Seres sociales: IV. Interés (2ª parte)

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Autor: Mario Rodríguez Guerras

 

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La fe en la ciencia y la objetividad ha quedado suficientemente cuestionada con el caso Outreau, pero esos creyentes deben ser auténticos fanáticos porque siguen manteniendo su fe a pesar de las evidencias. Lo increíble es que la sociedad siga dando valor a cualquier cosa con apariencia científica, que unas personas incompetentes que causaron tanto daño puedan seguir en su puesto y que no hayan tenido la decencia de cortarse la coleta. Porque allí no solo sufrieron los acusados, sufrieron sus cónyuges, sus hijos y el resto de sus familiares, es decir, cientos de personas. También se observa en este caso que los sabios, como hombres sociales que son, están al servicio de la comunidad y que, por eso, confirmaron la hipótesis establecida. La ciencia conserva las creencias y los valores sociales y, de esa forma, pocas veces se manifiestan sus errores: Las conclusiones de la ciencia coinciden con los intereses de la sociedad porque quienes establecen los valores sociales y los valores científicos son los mismos seres sociales. Cuando el error es tan grande como en Outreau, y ya no puede ser negada la evidencia, se acaba por reconocer el error pero, al final, sigue sin hacerse nada; las cosas, hoy, están igual que antes de Outreau. Si el sabio yerra, el error no se sabe apreciar; cuando la sucesión de errores acaba por producir uno evidente, se tapa porque analizarle implicaría cuestionarnos los principios que acata y constituyen nuestro mundo. Si Outreau cuestiona la capacidad de la psicología y de otras prácticas, olvidémonos de Outeeau.

 

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En aquella población, ni jueces ni fiscales ni letrados ni policía ni psicólogos ni el hombre corriente, representado por los vecinos y hasta por los familiares de los acusados, tuvieron las luces necesarias para advertir que todo era una gran mentira y que esa mentira estaba creada a partir de la fe en uno de los pilares de la sociedad moderna: La objetividad. El hombre moderno posee tal ingenuidad que se traga todo lo que le cuentan, siempre y cuando posee el aval social. La palabra, en manos de un manipulador, es el arma más peligrosa que jamás se haya inventado.

 

Mike Kelley y Paul Mccarthy, Heidi ©

Mike Kelley y Paul Mccarthy, Heidi ©

 

Los errores que allí se cometieron no son errores exclusivos de aquel caso. El caso pone en evidencia el funcionamiento del sistema judicial. Obviamente, el sistema funciona en la mayoría de las ocasiones porque el acusador suele tener algún motivo para querellarse y el denunciado medios para su defensa. El sistema se basa en la honestidad de las partes. El sistema es ingenuo.

 

En Francia, hubo intención de reformar el sistema pero el sistema en sí no es el último responsable, la responsabilidad es de los hombres que lo manejan. La ciencia será objetiva pero el titulado no actúa siempre de forma científica; por otro lado, la ciencia y la objetividad solo alcanzan conclusiones cuando poseen datos objetivos, que no equivale a ciertos, datos que, para colmo, siempre, quedan sometidos a interpretación. Esa reforma judicial sería una solución política que no resolvería la raíz del problema, es decir, una solución inútil, tanto como el juramento de humanidad que se pretendió incluir en la toma de posesión del cargo de los magistrados.

 

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Un joven juez instructor debutante, Fabrice Burgaud, con cara de niño tímido y empollón, junto a la mente fantasiosa y enferma de Myriam Badaui, la madre abusadora detenida, se combinaron para poner en marcha uno de los desastres judiciales más dolorosos de los últimos tiempos en Francia. [2]

 

El culpable no es sólo el juez Burgaud, sino el sistema. Todos los controles fallaron; los tribunales que velaban por el funcionamiento de la instrucción del caso dejaron que siguiera adelante sin intervenir y sólo cuando algunos llevaban más de dos años en la cárcel y las contradicciones eran ya imposibles de esconder, el joven juez que creía haber dado con “el caso del siglo” fue apartado del mismo y la verdad empezó a salir. [2]

 

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Además de las acusaciones de Badaui, el juez se basó en los informes de los expertos psicólogos, cuyo fracaso estrepitoso es otra de las lecciones del caso Outreau. Todos los acusados, aseguraron los expertos, tenían trazos de abusadores y violadores, y todos los niños, de haber sido objeto de abusos. Los psicólogos disponían antes de la prueba de una copia del proceso verbal, lo que viciaba la prueba. [2]

 

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En ningún momento hubo ni la más mínima prueba. El juez estableció el principio de que todas las declaraciones de los niños de entre cuatro y seis años eran literalmente verdad, cuando ahora, repasando el sumario, se encuentran todo tipo de contradicciones, [2]

 

…uno de ellos decidió escribir una carta al juez confesando crímenes todavía más horribles que los que se le imputaban: si el acusado confiesa, sale en libertad, y si no lo hace, se le aplica la detención preventiva. [2]

 

…se suicidó antes en la cárcel. No soportaba las miradas de condenación, los interrogatorios de la policía, de los jueces, sobre todo del juez instructor, Burgaud, de 28 años y convencido de tener siempre razón. [3]

 

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Lo horrible de este caso no fueron los hechos inventados sino las acciones de los buenos ciudadanos contra las personas falsamente acusadas. Porque, junto con los problemas legales, llegaron los personales, familiares y sociales, pues los acusados se separaron, les retiraron la custodia de los hijos, perdieron trabajo y negocios y sufrieron cárcel y el desprecio de sus vecinos y, como se ha referido, hubo un suicidio, generando todo ello problemas emocionales que la justicia y el moralista nunca valoran.

