Cervantes para tontos

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La indiscutible universalidad de Cervantes parece no ser nunca suficiente justificación para presentar o explicar sus obras tal cual son, tal cual «las parió mi pluma», como afirma él mismo en las Novelas ejemplares. Ni siquiera el contrastado reconocimiento del Quijote a lo largo de los siglos en muy diversas culturas y contextos históricos sirve tampoco de argumento: el hecho de que tuviera éxito inmediato, no solo en la Península Ibérica, sino en toda Europa; el hecho de que fuera el punto de partida de la novela moderna a partir de las lecturas que de él hicieron los novelistas ingleses y otros europeos del XVIII o de que su personaje significara también una de las bases del idealismo alemán del XIX; el hecho de que haya sido traducido a cientos de lenguas, convirtiéndose en todo un fenómeno incluso en culturas tan alejadas de nuestra cosmovisión como la japonesa; el hecho de que haya pasado a constituir una figura reconocible en el imaginario mundial… Todo ello supone una prueba irrefutable de la refutabilidad de los hechos en nuestra sociedad, no sé si por cierto amaneramiento posmoderno, pues de nada han servido argumentos de tanto peso para demostrar que el libro, tal y como lo escribió Cervantes desde En un lugar de la Mancha hasta van ya tropezando y han de caer del todo sin duda alguna pasando por los fuyades, los desaforados, los pardiez es entrenido, inspirador, sorprende e incluso legible para miles de millones de lectores a lo largo de la historia.

Aunque no siempre con mala intención, se multiplican algunas exposiciones, algunos cursos, algunos actos, –reitero ¡algunos!– y algunas adaptaciones al castellano actual que pretenden hacer la obra cervantina «asequible» a todos los públicos, o, como se suele decir, «fácil» de comprender. Y lo llaman a esto «carácter divulgativo», donde por desgracia sospecho que lo que hay en realidad, en bastantes ocasiones –reitero: ¡bastantes!, no todas–, es una pedagogía mal informada, pedagogía, por otro lado, frecuente que al penetrar en cada rincón de la universidad y de la escuela ha venido a provocar tales entuertos que bien podemos considerarle con el mago Frestón que desbarataba los planes del caballero manchego.

Debemos ser muy precavidos cuando planteamos explicaciones sobre Cervantes de andar por casa: conviene no tomar a la gente por tonta, con la excusa de que se va a tratar de un público heterogéneo… Mi corta experiencia como docente me lleva a la conclusión de que los alumnos no siempre rehúyen la dificultad; antes al contrario, les halaga que se les crea capaces de comprender lo, supuestamente difícil, a pesar de sus muy diversas, y a veces complicadas, historias personales. El camino no debe ir en la dirección de simplificar aquello que es de por sí profundo, porque con ello no solo adulteramos o incluso descuartizamos las obras de arte, sino que actuamos con la lógica simplista que devora los mass media y nos lleva al Gran Hermano, al Mujeres, hombres y viceversa, mientras arrincona, acorrala o destruye propuestas inteligentes e interesantes que cada vez brillan más por su ausencia, especialmente en la televisión, pero también en el ámbito cultural, educativo e incluso académico.

El camino debe ser lanzar el guante a todos los públicos, retarles a que descubran el porqué del valor del Quijote, provocarles incluso a que no sean menos que los otros miles de millones de lectores de las obras cervantinas: nuestra dificultad al divulgar debe ser no la de adaptar, sino la de enseñar a descubrir, no la de transportar a los marineros junto al cofre, sino la de cartografiar el mapa del tesoro. ¿Se imaginan que para explicar el Gernika guardásemos el cuadro original y en su lugar lo reemplazásemos por una adaptación a color en la que las figuras aparecieran completas en posiciones naturales, cotidianas, reconocibles? ¿Se imaginan que para amenizar la escucha de alguna sinfonía de Beethoven redujésemos a la mitad el número de instrumentos? ¿Hay alguna manera de explicar el ser o no ser de Shakespeare sin plantear el enorme calado y la vertiginosa dimensión humana que tal pregunta conlleva, más si cabe cuando cualquier hombre ha sentido alguna vez el carácter ominoso, la sensación del vacío, que nos muestra sin tapujos la posibilidad de no existir?

La cultura está ahí y a quien se acerque a ella, cosa que, por otro lado, aunque deseable no debe ser impositiva, hay que darle la bievenida, demostrarle que puede encontrar disfrute o consejo en las grandes obras, y recordarle que él mismo puede ser, aunque no haya cogido jamás el pincel o la pluma, un hombre con un mundo interior igual de complejo, atractivo y enriquecedor que Safo, Flaubert, Rodin o Bretch. O al menos eso es lo que aprendí de mi abuelo, que no leyó un libro en su vida.

Practicar lo contrario puede ser, esta sí, una adaptación moderna del paternalismo y despotismo ilustrado.

 

 

Javier Helgueta Manso es Filólogo Hispánico y Teórico de la Literatura, por las universidades de Alcalá de Henares, Complutense de Madrid y Salamanca. Su labor académica y creativa intenta no restringirse al espacio literario —si es que acaso éste no es lo suficientemente ilimitado— al considerar la necesidad de un Nuevo Humanismo basado en la aplicación de las palabras e imágenes, respuestas y preguntas, que ofrece la literatura a los problemas surgidos en la intimidad del hombre o en los intersticios paradójicos de las sociedades. No hay solución de continuidad entre la poesía… seguir leyendo

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