Un respeto. Nuevas relaciones del arte y el espacio

arlos Costa, Miguel Cereceda, Pablo Rivera y Felipe Baeza, en la mesa redonda sobre “La escultura y el espacio” que tuvo lugar el 12 de agosto de 2016, en el Museo de Arte Contemporáneo de Santiago de Chile.

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Carlos Costa, Miguel Cereceda, Pablo Rivera y Felipe Baeza, en la mesa redonda sobre “La escultura y el espacio” que tuvo lugar el 12 de agosto de 2016, en el Museo de Arte Contemporáneo de Santiago de Chile.


 

La cuestión de la relación entre el arte y el espacio había sido clásicamente planteada por Martin Heidegger, primero en una charla en la galería Erker de Saint Gallen, en Suiza, con motivo de la inauguración de la exposición del escultor Bernhard Heiliger, el 3 de octubre de 1964, y cuatro años más tarde, en la misma galería, con motivo de la publicación de un libro que contenía siete litografías de Eduardo Chillida, junto con el texto, escrito por el propio Heidegger sobre piedra litográfica, “Die Kunst und der Raum”[1]. En dichos textos Martin Heidegger insistía en dos cuestiones muy características de su pensamiento: la primera es la de que seguramente no es lo mismo el espacio del arte que el espacio formulado en la tradición científico-técnica de Galileo y Newton. La segunda, la de que el arte —y especialmente la escultura— crea en su derredor un entorno de silencio, de respeto y de contemplación que de algún modo permite también el habitar de los hombres sobre la tierra.

Es sobre todo con respecto a este “espacio de silencio y de contemplación” —que procede en realidad de la tradición romántica de considerar el arte como heredero o como verdadera encarnación de la religión— con respecto a la que el arte mismo parece haber adoptado una actitud beligerante. Posiblemente proclamando que el arte exige efectivamente un respeto, pero no precisamente de ese tipo.

Pablo Rivera, Caja-bomba, protesta de los estudiantes de la Universidad Católica, Providencia, Santiago, 1986.

Pablo Rivera, Caja-bomba, protesta de los estudiantes de la Universidad Católica, Providencia, Santiago, 1986.

En una reciente mesa redonda, en el Museo de Arte Contemporáneo de Santiago de Chile, en la que tuve el placer de participar en compañía de los profesores y artistas Pablo Rivera, Carlos Costa y Felipe Baeza, se planteó la vieja relación entre el arte y el espacio, en unos términos que me parecen interesantemente novedosos. Fue sobre todo el profesor e historiador del arte Felipe Baeza quien planteó la cuestión de que la relación con el arte ya no puede seguir siendo la de respeto, veneración y sobre todo de contemplación, sino que seguramente esta relación ha cambiado en un sentido que el arte mismo ha impuesto.

En dicha mesa fueron particularmente interesantes, para la consideración de las nuevas relaciones entre el arte y el espacio, las referencias a dos intervenciones artísticas o escultóricas de los otros dos participantes en la misma: Pablo Rivera y Carlos Costa.

En 1986, todavía bajo la dictadura de Augusto Pinochet, un grupo de artistas y escultores que se habían unido a la protesta de los estudiantes de la Universidad Católica contra la dictadura, estaba transportando una escultura, pero una pieza de la misma calló a la calzada. Pablo Rivera decidió taparla con una caja de zapatos y, para su sorpresa, aquello que en principio no era una obra de arte premeditada, generó sin embargo en su entorno un “espacio de respeto”. Creyendo que se trataba de una caja-bomba, rápidamente la policía acordonó el perímetro y llamaron a los grupos de operaciones especiales para que vinieran a desactivarla. Aquella experiencia le abrió al artista, al parecer, una nueva perspectiva sobre las relaciones entre el arte y el espacio. Sin duda la escultura era también capaz de generar un espacio, pero no precisamente un espacio de contemplación.

En 1998, el artista español Santiago Sierra realizó en el anillo Periférico de la Ciudad de México una intervención escultórica de efectos semejantes, consistente en cruzar un tráiler de un camión de transporte en medio de la autopista, obstruyendo así el tráfico rodado durante cinco minutos. Aunque la pieza parece ser que trataba de introducir un corte en el flujo de tráfico, de circulación y de mercancías, lo cierto es que sin embargo se concibe explícitamente como una pieza puramente escultórica. Como todavía escribe el artista en su página web: “esta pieza consistió en la instalación de un prisma blanco en perpendicular a la vía y su resultado fue una congestión del tráfico”. Sea como fuere, lo cierto es que sin duda generaba un espacio, aunque no parece que fuese precisamente de contemplación y de respeto.

En agosto de 2011 Carlos Costa presentó en una sala de la Universidad Mayor de Santiago de Chile una exposición titulada “Charlie”, en la que se presentaban, dispuestas sobre el suelo y el techo de la misma, distintas trampas de guerra perfectamente montadas y armadas, utilizadas por los soldados del Viet Cong durante la guerra del Vietnam, trampas que sin duda podrían herir mortalmente al espectador que ingenuamente se introdujese en dicha sala. El acceso a la misma estaba permitido, sin embargo, bajo la propia responsabilidad del espectador. Se trataba entonces también de crear un espacio de respeto, aunque no precisamente de contemplación arrobada y religiosa.

 

Carlos Costa, “Charlie”, exposición en la Universidad Mayor de Santiago de Chile, agosto de 2011.

Carlos Costa, “Charlie”, exposición en la Universidad Mayor de Santiago de Chile, agosto de 2011.

 

No se trata de amenazar al espectador para que “respete el arte” y tampoco se trata de que, de este modo el arte, al volverse violento y agresivo, consiga volverse ahora una actividad respetable. Pero me parece importante sin embargo este nuevo giro en las relaciones entre el arte y el espacio, porque viene a demostrar sobre todo no sólo que el arte no es una actividad cándida, ingenua, inofensiva e inocente, sino que es capaz también de cosas terribles.

 

[1] Una cuidada edición trilingüe (alemán, español y vascuence) de ambos textos se encuentra disponible en Martin Heidegger, Observaciones relativas al arte – la plástica – el espacio. El arte y el espacio, introducción y notas de Félix Duque, trad. al castellano de Mercedes Sarabia y trad. al vascuence de Pedro Zabaleta. Cuadernos de la Cátedra Jorge Oteiza, Universidad Pública de Navarra, Pamplona, 2003.

 

 

Miguel Cereceda es profesor de Estética y teoría de las artes en la Universidad Autónoma de Madrid, crítico de arte y comisario independiente de exposiciones. Ha publicado El lenguaje y el deseo, El origen de la mujer sujeto y Problemas del arte contemporáne@. Ha sido profesor invitado en la Universidad de Potsdam (Berlín).

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