Seres sociales: III. Racionalización

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Autor: Mario Rodríguez Guerras

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Habíamos dicho que los actos humanos podían ser asépticos, accidentales, racionales e interesados. Sin embargo, debemos aclarar que cada uno de esos tipos es, en realidad, un grupo, así, habría actos, efectivamente, asépticos que podrían ser clasificados por tipos; habría actos fortuitos, de diversa naturaleza; actos racionales, entre los que se encontrarían los malos pero, también, los buenos; y actos interesados, ya malvados ya benévolos. El problema aparece cuando ambas partes parecen tener derechos que se oponen, de lo que surge el conflicto tan bien retratado en el teatro griego.

Algunos conflictos son solo aparentes, y surgen de una dificultad de interpretación, como en el caso del llamado dilema del tranvía que, bien analizado, se resuelve solo; o la tabla de Carneades cuestión sobre la que el derecho parece no tener competencias y entra en juego la moral y la duda se planteaba por la suposición de que el derecho podría ser capaz de interpretar y juzgar cualquier situación. Y otros problemas se plantean cuando el derecho pretende presentarse como principio universal y no solo positivo imponiéndose a otras consideraciones.

 

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Resulta sorprendente que haya sido el derecho positivo el que haya estipulado la existencia de la esclavitud. La esclavitud es costumbre intemporal y fundada en el derecho del fuerte a imponer su voluntad sobre la ajena. Desde tiempo inmemorial, ciertos grupos han completado sus posesiones obtenidas con el trabajo y la caza con razias a poblados en los que se apropiaban hasta de las personas. Y no puede sorprendemos porque conocemos en la historia reciente lo que ocurrió con la apropiación de tierras por parte de los USA incluidos, aunque menos conocidos, los crímenes y ocupación de propiedades de los mejicanos cuando los USA se hacían con sus territorios. Este tipo de historias sorprendieron al mundo cuando hace unos años se supo que ocurría en Zimbabwe, y ocurrió, pero se silenció para no dañar la imagen del régimen, en Sudáfrica. Por ello, es difícil pensar que la expansión de los grupos indoeuropeos haya sido pacífica y la ausencia de pruebas de guerras no demuestra la falta de agresiones a menor escala.

Lo que se demuestra es que el derecho es un producto de la sociedad y que está a su servicio y, como quien domina la sociedad es el poderoso, la ley está hecha por el poderoso y para el poderoso.

 

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Schopenhauer nos dice que la justicia eterna no es otra cosa que la condena que sufre una parte de la humanidad por el daño que causa la otra parte de la humanidad mediante ese mismo mal. Así, el mal es al mismo tiempo la pena por ese mal. Aunque, individualmente, sea incomprensible esa filosofía como consecuencia de que poseemos una conciencia individual, si bien, somos la manifestación de una misma fuerza.

Schopenhauer niega, evidentemente, la venganza y establece el fundamento del castigo legal en el incumplimiento del contrato social que vincula a los ciudadanos y no por el daño causado sino como ejemplo para el futuro de lo que le ocurre a quien incumple la ley.

Si distinguimos el derecho civil del penal, vemos que el civil se ocupa de la restitución de las cosas y no le afecta en absoluto esa interpretación filosófica y que Schopenhauer únicamente se refiere al delito.

Pero si el castigo es consecuencia de un quebrantamiento del contrato social, el castigo tiene su origen en un acto previo por lo que no tiene suficiente justificación la explicación de evitar el incumplimiento en el futuro. Cuando se produzca en el futuro el incumplimiento, cosa que sin duda alguna ocurrirá dada la naturaleza humana y hasta por la naturaleza de las leyes, entonces, ese delito se castiga, según la teoría que se defendía, por el hecho producido y no como advertencia para otro futuro delito cuyas consecuencias ha habían sido establecidas con la primera sanción, lo que hace innecesaria la reiteración social de las consecuencias de quebrantar la ley. Tampoco se justifica la pena por el segundo delito en la demostración de la efectividad de la ley porque, por esa razón, la pena resultaría ser injusta; lo mismo que lo sería la condena por el primer delito pues advertir a un tercero de los efectos del delito vuelve a dejar sin razón justa su imposición. Un castigo no puede justificarse en algo externo a quien se le impone.

