La Gran Filosofía, ¿es por naturaleza, difícil y oscura?

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La gran filosofía no siempre es fácil. Algunos filósofos –Kant, Hegel, Heidegger– escriben de manera que parece casi perversamente oscura. Otros –Kierkegaard, Nietzsche, Wittgenstein–, adoptan un estilo aforístico. Los modernos filósofos analíticos pueden presentar sus argumentos de forma tan comprimida que exige demasiado al lector. Por tanto, existe un amplio margen para que los filósofos puedan interpretar la obra de sus predecesores. Estas interpretaciones pueden convertirse en clásicas por derecho propio. Aunque no todos los filósofos escriben oscuramente (p.ej., Hume, Schopenhauer, Russell), muchos sí lo hacen, y uno podría tener la impresión de que la oscuridad es una virtud en filosofía, una marca de cierto tipo de grandeza, pero ante eso me mantengo escéptico.

 

Hasta cierto punto, todos los textos necesitan interpretación. La elaboración del significado por parte de la gente no es simplemente una cuestión de decodificación de sus palabras, sino la especulación acerca de sus estados mentales. Las mismas palabras pueden expresar muy diferentes pensamientos, y el lector tiene que decidir entre las interpretaciones. Pero de ahí no se sigue que todos los textos son igualmente difíciles de interpretar. Algunas interpretaciones podrían ser psicológicamente más plausibles que otras, y un escritor puede reducir el rango de posibles interpretaciones. ¿Por qué necesita la filosofía más interpretación que otros textos?

Los académicos asumen un conocimiento avanzado de su campo, y de igual manera están más familiarizados con matices conceptuales, referencias contemporáneas y normas culturales. Todos estos antecedentes completan lo que para ellos está fuera de la tradición. Cuando se trata de un trabajo de otra época o cultura, distintos académicos podrían producir diferentes interpretaciones del original. Pero esta apertura a la interpretación no es más que un accidente por la distancia. El texto podría haber sido muy claro a sus lectores originales, y con el conocimiento suficiente que podría establecer una lectura definitiva. Aun así, esto no explica las dificultades especiales presentadas por algunos textos filosóficos.

Tal vez existan estas dificultades porque los grandes filósofos operan a un nivel intelectual más alto que el resto de nosotros, embalan su trabajo con profundos conocimientos, ideas complejas y sutiles distinciones. Podríamos necesitar el desembalaje de estos pensamientos difíciles por los intérpretes y, ya que estos son, por lo general, menos dotados que los autores originales, pudieran diferir de una lectura correcta. Mas, entonces, si puede proporcionarse una clara interpretación de las ideas, ¿por qué los autores originales no lo hacen ellos mismos? Tal falta de comunicación es más un defecto que una virtud. Los escritores expertos no deberían necesitar intérpretes para emmendar los agujeros de sus textos.

Otra explicación se centra en la naturaleza de la investigación filosófica. Los filósofos no se limitan a recopilar hechos: se involucran reflexivamente con un problema, plantean interrogantes, desenredan conexiones e investigan las ideas. Los lectores pueden responder con sus propias preguntas, conexiones e ideas. En consecuencia, en las grandes obras de la filosofía es natural que generen diferentes interpretaciones. Pero ¿esto se debe a que los lectores se involucran con el problema en discusión y exploran sus propias ideas al respecto? ¿O porque se involucran con el significado del problema planteado por el autor y su intento de llegar a una hipótesis? Sólo el primero marca una buena filosofía. Una obra puede ser provisional, exploratoria y sugerente, sin ser difícil de entender. Las opciones sondeadas pueden ser establecidas con precisión y claridad.

Puede ser que, los textos oscuros sean más abiertos a la reinterpretación. La filosofía, argumentan algunos, no progresa tal como lo hace la ciencia. Los problemas filosóficos no se resuelven sino que continuamente re-exploran nuevos contextos, y cada generación vuelve a las grandes obras del pasado y los reinterpreta a su propio época. Así pues, los textos que oscuros son más propensos a convertirse en clásicos, ya que, naturalmente, se prestan a la reinterpretación. Por el contrario, los textos inequívocos, pronto pueden parecer estériles y caducos. Personalmente, soy de la opinión de que la filosofía no progresa, pero aun así, si lo aceptamos, esto no justifica la preocupación por la reinterpretación. Si uno está lidiando con el mismo problema que un anterior escritor, podría ser útil el estudio de su obra, pero ¿qué se gana de manera efectiva con la reescritura, a la luz de unos conocimientos previamente ignorados? ¿Por qué no producir un nuevo trabajo que se base en el viejo, pero que no está vinculado a él? La devoción a la reinterpretación delata un erróneo enfoque hacia los filósofos en lugar de estar dirigido a los problemas filosóficos.

Sin embargo, una gran filosofía es creativa de la misma manera que es incompatible con la claridad. No busca la construcción de teorías precisas; sino que se extiende a áreas no mapeadas de pensamiento, en las que aún no sabemos qué técnicas emplear, qué conceptos usar, e incluso, qué cuestiones preguntar. Es más como un arte que como una ciencia, y fabrica sus propias reglas. No es que esta forma de trabajo sea defectuosa por ambigua, sino que está tratando de hacer algo que no se puede hacer con claridad, y su objetivo es precisamente estimular diversas interpretaciones.

Esto, quizás, sea la mejor justificación para la oscuridad; no obstante, se debe utilizar con mucha cautela. Un trabajo que respete los estándares de claridad puede ser evaluado contra esos estándares, aunque, ¿cómo saber si un texto difícil es innovador y creativo o simplemente pretencioso y sin sentido? ¿Y cómo podemos estar seguros de que las buenas ideas están latentes en el original, en lugar de en la creación de los intérpretes ingeniosos? Es prudente ser suspicaces de dichos textos, ya que deben obtener su condición de trabajos serios a través de una larga historia de intelectual fertilidad.

Por último, algunos filósofos podrían escribir de forma oscura, porque así se crea un aura de profundidad y misterio. Esto invita a la interpretación y a la atención académica: se requiere un esfuerzo especial para colaborar con el trabajo, ayudando a crear un objeto de culto entre los estudiosos. El trabajo resulta a su vez, más difícil de desafiar, y las críticas pueden ser descartadas como malas interpretaciones. Entre tanto, el escrito más transparente puede parecer menos fértil o emocionante y sus errores más fáciles de detectar. Quizá no sea admirable, pero ¿no es cínico pensar que tales motivos de ofuscación tengan a veces un papel que jugar?

En la mayoría de los casos, la oscuridad es un defecto, no una virtud, y la excesiva preocupación con la interpretación pone el foco en las personas en lugar de en los problemas. No es fácil escribir con claridad, sobre todo en temas filosóficos, además de arriesgado. Los escritores claros se desnudan ante sus críticos, con todos sus defectos argumentativos visibles; pero al menos son más valientes, más honestos y más respetuosos con los verdaderos objetivos de la investigación intelectual que los que se envuelven a sí mismos en la oscuridad.

Artículo escrito por  Keith Frankish – filósofo y escritor inglés  además de  profesor adjunto  de la Universidad de Creta-  para Aeon Magazine.co .

Traducción publicada por Pedro Donaire en Bitnavegantes

 

 

 

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