Senatus PopulusQue Romanus

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Autor:  Andrés Luis Moreau

El silencio no es la ausencia de sonidos, es algo mucho más profundo y completo. El silencio tiene su propio sonido, claro que lo tiene; una especie de sordo silbido que se instala en la cabeza invadiéndola a través de los oídos por más que los soldados veteranos se empeñen en cubrirse los orificios con pequeñas tiras de trapo o hasta con barro. Hay quien asegura que este silencio incluso puede olerse, pero tal afirmación es tan íntima de quien la asevera que nadie debería pronunciarse a su respecto. Lo que sí puede olerse es el miedo. Puede olerse en los ojos, en el sudor, en la rigidez de los músculos y en el rictus de cada rostro, en los bostezos desmedidos, en las miradas perdidas. Cada uno con su infierno a cuestas, el que ha sido su vida antes de la batalla o el que le aguarda al alma en caso de morir en la misma.

Poco antes de la batalla, hispanos y cartagineses campaban a sus anchas por toda la zona, pero poco tiempo después esos mismos aliados hispanos comenzaron a abandonar el ejército cartaginés. Hasta el mismo Asdrúbal Giscón se retiró primero de la batalla y luego de la península, consciente de no tener oportunidad de victoria en la guerra por Hispania, perseguido por Escipión hasta África. Ni siquiera la fama de Aníbal consiguió eclipsar la gloria con la que se cubrió Publio Cornelio Escipión, gloria que supo compartir repartiendo tierras en el valle del Betis entre sus veteranos no sólo de Ilipa Magna, sino de todas las batallas de la campaña por Hispania.

La primavera es la mejor época del año para la batalla. Los hombres tienen una muerte mucho más cómoda sin los rigores del agua, la nieve o la tortura del sol abrasador. Aunque puede que resulte mucho más fácil morir bajo condiciones infrahumanas, después de todo. ¿Quién no querría abandonar la batalla, el dolor, el frío o el calor a cualquier precio aunque ese precio fuera la vida misma?

Suenan las trompetas que cantan las órdenes a mayor volumen del que son capaces de alcanzar las voces de los capitanes, pifian los caballos que huelen el miedo y presienten la muerte, algunos hombres lloran y otros hasta se orinan encima. Fuerza y honor. Y muerte, pues si bien la muerte en la batalla es posible, ésta se vuelve segura en el caso de negarse a entrar en combate.

Cartago aguardaba a Roma acampada junto a la antigua ciudad turdetana que luego sería Ilipa Magna, con todo el grueso de sus tropas peninsulares. Sesenta mil efectivos entre hombres, caballos, aliados africanos y mercenarios ibéricos, reunidos allí tras la derrota en Baécula. Magón había tratado de acabar con la batalla antes incluso de que ésta comenzara, atacando con la caballería ligera númida y la caballería pesada púnica a las huestes romanas mientras éstas instalaban su campamento. No sólo no salió como esperaba, sino que incluso sirvió de estímulo para las tropas romanas. Escipión, recordando las muertes de su padre y de su tío por culpa de confianzas y deslealtades, no confió nada al azar, y había dejado un grueso contingente de caballería oculto tras una colina que hizo huir a Magón. Esta fue la primera victoria, y puede que la más importante, pues sus cuarenta y cinco mil efectivos vieron henchida su moral y se sintieron capaces de vencer pese a su manifiesta inferioridad numérica.

Publio Cornelio Escipión

Publio Cornelio Escipión

Durante varios días ambos ejércitos se entregaron a pequeñas escaramuzas mientras sus generales estudiaban la disposición de batalla del enemigo. Esa fue la segunda victoria de Escipión, contrarrestando la formación tradicional planteada por Asdrúbal con la infantería en medio de la formación, libios al centro flanqueados por los hispanos, con los elefantes en las alas y tras ellos la caballería. Escipión lo planificó todo al detalle hasta el punto de dar de comer a sus hombres cuando aún no había amanecido, justo antes de formar la línea del frente, y lanzó un ataque señuelo de caballería ante el cual las tropas de Asdrúbal tuvieron que formar rápidamente para repelerlo, sin energías, sin haber comido, y sin opción a cambiar la formación de combate que Escipión tan a fondo había estudiado. Dispuso a sus aliados hispanos, poco fiables, frente a la tropa de élite formada por los libios de Cartago, en el centro de la formación, colocando al lado de los hispanos a dos legiones y a tropas aliadas latinas frente a los aliados hispanos de Asdrúbal. Con esto buscaba barrer rápidamente a los aliados hispanos de Cartago y envolver a los libios por los flancos mientras éstos luchaban con los hispanos aliados de Roma, quienes al mismo tiempo no tenían opción de abandonar el frente.

Avanzan los hombres, formaciones perfectas, compactas, cerradas. Hacen sonar sus armas, sus escudos y sus sandalias claveteadas a cada paso. Lo hacen para vencer el silencio que impera en sus cabezas, dominadas por ese silbido interior y por el fragor desbocado del miedo de sus corazones. Pero aun así avanzan, pues su única posibilidad de conservar la vida es precisamente exponerla en la batalla, en el altar de la gloria al dios del orgullo y la ambición humanas. El enemigo se acerca, puede verse en sus ojos el mismo miedo, puede olerse en el aire con la misma nitidez con la que puede oírse el silencio de sus oídos. El mismo miedo homicida que hará que hombres sencillos y nobles se conviertan en asesinos implacables, abocados al drama último de matar para seguir viviendo. Los nervios atenazan los movimientos, las extremidades se agotan, la vista se nubla y hasta puede mostrar pequeños puntos blancos inexistentes revoloteando por todas partes, y la boca se seca de forma imposible. Ya es tarde para nada que no sea combatir, es la única salida; o se entra pronto en combate, o bien los corazones se pararán dentro de los cuerpos por el miedo, los nervios y la ansiedad.