 

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Puesto que el delito se castiga por el daño causado, se debe entender que el castigo por el delito penal tiene por objeto y origen la restitución del daño a la voluntad de la víctima y que, como compensación, quedaría justificada la venganza. Pero la venganza solo se justificaría cuando la ley fuera incapaz de actuar. Ahora bien, la justificación moral a la venganza tiene el riesgo de que el actor quede sometido a la justicia terrenal ya que el contrato social ha anulado la voluntad individual.

 

 

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Además, la venganza debe ser un acto personal porque lo que el delito supone es un perjuicio a la voluntad ajena y una ventaja a la propia y el orden debe restablecerse haciendo que la voluntad del delincuente sufra un quebranto en la misma medida en que logró una ventaja, de forma que la voluntad de la víctima recupere su normalidad. Se entiende así cómo se ha interpretado, en muchas ocasiones, el castigo como el pago de una deuda pues ha habido una apropiación o menoscabo de una voluntad que debe ser restituida.

Resulta, por ello, inaceptable la actuación del justiciero porque el justiciero suplanta, sin ningún derecho, a la sociedad no a la víctima. Además ¿Quién concede las patentes de justiciero? Si cada individuo tiene derecho a erigirse como tal, mil justicieros castigarían mil veces un mismo acto demostrándose que el justiciero no es más que un delincuente que se ha buscado una justificación para delinquir o ¿Acaso existen registros de justicieros, de agravios y de venganzas ejecutadas? Si se considerara justa la venganza por parte de un justiciero todo aquel que se sienta perjudicado por una sentencia de los tribunales tendría derecho a actuar en nombre de la sociedad y castigar al juez que impartió injusticia. Y siempre alguien se sentirá perjudicado por una resolución judicial. Por otra parte, el justiciero tiene bastante de cobarde, ¿Ha ido alguno de ellos a vengar los crímenes de Boko Haram? El justiciero solo ataca en su entorno y cuando el oponente es más débil que él. ¿Buscan impartir justicia? No ¡Buscan alcanzar poder! Como se puede ver, siempre es cuestión de poder y quien tiene poder sobre alguien le ejerce de manera autoritaria. La contrapartida es que los suyos son exonerados hasta por los tribunales. La justicia es un juego de poder en donde para nada interviene la verdad. En cambio, están justificados los grupos de autodefensa que vigilan barrios puesto que ellos no castigan el delito sino que intentan evitarlo y eso es legítimo. Aunque, como toda organización humana, corren el riesgo de extralimitarse en sus funciones.

 

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Finalmente, la venganza no puede consistir ni en la crueldad ni en la maldad porque eso es disfrazar el gusto por el delito como venganza y lo que tenemos no es a un vengador sino a un hombre violento que busca una disculpa para ejercer la miseria. Estaríamos ante el mismo caso que el del justiciero.

El problema para entender el derecho a la venganza o a cualquier respuesta a una injusticia estriba en que quien comete esa injusticia actúa para someter o quebrantar la voluntad ajena y entiende su actuación como un derecho y no como una agresión por lo que percibe la respuesta del perjudicado como delito y no como derecho a su defensa. Entonces, decide, en virtud de su poder y, añadamos, de su estupidez, que debe castigar esa acción ya que, por estúpido, no comprende que la situación la ha desencadenado él mismo con su acción inicial. Es el caso del hombre que esclaviza hombres libres que se resisten a quedar sometidos a una voluntad ajena, una situación en la que se enfrenta el derecho natural al social. Pero, cuando los dos hombres son libres, la sucesión de venganzas, por esa interpretación de la culpa inicial, puede ser eterna. La verdad es cuestión de fuerza. En la sociedad, la fuerza la establecen las leyes. Las leyes se hacen para el poderoso, reduciendo constantemente la autonomía personal.

