“Nada que no supieses, nada que no temieses”

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Carlos León
Estancias
Museo Esteban Vicente
Segovia, del 17 de febrero al 4 de junio de 2017

 

“Estancias” es el título del libro que Giorgio Agamben escogió para hablar de la relación entre la palabra y el fantasma en la cultura occidental o de la escisión entre el lenguaje filosófico y la palabra poética. “Estancias” es también el título genérico que Carlos León ha escogido para su reciente exposición en el Museo Esteban Vicente de Segovia.

Después de la soberbia retrospectiva en la Sala Alcalá 31 de Madrid, el pasado 2015, en la que se presentaba el trabajo del artista fundamentalmente en su relación con la pintura, como uno de los grandes maestros de la pintura española contemporánea; tal vez esta nueva exposición, en el Museo Esteban Vicente de Segovia, podría parecer una invitación al diálogo pictórico con la obra de aquel maestro español del expresionismo abstracto norteamericano. Y es cierto que tal ocasión no se desaprovecha, y es posible contemplar aquí la labor de ambos artistas, en un interesante diálogo en torno a la pintura, y a las formas y los lenguajes de la abstracción.

Y sin embargo, en esta magnífica muestra segoviana, comisariada por el crítico y poeta José María Parreño, podemos acercarnos a una visión más completa de la obra de Carlos León como artista; pues en ella, además de una interesante muestra de su pintura, podemos encontrar también numerosas esculturas (a las que el artista prefiere denominar más bien “ensamblajes”), junto con algunas fotografías.

 

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Mientras que su pintura parece más marcada por la tensión entre la obra de pintores como Twombly y Francis Bacon, tratando de establecer entre ambos un diálogo inaudito; su escultura sin embargo está muy influida por su relación con la poesía, con la filosofía y con la literatura. “Estancias” era también el nombre con el que los poetas del dolce stil nuovo compusieron algunas de sus canciones amorosas.

De algún modo es cierto que esta exposición está compuesta a base de estancias, utilizando sabiamente las habitaciones y los pasillos del museo. Ello permite una cierta organización temática de la muestra, desde la habitación de los “Estanques” —que evoca las Ninfeas de Monet—, hasta la de los “Nombres de los meses”, que hace un recorrido cromático y sentimental por los colores de las cuatro estaciones. Pero además de la pintura hay en esta exposición numerosos objetos de vocación escultórica. Se trata ciertamente de objetos encontrados, pero con ellos el artista dispone diálogos sorprendentes entre las cosas, que les hace adquirir sentidos enigmáticos. Así al entrar, dos viejas sillas suspendidas en el aire proyectan una poderosa sombra sobre el suelo, mientras que detrás de ellas puede leerse: “nada que no supieses, nada que no temieses”.

 

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Precisamente en su libro Estancias recuerda Giorgio Agamben una carta de Rilke, de 1912, en la que el poeta, tratando de explicar el sentido de sus Elegías de Duino, hablaba de la pérdida de vida de las cosas. “Ahora llegan de América cosas vacías e indiferentes, apariencias de cosas, simulacros de vida”. Y Carlos León por su parte parece querer devolverles la vida y el calor a estas cosas abandonadas, olvidadas o desechadas.

Curiosamente, en el piso inferior hay una habitación llena de instalaciones escultóricas, a través de una de las cuales se dejan oír en alemán las Elegías de Duino de Rilke, mientras que, desde el piso superior, resuena en todo el edificio, una carcajada insolente, que corresponde a la serenata siniestra que un grupo de músicos y cantantes interpreta para los turistas en el hotel de Muerte en Venecia, la película de Visconti. En medio del decadente lujo, la burla de los comediantes les recuerda a los turistas la presencia de la muerte. “Nada que no supieses —escribe Carlos León en las paredes—, nada que no temieses”.

 

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Tal vez por eso el artista ha decidido acercarse en esta ocasión a trabajar también con vidrio de desecho, procedente de la Real Fábrica de Vidrio de La Granja. Además de la evidente fragilidad del vidrio, sus composiciones delatan sin embargo una extraña violencia amenazante, que también nos recuerdan la propia fragilidad y la amenaza de la muerte propias de la condición humana.

 

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Miguel Cereceda es profesor de Estética y teoría de las artes en la Universidad Autónoma de Madrid, crítico de arte y comisario independiente de exposiciones. Ha publicado El lenguaje y el deseo, El origen de la mujer sujeto y Problemas del arte contemporáne@. Ha sido profesor invitado en la Universidad de Potsdam (Berlín).

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