Por fin los gritos resuenan alrededor, las armas chocan con algo que no sea la propia armadura, los escudos sirven para algo más que para provocar calambres de cansancio en los brazos que los sostienen. El silencio sigue en los oídos, el miedo sigue en los corazones, pero el olfato se llena de un nuevo y fragante olor. Es el olor de la sangre, de la sangre ajena derramada, y puede que sea eso lo que la dota de su fragancia, el hecho de que sea ajena y no propia… de momento. Es una auténtica descarga, un latigazo físico y emocional que brota de cada alma y que agudiza todas las partes de cada cuerpo. El poder del miedo, el olor de la sangre. Cada cual se vuelve más fuerte, más rápido, más resistente, más ágil. El tiempo se detiene, puede verse todo con mucha más lentitud, se es más consciente de cada paso, de cada movimiento, de cada suspiro de dolor, de cada grito. El alma y la mente se dividen en dos mitades irreconciliables; las dos mitades que cada hombre tratará de reconciliar durante el resto de su vida, la mayoría de las veces sin éxito. Una de ellas contemplará horrorizada la muerte y el caos alrededor, repugnada ante la parte de responsabilidad propia. La otra gritará enardecida, vibrante, sedienta de más sangre, orgullosa y aliviada de permanecer aún intacta, y ansiosa por seguir devastando vida y salud ajenas sólo por el placer de hacerlo y de sentirse así más viva. Ya no hay necesidad de salvación, sólo existe la lucha, el deseo de seguir empuñando el arma mientras un soplo vital suministre la fuerza suficiente para poder hacerlo.

La sangre sigue oliendo en el aire, en el suelo, en los cuerpos mutilados y desmadejados del suelo. Pero también huele sobre la propia ropa, sobre la propia piel, y seguirá oliendo sobre la propia conciencia para siempre, aunque eso no importa durante la batalla. El arma llega a convertirse en una auténtica prolongación del cuerpo; puede sentirse con total nitidez cómo rasga la piel ajena, cómo hiere los músculos, cómo corta el hueso mientras el grito del enemigo herido retumba lejos, tras el silbido del silencio de los oídos. Mejor él, por supuesto, y la mayor preocupación es recuperar el arma y la posición antes de que otro enemigo venga a hacer con uno mismo lo que se acaba de hacer con aquel. Una parte, ésa parte, siente el daño que se acaba de infligir, la herida, la mutilación. Esa parte se pregunta qué será del enemigo, si es que llega a sobrevivir; se pregunta si podrá vivir mutilado, cómo será esa vida, y cómo era su vida anterior a la batalla. Pero la otra parte… La otra parte se relame de placer ante el triunfo propio, ése que ha permitido seguir entero y en pie mientras el enemigo se retuerce en el suelo entre gritos de miedo, dolor y rabia. Y esa parte salvaje y violenta es la que continúa al mando de las acciones del cuerpo, la que hace seguir adelante, la que busca un nuevo enemigo y se arroja contra él. Y de nuevo vuelve a sentirse el arma como una prolongación del cuerpo mientras la hoja penetra en la carne del otro, destruyendo sus órganos al mismo tiempo que su vida. El otro lo sabe, puede verse en sus ojos mientras devuelven una mirada sin odio, preguntando en silencio el porqué de su muerte. Y de nuevo una parte quisiera quedarse junto a él mientras cae, consolarlo mientras muere; una parte que se pregunta quién era, a qué se dedicaba, si tendría mujer e hijos, y qué sería de ellos en el futuro. Pero de nuevo también vuelve a vencer la otra parte, la que arranca el arma de su cuerpo, la que vuelve a la batalla como si nada en el mundo tuviera sentido fuera de ella, insensible al dolor y a la muerte de alrededor.

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Parte de un fresco del Palazzo del Campidoglio (1510) que representa a Aníbal cruzando los Alpes durante la segunda guerra púnica con sus elefantes. De user:Liftarn – Source: antmoose, June 4 2005 Released to Creative Commons by the photographer, CC BY 2.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=583538

Mientras tanto, la caballería pesada y la infantería ligera atacan a los elefantes, que en su huida causan estragos en la caballería cartaginesa. La huida general no tardó en producirse, y aunque se reorganizan en las cercanías de su campamento, tienen que volver a huir en desbandada ayudados por una inesperada lluvia torrencial, para evitar ser masacrados totalmente. De repente, se es consciente de que la batalla ha terminado, y de que el azar ha hecho que se salga de ella vivo y entero. Es entonces, en ese momento y no en otro, cuando la parte civilizada recupera el control. Es cuando se recuerda a los amigos caídos al lado durante la batalla, cuando no se era consciente de que caían. Es entonces cuando se es consciente de haber pasado a cuchillo a innumerables enemigos heridos, indefensos, que murieron sin clemencia con una mirada suplicante en sus ojos. Es entonces cuando se descubren las heridas sangrantes del propio cuerpo, cuando se recuerdan con total nitidez el frío de la hoja al cortar, cuando se aprietan las mandíbulas al volver a sentir el acero doliendo en la carne, cuando se siente como si crecieran los dientes al rememorarlo. Es entonces cuando se descubre que se sobrevivirá a las heridas que la batalla ha dejado en el cuerpo, pero es también cuando se empieza a ser consciente de que nunca se sobrevivirá a las heridas que la batalla ha dejado en el alma…

Al día siguiente, Asdrúbal emprendió camino a África acompañado por Magón hasta Gades. El dominio de Cartago en Hispania había llegado a su fin, y los días de gloria de Roma en la península no habían hecho sino comenzar.

 

 

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