Todo esto son, esencialmente, consideraciones morales acerca de la venganza y pudiera parecer que poca utilidad tiene en una sociedad en la que el estado no reconoce la autonomía personal para obrar pero, recuérdese, que el mal no consiste solamente en infligir un castigo físico.

 

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Enseñar normas puede ser lo que se denomina educación. Si comenzar una educación de forma racional ya choca con el conocimiento intuitivo del niño, la imposición de un castigo por desobedecer y la de suspender por no aprender, que conlleva castigos o reproches, pueden ser sentidos como maltratos.

La diferencia entre enseñar y maltratar podría pensarse que radica en los fines pero si la forma no es la adecuada puede generar el mismo trauma que el maltrato. Un médico puede cortar una pierna para evitar la gangrena y un sádico puede cortarla para causar dolor. Ambos hacen lo mismo pero la finalidad de la acción del doctor impide que se considere delito y tampoco el paciente lo sufre como una agresión. Ahora bien, no por ello ese dolor deja de causar un trauma emocional.

 

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El límite entre educar y maltratar no estará nunca claro porque resulta que no son excluyentes. Una persona puede hacer a otra un reproche por haber sufrido una falta de respeto pero puede hacerlo de forma tan desproporcionada que resulte que el ejercicio de reclamar una consideración se ha aprovechado para realizar una agresión física o verbal que era lo único que se perseguía. Se han hecho dos cosas diferentes aunque simultáneamente mediante un único acto y conviene entenderlo porque una de esas cosas es legítima y, la otra, no.

 

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Los seres sociales han dado valor a la sociedad porque es el medio en el que desarrollan su vida. El valor del mundo social se contempla desde el punto de vista de la actuación de cada uno dentro de ese mundo. Una persona asentada en una sociedad, en cualquiera de los clanes que la componen, defenderá lo social y al clan al que pertenece y pretenderá tener mil razones para ello.

Los valores solo tienen justificación desde un determinado punto de vista y, cuando haya conflicto entre dos posiciones, la que posea el punto de vista superior es la que debiera prevalecer. El esclavo tendrá siempre más razón que el amo, pero la sociedad, la hermosa y justa sociedad, se ha encargado de justificar ese régimen de posesión humana. En nuestra sociedad, el poderoso siempre tendrá razón. Lo lamentable es que los seres domesticados abracen ese mundo falso porque ellos son también víctimas, víctimas que no saben que lo son porque se han convertido en verdugos.

Hasta el hombre corriente se ha contagiado de esa mentalidad y nos impone su verdad, la verdad social en la que se debe respetar el poder de los clanes, el poder de los miembros del clan, el poder que tiene y ejerce él y de nada sirve razonar, tiene la fuerza social de su parte y se permite la violencia verbal y nos muestra con el embrutecimiento de su carácter, incluso cuando recurre a la dulce hipocresía, lo poco que le importan las razones y la verdad. En esta sociedad, no parece posible ni eliminar el mal ni establecer una justicia adecuada para alcanzar una paz entre los hombres.

 

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El cine, la televisión y la literatura no solo nos muestran la maldad del mundo y el conflicto entre los hombres y, en eso, dicen la verdad, sino que, también, nos muestran la victoria del bien sobre el mal y eso ya es un espejismo, un consuelo metafísico que ofrece el arte pues, en el mundo real, es el poderoso el que se aprovecha de los demás y hace triunfar su postura a la que llama verdad.

A un paraíso perdido se asemeja un sueño imposible, que deberemos seguir soñando para poder mantener viva nuestra esperanza y, como el barquero del lago Tay [1] que suspira por un amor no correspondido, mientras sigamos remando, también nosotros estaremos cantando: Horee… Horo.

 

Nota: Loch Tay boat song, canción tradicional escocesa.

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