 

Daniele Cascone, Fotograma del cortometraje Remembrance ©

Daniele Cascone, Fotograma del cortometraje Remembrance ©

 

El suicidio ocurrido cuestiona la creencia popular de que quien se suicida es culpable. La realidad es que, culpable o inocente, quien se suicida tras una acusación lo hace por las presiones sociales y legales a las que se ve sometido. El suicidio no es declaración alguna de culpabilidad, esa conclusión es un error de la sociedad que piensa que hay una justicia abstracta que castiga al delincuente y que ella misma -la sociedad- posee un don para reconocer al culpable.

 

Darren Holmes, Deities to be: Warmed by my belief system I ©

Darren Holmes, Deities to be: Warmed by my belief system I ©

 

En Outreau no hubo ningún error, las partes actuaron dentro de los límites habituales. El hombre cree que el sistema es perfecto porque le han implantado una imagen idealizada de la realidad y no es capaz de corregirla ni aunque se le presenten pruebas fehacientes. Está demostrado lo que son capaces de hacer jueces, fiscales, letrados, testigos, peritos y demandantes y solo era cuestión de tiempo que, en algún lugar del mundo, coincidieran todas esas actuaciones no aceptables pero aceptadas. Estadísticamente, se ha producido la coincidencia de varios sucesos muy improbables pero, dada la cantidad de pleitos que se celebran en el mundo occidental cada día, era inevitable que, digamos, en cien años, no hubiera un caso en el que todas estas irregularidades coincidieran, máxime, cuando hubo un director de orquesta que lo coordinó todo.

 

Daniele Cascone, Fotograma del cortometraje La pescatrice di scarpe ©

Daniele Cascone, Fotograma del cortometraje La pescatrice di scarpe ©

 

Los prepotentes incompetentes vieron lo que querían ver de acuerdo con los principios implantados por los clanes propios de sus cargos y de sus títulos, que ofrecen una visión perspectivista, incompleta e inexacta del mundo pero conveniente a su concepción de la misión y naturaleza ideadas para el clan. Ellos son los buenos y los sabios, luego, tendrá que haber malos ignorantes que ellos pueden detectar, gracias a su intelecto superior. Según el punto de vista de esos clanes, habrá reos y hombres libres; inocentes y delincuentes; buenos y malos; y sanos y enfermos. Y, si no los hay, es lo mismo: Gracias al poder que les ofrece su posición -y a mayor gloria del clan y de su persona-, ellos los encontrarán aunque tengan que culpar a un inocente.

A alguno de estos despreciables prepotentes ya le vemos agazapado detrás de un matorral, como a un vulgar ladrón, acechando a sus víctimas mientras espera la oportunidad de echarse a su cuello por el terrible delito de mantener ideas opuestas a las suyas, defendiendo, como buen ciudadano que es, los valores impuestos en la sociedad de los que él mismo se ha nombrado su guardián: Una alta misión para la que se siente legitimado hasta para recurrir a los actos más miserables sin advertir que su conducta y su actitud le califican a él y no a sus víctimas.

 

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Outreau nos muestra las dos características propias de toda irregularidad judicial, la falsedad -desde las falsas acusaciones hasta las falsas conclusiones- y el concepto de superioridad, en este caso, moral de los integrantes del sistema legal y de la comunidad. Gracias a ese concepto de superioridad, patente en el caso del juez que llevó la instrucción del caso, hasta se despreciaron las pruebas que exoneraban a los acusados. Dicho de otra forma, la objetividad solo sirve, cuando tratamos con estos seres superiores, para la condena, nunca para la absolución. La objetividad es la forma con la que se disfraza el interés. El prepotente posee ese pensamiento mágico por el cual conoce la verdad sin investigarla y, tras declarar culpable hasta al inocente si llega el caso, puede deleitarse con su sentimiento de superioridad, es decir, la objetividad, en manos de un prepotente, es un instrumento para poder ejercer el mal contra un tercero pues el prepotente encuentra un argumento aceptable socialmente para ejercer el daño, para mostrar, a quien sepa reconocerla, su auténtica naturaleza pues hacer el mal, incluso a un delincuente, no demuestra lo malo que es el delincuente sino lo malo que es el supuesto hombre bueno. Habría que dudar de la calificación positiva que se hace de los hombres buenos que ejercen el mal pero el derecho a hacer mal es el principio de nuestra sociedad. Como vemos, la objetividad es cosa parcial pero seguimos creyendo en ella, la idea de su valor no se refuta ni con las evidencias.

