“La Moda Romántica”, una muestra sobre los usos sociales de la moda en el siglo XIX

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Figurín de moda Magasin des demoiselles, 1865. Aguafuerte. Museo del Romanticismo

 

 

Francia. 1789. Su Revolución desmonta la jerarquía social tradicional y da paso a una nueva y rica burguesía, que caracteriza la sociedad del siglo XIX, y se convierte en referente central del panorama de la moda y cliente de la Alta Costura.

Hacia la segunda mitad del siglo XIX se dan varias circunstancias que permiten a un segmento mucho más amplio de la población poder disfrutar de la moda y sus últimas tendencias. La aparición de los grandes almacenes en la década de 1850 contribuye espectacularmente a esta expansión, permitiendo a los nuevos clientes acceder a una mayor variedad de mercancías y a precios más razonables.

Por otro lado, acontecimientos como las Exposiciones Internacionales o el desarrollo del transporte con el ferrocarril y los barcos de vapor, propician que el comercio internacional experimente un gran auge.
Las revistas de moda prosperan rápidamente en todos los países de Europa occidental y Estados Unidos. La moda interesa a todo el mundo, y sus clientes potenciales son cada vez más numerosos; sólo en Madrid, entre 1833 y 1869, se editan alrededor de 30 publicaciones femeninas o revistas de moda, globalizándose así los gustos y tendencias.

La moda romántica en España, enmarcada en el periodo comprendido entre 1828 y 1868, supone un punto de inflexión en la historia del traje. Se acentúan los signos diferenciadores de género: atuendo sobrio y de hechuras funcionales para el hombre, e hiperdecorativo y paralizante para la mujer; el teatro, el espectáculo, influyen notablemente en la configuración de los ideales de belleza y elegancia; y las revistas de moda contribuyen decisivamente a democratizar la indumentaria y a introducir una moda internacional.

La moda del siglo XIX no sólo se rigió por sus constantes cambios, también por la etiqueta en el vestir según cada ocasión y según establecían las reglas sociales. Con la moda romántica, el traje alcanza un apogeo sin precedentes; asistimos a la apoteosis de la apariencia, a una revolución de este fenómeno llamado moda, y al paso definitivo hacia el vestir contemporáneo.

En el siglo XIX la moda internacional tenía su epicentro en Paris y aunque en los primeros años del Romanticismo las tendencias parisinas estaban lejos de sentirse en Madrid, la situación cambia rápidamente a mediados de la década de 1830 con la llegada de las revistas de moda, en las que se publicaban los mismos figurines que en París, Nueva York, Londres, Roma o Berlín.

El primer estilo romántico empieza a definirse alrededor de 1822, momento en el que se transforma la silueta femenina: desciende gradualmente la línea del talle a su posición natural, las mangas tienden a ensancharse y los hombros se presentan caídos. La silueta femenina romántica por excelencia es la derivada del empleo de unas prendas interiores muy características: el corsé y la crinolina, que a modo de armazón moldurado con aros de metal o ballena, por un lado, constriñeron la cintura y, por otro, ahuecaron la falda contribuyendo a conferir un perfil acampanado a la mujer, incrementando la sensación de ligereza y esbeltez de su silueta.

 

Izquierda, traje en satén de color negro y coral con aplicación de pasamanería. 1865-1868. Museo del Traje CIPE Derecha, Traje de baile en seda de color azul con aplicaciones de encaje. 1860-1865. Museo del Traje CIPE Ambas imágenes © Pablo Linés Viñuales

Izquierda, traje en satén de color negro y coral con aplicación de pasamanería. 1865-1868. Museo del Traje CIPE Derecha, Traje de baile en seda de color azul con aplicaciones de encaje. 1860-1865. Museo del Traje CIPE Ambas imágenes © Pablo Linés Viñuales

 

La generalización de la crinolina en la década de los años cincuenta fue propiciada en un contexto de profundos cambios sociales y económicos marcados por el desarrollo industrial, la mecanización del trabajo y la producción en masa de objetos que comenzarían a ser asequibles para las clases medias. Esta misma revolución industrial textil y la incorporación de los nuevos colores, propició una gran ampliación del repertorio decorativo de los tejidos “a la moda” empleados para trajes, incluyendo bellísimos estampados florales.

En la década de los sesenta se opera un cambio importante. En lugar de predominar la silueta acampanada o cupular de la crinolina, la falda se desinfla en el frente, y los lados comienzan a contraerse, desplazando el volumen de la falda a la parte posterior, lo cual constituye el paso previo para el advenimiento del polisón.

El traje masculino se convierte en una manifestación de las opiniones políticas y literarias, y aparece el fenómeno sociológico denominado dandismo que revindica la diferencia y la individualidad a través del vestido. Los dandis siguen sus propios dictados en materia de indumentaria, adelantándose de los gustos mayoritarios para destacar y distinguirse socialmente. El pantalón y el frac, incorporados al traje masculino a finales del siglo XVIII, se convierten, con variaciones, en el vestido de todos los hombres del XIX. Los chalecos cobran una gran importancia en la indumentaria masculina del romanticismo, pues son la única prenda que concentra el color y la fantasía, motivo por el cual, primero el frac y luego la chaqueta se lucían abiertas.

 

Chaleco en piqué de algodón con bordados florales, ca.1840. Museo del Traje CIPE. Foto © Pablo Linés Viñuales

Chaleco en piqué de algodón con bordados florales, ca.1840. Museo del Traje CIPE. Foto © Pablo Linés Viñuales

 

Con esta exposición, el Museo Nacional del Romanticismo se llena de personajes vestidos para la ocasión, y sus indumentarias ocupan las salas, salones, comedores y capillas para contarnos la Historia, y las historias, muchas de ellas, terriblemente “románticas”.

 

Eloy Martínez de la Pera Celada

Comisario de la exposición

 

 

Exposición La Moda Romántica.
Museo del Romanticismo
Comisario:  Eloy Martínez de la Pera Celada
Del 25 de octubre al 5 de marzo de  2017

 

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