Seres sociales. II. Manifestación (1ª parte)

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Autor: Mario Rodríguez Guerras

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Los hombres sociales abandonan su naturaleza cuando se encuentran ante situaciones reguladas por la sociedad. Los valores impuestos nada tienen que ver con los valores naturales pero nadie es consciente de que abandona la verdad y asume la imposición. El hombre social sufre el síndrome de Estocolmo pero no quiere ser consciente de ello. En ese mundo, existen los dominadores, a quienes conviene el sistema y la falsedad que conlleva, y los dominados, cuya opinión carece de valor y quedan obligados a someterse y a aceptar el sometimiento como si existiera un orden jerárquico impuesto por la naturaleza de las cosas pero sabiendo que su sometimiento se produce de forma coercitiva.

 

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La sociedad ha inventado para su defensa el concepto de resistencia a la autoridad. Ese criterio establece que quien tiene problemas en aceptar la autoridad es debido a que tiene problemas personales: Es un inadaptado. Por lo tanto, la sociedad estará obligada a aceptar, por ejemplo, la autoridad de Stalin. Stalin representaba a la autoridad y debería ser obedecido. Puede que algunos lo consideraran injusto pero tiene una explicación, eran unos inadaptados. Los regímenes autoritarios han conseguido establecer sistemas efectivos de adaptación social a medida de cada individuo que goza del privilegio de recibir una atención personalizada. La sociedad ha establecido otro principio para su defensa, el de la confianza, de tal forma que quien siente desconfianza es descalificado por dudar de la racionalidad social. Esto se opone a las conclusiones del dilema del prisionero estudiado en la teoría de juegos que demuestra, en la práctica, la falta de confianza entre las personas. La confianza en los demás es la forma de mantener la estructura social. La desconfianza nada dice del conocimiento que posee un individuo acerca del mundo, la confianza trata de mantener a salvo el sistema. Por lo tanto, desde ese punto de vista, la gente hizo bien en confiar en el director de su banco y en comprar preferentes y si, ahora, quieren recuperar su dinero y acabar de esa forma con la estabilidad del sistema es debido a una epidemia de desconfianza porque lo adecuado sería pedir nuevamente consejo al banco. Y en lo que el hombre de a pie debe tener absoluta confianza es en las promesas electorales de los políticos y en su honradez. El grado de credibilidad de cada cual está condicionado por la posición que tiene en la jerarquía social. Los hechos carecen de importancia y el valor de una opinión depende de que defienda o cuestione el mundo social. El ser social es un rehén del poderoso que le proporciona razones para que no alcance por sí mismo a descubrir la realidad de su situación.

 

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En nuestro mundo, pero no en otro, puede alegarse que es justo oponerse a un sistema dictatorial. Aunque, viendo cómo se comportan los gobiernos elegidos democráticamente, es difícil saber qué es o no una dictadura. En un sistema democrático, entonces, no cabría oposición a la ley ni la autoridad, pero vemos ejemplos de lo contrario. Como vemos, la inadaptación de quien se opone a la autoridad es algo relativo pero, por supuesto, es absoluto en el caso de individuos particulares; en la sociedad, los grupos gozan de ciertas prebendas.

 

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Una vez asumidas las imposiciones sociales, el individuo actúa en ese ámbito con los mismos medios con los que actuaría en el mundo natural: Puede aceptar las normas como creencias, puede entender que es una justificación para ejercer su fuerza, puede verlas como leyes adecuadas a un momento social y puede verlas como un objeto de análisis e interpretación.

El dominador acaba por ejercer presión sobre los dominados, por lo que el mundo social es un mundo de violencia. Esta puede insinuarse o llegar a ejercerse. Ese ejercicio es, como ya se ha dicho, el desprecio, el descrédito, la violencia, ya sea física o verbal, y el castigolegal, la condena.

 

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La canción: Mammas don’t let your babies grow up to be cowboys, debería modificarse para impedir que los hijos sean justos e inteligentes. Esta sociedad estratificada mantiene la jerarquía y los privilegios de los dominadores mediante la violencia. Por lo tanto, dejémonos de hipocresías, debemos enseñarse a nuestros hijos a ser despóticos, autoritarios, violentos e irrespetuosos pero deben aprender a hacer todo eso de forma sibilina, deben aprender a buscar razones con las que justificar su actitud y hasta conocer la forma en la que se puede llegar a emplear la violencia, en cualquiera de sus formas, y parecer que se ejerce con justicia porque así es como funciona el mundo y no de la manera ideal que se cuenta.

 

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La violencia puede justificarse como consecuencia de una gran indignación ante una injusticia sufrida. Por supuesto, la injusticia que permite la violencia es la que sufren ellos, los sometidos no tienen derecho ni a sentirse indignados ni, por lo tanto, a ejercer ninguna acción. La violencia verbal puede justificarse como ejercicio de la libertad de expresión, una libertad que, como sabemos, solo poseen ellos. Recuérdese que la ley del Talión solo era aplicable a los señores, los sirvientes no tenían derecho a tal compensación. La ley no era para el pueblo, estaba reservada a su uso por los poderosos. Así se entiende que se recurra al derecho a la libertad de expresión para publicar viñetas sobre Mahoma pero se critique usar un disfraz de Hittler, y no se intenta ahora cuestionar la procedencia de esa prohibición sino poner de manifiesto la incoherencia de nuestra sociedad, una sociedad que exige la libre expresión en un caso y le prohíbe en otro y no concibe que integrantes de otras culturas puedan sentirse ofendidos por ciertos hechos como se siente ofendida esta sociedad por otros. Nos encontramos ante una situación como la que se originó con la declaración de independencia USA, todos los hombres son iguales, salvo que seas negro (término que intenta mostrar la consideración de aquel tiempo hacia esas gentes y no la nuestra).