 

Muammar Gaddafi, Leader of the Revolution of the Great Socialist People’s Libyan Arab Jamahiriya, sits reading in the Plenary Hall of the United Nations (UN) building in Addis Ababa, Ethiopia, during the 12th African Union (AU) Summit

 

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Los casos citados nos sirven para ver el juego del psicólogo que, mientras duda de que la mujer de su paciente solo tenga dos neuronas [1], negando, por lo tanto, valor a una declaración, acepta las acusaciones de los denunciantes de Outreau, pero no las de los acusados, reconociendo en estos y en los niños rasgos propios de los hechos denunciados -a los que el hombre social atribuye un valor objetivo-, unos hechos que, sin embargo, nunca tuvieron lugar. Los hechos y las declaraciones quedan sometidos a la interpretación del científico que los valora de acuerdo con sus creencias. El psicólogo valoró las declaraciones de sus víctimassegún su opinión, una opinión carente de criterio porque el conocimiento del alma humana se basa en la experiencia, para lo cual, la ciencia solo puede ser un auxilio. La psicología objetiva, más que una ciencia, parece un acaso.

 

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La psicología y la psiquiatría han hecho numerosos descubrimientos acerca de la conducta humana pero, aun interesantes, son parciales y, lo mismo que a un asesino se le denomina asesino y se le condena por un solo crimen cometido sin considerar a cuantas personas no ha matado, la ciencia debe quedar condenada por sus errores con independencia de los aciertos que proporcione, los cuales son imposibles de diferenciar de sus errores pues los errores descubiertos han sido puestos de manifiesto de forma accidental mientras que los supuestos aciertos de la ciencia gozan simplemente del aval de la misma ciencia.

Conocer el alma humana a través de un manual es como aprender a conducir con otro manual. Es la experiencia la que proporciona el conocimiento del ser humano. La práctica es la experiencia vital personal, a ver si se entiende, la mala experiencia.

 

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De la misma forma que se ha cuestionado la fe en la psicología, podemos cuestionar fe en la justicia. La sociedad reconoce que lo único que ofrecen los juicios es la conclusión objetiva, para lo cual se aceptan, como en Outreau, declaraciones falsas. Obviamente, aquello de lo que no existen pruebas no se juzga. Pero, en el mismo Outreau, hemos visto que, en la conclusión de un pleito, vuelve a ser relevante la opinión del juez, otra opinión carente de criterio, establecida, para colmo, negando los hechos que exculpaban a los denunciados.

La justicia y la verdad, no son valores que se muestren en los juzgados ni en las conclusiones de los sabios de la misma forma en que se aparece el sol cada mañana en nuestra tierra. La justicia y la verdad son solo ideas que no se manifiestan a partir de su definición más o menos perfecta. Las ideas sobre esas cuestiones solo son conocimiento que, por sí solo, no produce su materialización. Es el hombre el que, al actuar, puede hacerlo con justicia y, al razonar o declarar, puede hacerlo ajustándose a la realidad o alterándola. El hombre puede asumir los principios o, si no le convienen o carece de la suficiente capacidad para comprenderlos, puede acabar por rechazarlos. La justicia y la verdad son creaciones del hombre y, con los mismos medios de creación, puede producir su destrucción con el fin de obtener un beneficio, y es lo que se hace.

 

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La ciencia, desarrollada por seres humanos, que no cambian a una condición superior por poseer un título, precisa de un desarrollo, no por aparecer una ciencia se sabe todo acerca de su objeto. Los conocimientos que se alcanzan en cada caso, ya generales ya particulares, dependen de la capacidad de conocer del titulado. En las ciencias experimentales, las conclusiones se pueden contrastar con las evidencias. En las ciencias teóricas, el criterio para alcanzar la conclusión resulta ser el mismo que el empleado para valorar la conclusión, con lo cual, para deleite de los titulados, siempre se confirma la conclusión pero no por ser verdadera sino por un error de juicio. Así que, si alguien todavía cree en el valor absoluto de la ciencia, de una ciencia creada por hombres, recuerde que el botón rojo que destruyó Chernobyl le apretó un físico nuclear.

 

Ver: Seres sociales: IV. Interés (1ª parte)

Notas:

 

1.- Hugo Marietan: Depresión y pensamiento paranoide, http://www.marietan.com/material_depresion/20_depresion_paranoide.htm

 

2.-José María Marti Font. 29 Ene 2006. El País.

Francia asedia al tenebroso juez del ‘caso Outreau’

http://elpais.com/diario/2006/01/29/domingo/1138510359_850215.html

 

3.-Octavi Marti. París 5 Dic 2005. El País.

El ‘caso Outreau’ por pederastia destapa en Francia fallos en la maquinaria judicial

http://elpais.com/diario/2005/12/05/sociedad/1133737205_850215.html

 

©: Imagen con derechos reservados. Prohibida su reproducción.

 

Imagen: M. Kelley y P. Mccarthy, Heidi, extraída de

https://lacunadelhuevo.files.wordpress.com/2014/10/d.png

 

Ver: Seres sociales: IV. Interés (1ª parte)

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