Literatura para nostálgicos: James O. Curwood

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Acabo de leer Bajo el sol de medianoche de Marisa Grey. La autora recupera la historia de los buscadores de oro por tierras canadienses: Dawson City y la cuenca del Klondike. Es una novela para nostálgicos de las grandes epopeyas de James A. Michener (Alaska, Centennial, Hawai…). Relata las frustraciones y los aciertos de los aventureros que se desplazaron en pos de una quimera, y describe la realidad de una ciudad que surgió de la nada y de unas condiciones climáticas que les costó la vida a muchos de ellos. Vamos, entretenimiento para rato. Y como siempre, como buena nostálgica que soy, me recordó las novelas de mi juventud, las que devoraba implacablemente, tendida sobre mi cama y con la puerta cerrada para aislarme de la vida casera y perderme en las páginas de mi querido James Oliver Curwood.

Las nuevas generaciones sólo recuerdan a Jack London, unos perviven y otros se pierden en el olvido.

James Oliver Curwood nació en Owosso, una aldea de Michigan, el 12 de junio de 1878. Desde los seis años llevó una vida al aire libre en la hacienda que su padre adquirió a orillas del lago Erie, rodeada de espesos bosques y pantanos. Siendo un adolescente, se convirtió en un cazador tan hábil que consiguió el dinero para estudiar con el producto de la caza. Con veinte años empezó los estudios de periodismo en la universidad de Michigan, que no concluyó, ya que fue contratado por el Detroit News Tribune del que llegó a ser redactor jefe. En sus vacaciones, pasó largas temporadas en la bahía de Hudson, recorrió los ríos Mackenzie y el Atabasca a golpe de remo con las brigadas de transporte y comenzó a escribir relatos sobre la región, hasta que sus escritos alcanzaron gran popularidad y llamaron la atención del gobierno canadiense, que lo contrató para que explorara las provincias del noroeste y escribiera sobre ellas para atraer nuevos colonos y repoblar la zona. Se convirtió en el único estadounidense contratado por el gobierno canadiense como explorador y escritor.

 

«El vapor y el ferrocarril iban acercándose del lejano sur, y pronto el mundo se daría cuenta de que en el Circulo ártico sería próspero el cultivo del trigo, de que ciertos vegetales alanzaban allí extraordinario desarrollo, de que las flores cubrían el suelo y las bayas lo adornaban de negro y rojo. Carrigan había temido los días —que él llamaba del gran descubrimiento— en que una muchedumbre civilizada se percatara de cómo la flora respondía a la influencia de veinte horas diarias de sol, a pesar de que, ahondando con el pico y la pala cuatro pies debajo de la superficie, se encontrase la tierra perpetuamente helada.»

El bosque en llamas, ed. Juventud.

Así que en 1908 dimitió de su puesto en el periódico y comenzó su vida como aventurero. Durante los dieciocho años siguientes, seis meses al año, se alojaba en una cabaña construida con sus propias manos y se alimentaba de lo que pescaba y cazaba. Llegó a amar el estilo de vida salvaje y admiró a los hombres que vivían perdidos en el silencio del gran desierto blanco, despreciando y venciendo el peligro, desposeídos de las ventajas y los daños de la civilización:

«—¿No tienen ustedes cuervos?

—Algunos; pero son tan inhábiles en el vuelo como en practicar la moral. En realidad son basureros y suelen situarse junto a la línea férrea, es decir, cerca de la civilización, en donde, como usted ya sabe, abunda la basura.

Por segunda vez aquella noche, David se echó a reír.

—¿En tal caso debo suponer que a usted no le gusta la civilización?

—Mi corazón pertenece a las tierras del Norte —replicó el padre Rolando.»

El Retrato, ed. Juventud.

En sus escritos presentó una visión optimista e idealizada, pues a nadie se le escapa las dificultades de soportar los rigores del invierno con treinta y cuarenta grados bajo cero con escasas horas de luz. Representó para Canadá lo que Zane Grey para la vida del oeste en Estados Unidos. Ambos elogiaron y enaltecieron a los arriesgados colonos y defendieron la vida al aire libre. El regreso del hombre a su entorno natural lo redimía y lo convertía en el paradigma de la nobleza, lealtad, bravura y grandeza de alma, al igual que a las mujeres que los acompañaban en tales aventuras. La Real Policía Montada del Canadá sale muy bien parada en sus libros. Formada por hombres íntegros que perseguían a los malhechores por encima de cualquier dificultad, son ensalzados como héroes en el amplio sentido de la palabra.

Sus primeras novelas El coraje del capitán Plum y Los cazadores de lobos fueron superadas por Kazán, perro lobo y Centella, llevadas al cine.

Sin embargo, hoy día es más conocido como autor de El rey de los osos. Pasó de ser cazador a radicalizarse como conservador de la naturaleza. Jean-Jaques Annaud lo consagró en la película El oso. Hay quien ha querido ver en esta historia un retazo de autobiografía. Con las Montañas Rocosas canadienses por escenario, un astuto e implacable cazador persigue a un gigantesco oso, quien, en la dura lucha entablada, acaba dando una lección de nobleza a su perseguidor.

 

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Pocos como él habían observado las costumbres de la innumerable fauna septentrional: astutos castores, hábiles zorros, tenaces búhos, crueles armiños, osos glotones… Curwood les confirió una inteligencia y una nobleza hasta el punto de que en algunas historias pasaron a ser los protagonistas: Kazán, Centella, Bari…

Sus novelas son el resultado de una combinación de aventura, novela romántica y misterio: El valle de los hombres silenciosos, El ángel de Peribonka, Corazones de hielo, El lazo de oro, El hombre de Alaska, Los buscadores de oro o La senda peligrosa, son algunos ejemplos de la treintena que llegó a escribir.

 

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En Owosso, Michigan, construyó una réplica de un castillo normando que hoy día es un museo: Curwood Castle, que representa el romanticismo que mantuvo en su estilo de vida. Durante un viaje por Florida, le picó una tarántula y falleció el 13 de agosto de 1927, a los cuarenta y nueve años a causa del veneno y la fiebre.

 

Elena Bargues Capa (Valencia, 1960) es licenciada en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad de Cantabria. Cuando tenía cinco años, la familia se asentó en Santander, donde reside desde entonces.
Creció en el seno de una familia con una gran afición a la lectura y siempre tuvo a mano una magnífica biblioteca bien provista de todos los géneros clásicos y modernos. Es una admiradora de las novelas de aventuras de corte histórico como Bernard Cornwell, Patrick O´Brian, Simon Scarrow o Pérez Reverte con su saga de Alatriste. Actualmente ha descubierto la variante romántic… seguir leyendo

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