No me imagino abrazando a uno de mis amigos, mirándole a la cara,  tardando más de tres mississippis (“un mississippi, dos mississippis, tres mississippis”),  y diciéndole ‘¡Qué guapísimo te encuentro!, ¡te queda fenomenal esta ropa! ¡Qué ganas tenía de verte!’ O ¡Mira, toca qué michelín se me acaba de poner aquí! No lo quiero imaginar.

¡Qué cara la de su pareja y mi amiga, la cara de mi pareja, y el estupor general! “Oye, qué le pasa a esta?”. Sinceramente no se me va a ocurrir hacer la prueba.  Así que, digamos, tengo amigos y conocidos con los que nunca paso de los tres mississippis.

 

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Con mis amigos siempre habrá temas de los que no se me ocurre tratar. Podemos hablar de todo, siempre que no sea íntimo y personal. Nada que ver con mis amigas, con las que quedo a solas o en una habitación, mirando, contando o riendo cualquier banalidad, intimidad o barbaridad. Nada parece prohibido. Todo parece posible.

No se me ocurre quedarme a solas con un amigo en una habitación, mirando un libro, un cuadro…, más del tiempo razonable. Rápido, aparece mi ángel de la guarda, o mi yo más sensato, y me dice “¡Alto, muchacha! ¡No despiertes demonios dormidos, deja que tú y tus queridos amigos detodalavida tengáis muchos años tranquilos y felices, con trivialidades y cosucas más o menos serias. Pero juntos, que no revueltos. Mejor, sin experimentos”.

 

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Llegados a este punto, recuerdo a un amigo de juventud, estudiante de Medicina, del cual nos reíamos mucho cuando defendía que la amistad entre hombres y mujeres no podía existir. “Siempre acaba como acaba” -decía. ¡Ahora veo que podría ser cierto! ¡Leches, qué fuerte!

Pues eso. Que yo no voy a pasar de los tres mississippis. Lo prometo. Me ha costado muchos años tener buenas amigas y una pareja más que aceptable. Así, que está codificado que no se puede tener amigos íntimos. ¡Que así sea!

En la adolescencia y juventud todos éramos amigos, con alegría y  osadía,  como correspondía,  pero acabábamos mandando a paseo por omisión al que se nos quedaba pasmado y no nos gustaba nada…, o viviendo felices para siempre con nuestro amigo del alma.

De repente se me ha ocurrido que igual esto es la consecuencia de vivir en una pequeña provincia del Cantábrico, un lugar donde se nos conoce a todos por ser la hija de, la madre de, la tía de…., y que, allá donde miremos, podemos encontrar algún vecino o conocido del trabajo, del colegio. Todos nos tenemos bien cuidados y ojeados.

Pero veo que no. Nuestros vecinos vascos, y sus pequeños clanes y pandillas, lo arreglan con más alegría y desenfado. Te encuentras al amigo, Aitor, y le preguntas por Maritxu, que está con los niños y las amigas, paseando y tomando el vermut, los días de ocio -está claro-, mientras él y sus amigos preparan en el txoko, el bacalao al pilpil y los pimientos rellenos, con un buen txacolin para la peña. No les hacen falta mississippis. Para nada.

¡Ay madre, qué poco arriesgada soy! ¡Venga, chicas: tened amigos, tened amor y más amigos, pero cuidado con los mississippis!

 

 

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