Seres sociales: IV. Interés (1ª parte)

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Autor: Mario Rodríguez Guerras

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La teoría de la superioridad social y de la necesidad de la sumisión del individuo expresada a través de los conceptos de resistencia a la autoridad y de la desconfianza que hemos visto, entra en contradicción consigo misma. Por un lado, nos dice que el inadaptado es quien impone un punto de vista propio y distinto del generalmente aceptado. Por otro, nos muestra que solo quien tiene poder sobre los demás puede imponer su criterio. La ciencia solo considera equivocado y cuestionable al hombre que se impone a otro, nunca a quien se impone socialmente a todos, demostrándose que la teoría es únicamente una defensora de los valores sociales impuestos por lo que, no solo descalifica al individuo que actúa con autonomía, también, descalifica las políticas ya superadas y las que han fracasado. Ellos y solo ellos, están en posesión de la razón. La ciencia analiza con diferentes criterios al ser individual y al ser social y opta por no analizarse ella misma, terribles serían los resultados verdaderos pero falsos los que nos presentarían. La ciencia posee distintas varas de medir los distintos hechos. De las conclusiones que nos proporciona la ciencia no obtenemos un conocimiento de los distintos seres, lo que obtenemos es un conociendo de la ciencia, y lo que se descubre con esos datos es el perspectivismo científico, la existencia de un punto de vista particular desde el que el hombre de ciencia analiza el mundo, y ese punto de vista es el de la defensa de los valores sociales porque la ciencia está al servicio de la sociedad.

 

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Como todo el mundo sabe, pero no llega a entender cómo valorarlo, los principios morales y las leyes varían de un país a otro y a lo largo del tiempo. No hay una ley y una moral universales, toda norma es una imposición o un convenio de los poderosos de una sociedad en un tiempo por lo que las normas, con un carácter parcial, resultan ser falsas. A las normas les ocurre lo que a las conclusiones de los científicos, cada uno define al elefante como pata, trompa, cola, colmillo… sin ser capaces de concebir la figura completa. El buenciudadano, que respeta a la sociedad porque la teme, acepta el criterio de su tiempo y se vuelve, como víctima secuestrada por terroristas que desea sobrevivir o conquistada por los sobornos que ofrece el sistema impuesto, el mayor defensor de los falsos valores que le dan una disculpa para ejercer la violencia, el desprecio y el ensañamiento contra quien los incumple. Se demuestra que los conceptos de bueno y malo son falsos ya que no hay diferencia entre la conducta de unos y la de otros. El buen ciudadano ejerce tanto mal contra los malos como éstos contra los buenos, porque, como nosotros ya sabemos, bueno es simplemente quien posee la fuerza necesaria para imponer su punto de vista y sus valores en la sociedad; y malo es aquel que los cuestiona o pone en evidencia la parcialidad de la imposición.

 

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Buenos y malos son conceptos sociales para dividir a la humanidad y establecer jerarquías. En la sociedad, es más rentable ser bueno porque no se queda apartado de ella y se consigue, con un poco de paciencia, el poder de hacer el mal con una justificación aceptable socialmente, un sistema ideado como válvula de escape, de forma que, en la sociedad, está previsto que el ser humano pueda, legalmente, manifestar su malévola condición y que la represión de esa naturaleza no se vuelva contra la misma organización por resultar represiva. El hombre social posee una visión parcial del mundo, ve lo que quiere ver y se olvida de lo que contradice sus intereses.

 

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Siendo todo esto evidente y no reconocido entendemos que de nada sirve expresarlo porque la gente espera a que una autoridad social le diga lo que es socialmente aceptable pensar. Picasso escondió las Señoritas de Avignon porque sabía que esa obra no sería comprendida y esperó a que la sociedad admitiese el cubismo y se interesara por sus orígenes para presentar la obra al público.

