El retorno al pedestal (Exposición de esculturas de Carlos Coronas en el Centro Niemeyer de Avilés)

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Carlos Coronas
Los territorios soñados
Centro Niemeyer
Avilés, Asturias, del 18 de marzo al 2 de octubre de 2016

 

 

 

El trabajo escultórico de Carlos Coronas se inserta dentro de una tradición que todavía podríamos denominar “minimalista”. Aunque sus presupuestos difieren ya considerablemente de los de aquella escuela, sin embargo es cierto que, tanto sus dibujos preparatorios, como sus esculturas se identifican plenamente con aquello que todavía podríamos denominar “estructuras primarias”. Además, tampoco es posible, al contemplar su trabajo, evitar la referencia al primero de los escultores que utilizó explícitamente los tubos de neón para construir su obra, el artista norteamericano y padre también del minimalismo, Dan Flavin.

El hecho de que Coronas sin embargo guste de mostrar las tripas y los cables de sus esculturas pone de relieve su gusto por un cierto expresionismo, que rechaza con toda evidencia los principios del minimalismo. Por ello, a pesar de que trabaja fundamentalmente con neones, articulados geométricamente en estructuras primarias, los problemas a los que se remite, dentro de la tradición escultórica, no son ya los del minimalismo, sino más bien los problemas posmodernos del erotismo, de la atracción y de la seducción.

 

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Sexo, erotismo y seducción no son sin duda específicamente problemas de este tiempo. Tampoco podemos decir que, malgré Baudrillard, sea la de la seducción una problemática filosófica posmoderna. Es cierto sin embargo que, en el devenir posmoderno del arte contemporáneo, la preocupación por las estrategias de seducción de la obra de arte, sí que ha sido una problemática específica de nuestro tiempo. La obra de Jeff Koons, por ejemplo, sólo se entiende como el producto de la triple confluencia de los modos de seducción del erotismo, de la publicidad y de la pornografía.

Aunque desde presupuestos completamente diferentes a los de Jeff Koons, hay sin embargo en la obra de Carlos Coronas también una preocupación explícita por los mecanismos de atracción y seducción de las obras de arte. Así el artista avilesino habla por ejemplo de los neones luminosos de los clubs de carretera o de la propia función de reclamo sexual de la luz de las luciérnagas. Y por eso, a pesar de ser puramente geométricas, todas sus construcciones recuerdan o evocan las formas orgánicas de seres vivos. El juego y la diversidad de los colores, el interés por la visibilidad del cable, de los enchufes y de los adaptadores, así como la apariencia orgánica de estas estructuras no sólo evidencian que el artista se encuentra más allá de la tradición minimalista, sino que se encuentra interesado más bien por los problemas de la fascinación y de la seducción que ejerce la obra de arte.

 

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Por eso también su elemento de trabajo fundamental es la luz. Aunque el componente simbólico, espiritual e incluso místico de la luz no es su preocupación dominante, Carlos Coronas tampoco rechaza estas referencias espirituales. “Utilizo la luz —decía en una entrevista— como representación de lo inmaterial. Y también porque la luz se mueve en el espacio, traspasa los límites y las fronteras. Con la luz y con la idea de lo bello quiero hacer referencia a ese efecto reclamo que atrae a miles de personas. No obstante, mi obra es poética y polisémica y cada espectador puede interpretar otro tipo de significados que son igualmente acertados”. La luz entonces, como en la obra de Platón, de nuevo en relación con la belleza.

Como simbolismo del poder de seducción de la belleza, la reflexión luminosa de Carlos Coronas, vuelve a remitir una vez más los problemas del arte al viejo enigma del poder de seducción y de atracción de la belleza, volviendo así también una vez más a convocar aquel antiguo concepto de las “bellas artes”.

 

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Esta reaparición del concepto de belleza, cuando ya parecía que había sido desterrado de las bellas artes, y el retorno mismo de las bellas artes —por más que muchos se empeñen en hablar de artes visuales y de cosas semejantes— acaso se evidencia mejor en su trabajo en el retorno de otro motivo escultórico que también ingenuamente pensábamos que había desaparecido: el pedestal. A pesar de que sus esculturas pueden funcionar como estructuras flotantes en el espacio, y a pesar de que se comportan extraordinariamente bien sobre el suelo, Carlos Coronas construye sin embargo para ellas una especie de tarimas, contrapunto de las piezas luminosas y que les sirven a éstas de pedestal.

Al igual que Brancusi introdujo el pedestal como parte de sus obras, Carlos Coronas juega en sus tarimas con sabiduría, introduciendo secuencias de llenos y vacíos que nos vuelven sus piezas más encantadoras.

Es posible que la reintroducción del pedestal en la escultura aparezca aquí también como nostalgia de aquellos viejos fundamentos, de la belleza y de la seducción de la obra de arte y de cuando todavía era posible hablar de “bellas artes”.

 

 

Miguel Cereceda es profesor de Estética y teoría de las artes en la Universidad Autónoma de Madrid, crítico de arte y comisario independiente de exposiciones. Ha publicado El lenguaje y el deseo, El origen de la mujer sujeto y Problemas del arte contemporáne@. Ha sido profesor invitado en la Universidad de Potsdam (Berlín).

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