 

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El hombre social está presto a aceptar las interpretaciones de los hechos sociales. En España ha abdicado un rey a raíz de las informaciones aparecidas sobre su vida en diversos medios de comunicación pero la información que se suministraba era acerca de hechos que llevaban años produciéndose. Nadie se planteó cómo ni porqué se presentaba todo esa información en ese momento. Junto con los datos proporcionados, se planteó en artículos de opinión la cuestión de su abdicación. La conclusión de la sociedad era que resultaba indispensable que el monarca abdicara. La sociedad creía haber llegado a una inteligente conclusión sin entender que la verdadera prueba de su inteligencia hubiera sido percatarse de la manipulación a la que había sido sometido su criterio. Este es un ejemplo de la independencia que exigía el individuo y creía tener, y de la forma en la que los poderosos ejercen su fuerza, primero proponen, luego presionan hasta anular la voluntad de su siervo-víctima; y, también, de la incomprensión del trasfondo de los hechos por parte de los ciudadanos. En USA, en cambio, se ha revelado que el gobierno de Franklin D. Roosevelt tenía constancia de la intención de Japón de atacar Pearl Harbour. Sin embargo, no han aparecido demasiadas críticas contra la conducta del gobierno, ni siquiera quejas de los familiares de los difuntos. Parece que perseguir mujeres y elefantes tiene mucha más gravedad que permitir la muerte de miles de americanos. Se manipula la opinión de la ciudadanía de forma tan sutil que el pueblo cree que tiene opinión propia. La revelación del conocimiento del ataque a Pearl Harbour más parece una demostración de la fuerza de persuasión de las elites manipuladoras, que saben que pueden dirigir las respuestas sociales, que una revelación de hechos históricos.

 

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La suficiencia del dictador, del hombre dominador, es la misma que muestran los titulados. Estos están convencidos, como los otros, de poseer un conocimiento más allá de la relación de datos aprendidos. Un hecho no tiene un significado fuera de un contexto, y no tiene el significado determinado que el titulado social le asigna pues un hecho puede tener su origen en causas diversas y no exclusivamente en una, como supone la ciencia en muchos casos, especialmente, en lo referente al conocimiento del alma humana. El sentido de las cosas solo se encuentra profundizando en ellas y la mirada superficial no proporciona la información requerida para alcanzar el conocimiento de aquello que se analiza. La interpretación de los hechos se aprende con la vida, se aprende a interpretar a través de la experiencia y, como dice Nietzsche, solo de la mala experiencia. El conocimiento que se adquiere de los libros poco contiene de experiencia personal de la vida.

 

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Pero en este mundo de las apariencias, todo es aceptado. La gente adopta en público una actitud social, sus posturas son teatrales, la vida social es teatro y apariencia, en consecuencia, fingimiento presunción y alarde. La categoría de un hombre no se mide, como nos enseña la sociedad, por el dinero o el cargo; la categoría personal se mide por la consciencia de sí mismo, por mirar dentro y no fuera, pues quien necesita medirse con los demás está cargado de maldad, aunque sea difícil de aceptar, y bien puede causar daño a otro para sentirse superior o bien busca el reconocimiento público que es la sublimación de la maldad ya que el prepotente no causa un daño físico pero cree tener una superioridad personal, es decir, siente a los demás por debajo de él y quiere que ellos se sientan así, por debajo de él, y eso es una forma de violencia moral que persigue la satisfacción personal con la humillación del otro, en definitiva, como habíamos afirmado, la prepotencia y la pedantería son muestras de la maldad que posee quien las sufre. Ahora bien, la prepotencia es relativa. A puede ser autoritario con respecto a B pero este podrá serlo con respecto a C ya que, quien es de condición miserable, no perderá ocasión demanifestarla.

 

 

2 Comment

  1. En la película La hija del general cada cual puede defender la postura que mejor le parezca, la del general, postura social que obliga a la hija a renunciar a la denuncia de una violación en beneficio de la imagen de la institución, o la de la hija que reclama una justicia que la sociedad, representada por su padre, le niega ¿Qué ponemos por encima los valores sociales o los personales? ¿Ser violada es interpretación mediatizada?

  2. Un estupendo comienzo y un desastroso final: todo se resuelve en la “consciencia de si mismo”. Pero esa consciencia está tan mediatizada (manipulada) como la información con la que se forma la opinión y se toman las decisiones. Es entonces la “consciencia de nosotros mismos” lo que puede ayudarnos a salir mejor parados. Es de lo social y no de lo individual de donde hay que extraer el conocimiento y las fuerzas para cambiar los destinos, ahora si, personales.

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