La existencia de normas indica la concepción, por parte de la humanidad, de un orden ideal que se manifiesta de formas diversas, como moral, con un sentido espiritual; como imposición, con un sentido material; como leyes, en un sentido racional; y como crítica, con un sentido personal. Pero ninguna de tales manifestaciones logra la perfección y todas ellas no hacen otra cosa que crear la concepción del mundo a partir de un determinado elemento negando los demás aspectos del mundo. Cuanto mejor se define un concepto, más perspectivista se vuelve esa interpretación racional, condicionada por las circunstancias, y más alejada queda la idea del conocimiento humano que es la que revela, gracias a la comprensión, los distintos aspectos de cada cosa. La idea es aquello que se conoce de las cosas con independencia de lo coyuntural por lo que debería estar al alcance de todo hombre concebirla, siempre que no esté mediatizado por condicionamientos externos para conocer, como le ocurre al hombre social.

 

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Entre los considerados grandes personajes de la historia dudo que haya uno solo que haya poseído una categoría humana. Cuanto más comprometida se encuentra una persona con la sociedad, a través del trabajo, los amigos, su status social y su patrimonio, vendida a la sociedad, menos interés posee en cuestionar el orden social y los valores sociales que son los que le proporcionan su categoría social. Y, entre los sufridores de esa injusticia social, pocos se arriesgan a cuestionarla por el temor a las consecuencias.

Las pocas personas que han demostrado tener una visión del mundo y del hombre por encima de sus propias circunstancias eran gente sencilla que tenían una concepción del mundo cercano a esa esencia universal del hombre, con lo cual, volvemos a plantear que no todo el que sufre ve otra cosa que su dolor y que quien lo causa no encuentra sino razones para su obrar porque el hombre social posee, gracias a la sacrosanta lógica, infinidad de recursos para justificar cuanto hace. El problema que ve la sociedad es la maldad de los malos, el problema que no quiere ver es la maldad de los buenos, la maldad de ellos: Su maldad.

 

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En cualquier texto científico, podremos ver que no se hace más que asumir imposiciones sociales previamente establecidas sin aportar nada nuevo sino reforzando lo ya aceptado porque todo hombre social, incluido el hombre de ciencia, es un buen ciudadano que asume los valores sociales porque respeta a la sociedad, sabiendo que respetar equivale a temer.

 

Hay una confianza básica, ingenua, en el sistema y en el medio que vivimos. También tenemos confianza en el resto de la gente; más allá de la crítica que podemos hacer, básicamente confiamos en nuestra comunidad, en nuestros familiares. De no existir esa confianza, esa fe, el gruposedisgregaría[1]

 

Es una confianza ingenua, porque si nos ponemos a analizar, sólo se basa en la repetición, en la costumbre, y eso es lo que descubre el paranoide. Es un hombre o una mujer que se planta frente al consenso y se pregunta el porqué de las bases de ese consenso y obtiene una conclusión negativa [1]

 

Este párrafo no parece muestra de la racionalidad humana pero será necesario explicar que el análisis que hace es contrario a la razón porque en el mismo se afirma que hay imperfecciones en la sociedad pero concluye que quien las descubre es un paranoico y que quienes no son capaces de advertirlas son los hombres normales. Para llegar a este resultado, se ha identificado al hombre normal con el ciudadano con responsabilidad social; es decir, se ha reducido al ser humano a un tipo con valores estandarizados al que se tiene por bueno para que siga siendo sumiso. Pero hay algo más interesante, si el mismo autor reconoce que la confianza obligatoria es una ingenuidad, según su propio criterio, el autor deberá considerarse un paranoico. Como no podemos suponer que hubiera querido llegar a esa conclusión, debemos deducir que su argumentación está elaborada deliberadamente para alcanzar una conclusión que convenga a su sociedad, es decir su exposición no es verdadera y no se ha percatado de esta otra consecuencia que le afecta personalmente o se hubiera planteado si debía mantener esa teoría.

 

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Cada vez que un hombre de ciencia, especialmente quienes se ocupan de la conducta humana, observa una conducta determinada suele atribuirla a una causa concreta sin investigar suficientemente si pudiera haber otra razón distinta.

