El final de la eternidad

Tesoro de Torredonjimeno

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 Capitel de los Evangelistas

 

Autor:  Andrés Luis Moreau

La ciudad eterna se muere. Son muchas las causas, y muy prolongada en el tiempo la enfermedad que acabó con la civilización más esplendorosa de toda la historia en muchos aspectos. Esa misma historia fija el último suspiro de la capital en el año 476 de nuestra era, aunque en el mundo del arte, la muerte cerebral había llegado tiempo atrás. Son pocos los restos de los primeros siglos del cristianismo. La crisis económica y los enfrentamientos cívico-religiosos impidieron una mayor proliferación de obras artísticas. El caso de las idolatradas Justa y Rufina en Sevilla puede ilustrar a la perfección el ambiente de intolerancia y radicalidad existente, más allá del mito o de la fe. Asolada y desangrada por varios frentes, Roma acude a los visigodos del este de Europa para solicitar su ayuda frente a la rebelión de los suevos afincados en Hispania. De este modo, tras el fatídico año 476, los visigodos heredan la península, extendiendo sus fronteras hasta Burdeos, donde fueron rechazados por los francos para retirarse definitivamente tras los Pirineos.

Como ya sucedía desde los primeros días tras su muerte en la cruz, los seguidores de Jesús se empleaban a fondo en la muy poco cristiana tarea de matarse unos a otros por el poder terrenal con el motivo religioso como excusa. Los visigodos dieron varias y variadas muestras de ello, siendo el más visible el caso del rey Leovigildo, quien mandó ejecutar a su hijo Hermenegildo por haber abandonado el arrianismo para pasarse al catolicismo tras su encuentro con la gran figura de la época visigoda: Isidoro de Sevilla. Si se excusa el burdo ejemplo, el fútbol es un deporte donde juegan dos equipos y al final gana Alemania. En historia, la religión es una guerra donde luchan dos verdades, y al final gana el catolicismo. Finalmente, Recaredo sucede en el trono a su hermano Leovigildo, oficializando el catolicismo como religión del reino en el año 689.

 

De By Ikusitaikasi (Own work) [CC BY-SA 4.0 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0)], via Wikimedia Commons

De By Ikusitaikasi (Own work) [CC BY-SA 4.0 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0)], via Wikimedia Commons

 

Desde la instauración del cristianismo como religión oficial del imperio, los primeros cristianos abandonaron las catacumbas y adoptaron la estructura de las basílicas romanas para sus ritos religiosos de la incipiente iglesia. Eso mismo ocurrió en la Bética, donde desde finales del siglo IV e inicios del V, comenzaron a levantarse estos edificios. Ejemplos ilustrativos pueden ser los restos de la basílica de Vega del Mar, en San Pedro de Alcántara (Málaga), y los de Gerena y el Patio de Banderas de los Reales Alcázares (ambos casos en Sevilla). Entrada ya la etapa visigoda, los restos arquitectónicos desaparecen, conservándose sólo un puñado de piezas como pueden ser altares, capiteles, etc. La mayoría de ellos provienen de Córdoba, debido a que los musulmanes reutilizaron los restos de la basílica de San Vicente en la construcción de su mezquita-aljama. En Sevilla hay también algunos ejemplos de capiteles visigodos reutilizados por el mundo musulmán en la Giralda y en los Jardines de Murillo.

Más importancia tienen en esta época los sarcófagos, derivados de la costumbre de inhumar a los muertos ya presente en el mundo romano. Al final del imperio, en época cristiana, la costumbre se mantiene, cambiando únicamente la temática figurativa exterior, para adaptar las figuras clásicas a la nueva fe. Son los casos de Carteia (San Roque, Cádiz) y el Prado de San Sebastián (Sevilla). También han llegado ejemplos de sarcófagos con temática puramente cristiana, como los de Berja (Almería), Córdoba, Martos (Jaén) y Écija (Sevilla).

La escultura del momento tiene poco que ver con el pasado esplendor del mundo romano. Del mundo paleocristiano sólo se conservan tres en toda Andalucía, representando el tema del Buen Pastor. Son los casos de la escultura de la Casa de Pilatos (Sevilla) y los dos ejemplos conservados en Almería. Lo más destacado del momento visigodo es el Capitel de los Evangelistas, conservado en Córdoba.

El ejemplo más brillante del mundo visigodo lo encontramos en una de las llamadas artes suntuarias. No es otro que el Tesoro de Torredonjimeno, aparecido en un removimiento de tierras. En un primer momento fue entregado a unos niños para que jugasen con él, creyendo que era falso. En la actualidad se haya repartido por varios museos. Se trata de un tesoro litúrgico que posiblemente adornara el altar de alguna iglesia.

 

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Tesoro de Torredonjimeno

 

Con la llegada del mundo islámico, muchas de las obras desaparecen, debido por la costumbre de los nuevos amos de reutilizar todo lo que encuentran a su paso -justo es decir que no son los primeros de la historia en hacerlo-. Se abrirá así un período de esplendor artístico que, con altos y bajos propios de su longevidad, se extendería durante ocho siglos.

 

 

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