 

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El experimento de Standford ya demostró el autoritarismo que revelan las personas con poder sobre otras y el hombre de ciencia también posee esa autoridad. El conocimiento se convierte en disculpa para mandar.

 

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Algo parecido le ocurre a la policía que ve a todo detenido como delincuente y, otro tanto, ocurre en los juzgados donde todo acusado es tratado como culpable. Una vez que se crea un mundo, las piezas deben encajar en el esquema planteado, tanto si quieren como si no. La falta de concordancia entre la realidad y la suposición llevaría a dudar de las instituciones y es preferible el error, que, identificado, pasa a ser delito, que la duda acerca del valor de las instituciones que llevaría a la duda acerca del valor de la sociedad. Se prefiere defender al sistema antes que la verdad para no cuestionar los valores en los que se funda esa sociedad. Así, por ejemplo, se sabe que, en los USA, el 4% de los condenados a muerte por asesinatos son inocentes; a pesar de todo, nadie hace nada por corregir el error y se prefiere un crimen legal que el reconocimiento del error del sistema. Tampoco se sabe cuántos culpables quedan libres por la astucia de un abogado bien remunerado. La sociedad se ve atrapada por sus propias premisas, la fe en el sistema no se puede cuestionar sin cuestionar el modelo de sociedad. En cuanto a los testigos, la ciencia, la sacrosanta ciencia, ha determinado que sus declaraciones no son creíbles, aun cuando sean honradas (lo cual no siempre hay que suponer), pero esta sociedad, que tanto respeta a la ciencia, no acepta esta conclusión científica y sigue confiando, para determinar la culpabilidad o inocencia de una persona, en manifestaciones de dudosa credibilidad, a decir de la ciencia.

Es imposible luchar contra las creencias y los seres sociales son creyentes en los valores sociales. Todo creyente defiende ese sentimiento sin tener en cuenta los hechos que, racionalmente, pondrían en duda el valor de esa fe. Por lo tanto, es difícil saber si el hombre corriente, el hombre de ciencia, y todo aquel que posee un poder sobre otros hombres, hace ciencia, proyección, política oejercicio de su poder, delimitando campos de actuación para impedir que un no titulado o un subordinado puedan opinar. En todo caso, lo que es evidente es que estos hombres tienen dos criterios, uno, para la conducta ajena y, otro, para la propia. Un mismo acto, realizado por un tercero, es demencia, delito, irresponsabilidad o desvergüenza; realizado por un titulado, es sabiduría. En algunos lugares, a esa forma de juzgar, se lo conoce como hipocresía y sabemos que es un medio para alcanzar el poder.

 

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Lo que se está planteando en la sociedad es la defensa de un modelo social. Ya hemos visto cómo un sabio exige confianza a los seres sociales no porque los demás sean dignos de ella sino porque la falta de confianza produciría la disgregación del grupo. Este modelo que nos imponen tiene imperfecciones pero deben quedar ocultas, no solo relegadas, para dar valor al objetivo principal, para que éste no quede dañado por sus inconvenientes. El objetivo es el control social para lo que se precisa poseer autoridad y, en consecuencia, la sumisión de los gobernados.

 

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El control se ejerce a varios niveles, desde la política internacional hasta el orden familiar, pasando por las políticas nacionales, regionales, locales, la autoridad de los titulados sobre sus clientes, en unos casos, y pacientes, en otros.

 

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El paradigma de este orden es Henry Kissinger. Kissinger iba de país en país imponiendo su orden, quitando gobernantes y poniendo planes de actuación. Esos planes eran imperfectos y la sociedad sufría sus efectos pero al señor Kissinger y a quines había comprado y encumbrado poco les importaba, eran los efectos secundarios de un plan superior (el nuevo orden mundial) que no podría quedar en entredicho por semejantes menudencias. En definitiva, todo aquel que tiene poder, trata de emular al señor Kissinger, y sufre el complejo de Kissinger.

 

Notas:

 

1.- Hugo Marietan: Depresión y pensamiento paranoide, http://www.marietan.com/material_depresion/20_depresion_paranoide.htm

 

 

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