Al principio fue el verbo

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Autor:  Andrés Luis Moreau

 

Si así es como comienza el libro que ha servido de guía para las tres religiones monoteístas más importantes del mundo, y se tiende a aceptar como realidades históricas muchos de los hechos y personas que en él aparecen, es de recibo aludir entonces a la presencia de Tharsis en las páginas del único libro que supera en traducciones y ejemplares al que recoge las andanzas del ingenioso hidalgo. Ciertamente, ya en las páginas bíblicas aparece el nombre de una legendaria civilización con la que comerció el no menos mítico rey Salomón, quien se estima que vivió allá por el siglo X antes de nuestra era. No ésta la única aparición fabulosa del no menos fabuloso reino de Tartessos, pues también la mitología clásica encargaba al más grande de sus héroes, el también legendario Heracles, el llevar a cabo dos de sus famosos doce trabajos en las tierras de tan magnífico país. De éste modo, el poco recomendable hijo de Zeus tuvo que desplazarse dos veces a tierras tartéssicas, en una ocasión a robar las manzanas del Jardín de las Hespérides, y en otra a robar los bueyes del rey Gerión. Mitología aparte, lo que sí se antoja importante es que la llamada “cuna” de la civilización occidental tuviera en tan alta consideración al mítico reino andaluz como para encomendarle tales inalcanzables tareas al más fabuloso de sus héroes… si es que el hecho de robar por dos veces pudiera considerarse fabuloso en modo alguno. No cabe duda de que algo debía existir en las tierras del sur peninsular, tan enorme e inalcanzable a ojos de los griegos pre clásicos, que sólo el gran Heracles fue considerado capaz de enfrentarse a ello.

Hablando de fuentes históricas propiamente dichas, Heródoto, en el siglo V, fue el principal narrador de la realidad tartéssica. Cuenta cómo el comerciante Colaios de Samos arribó a estas costas tras una fuerte tempestad, siendo bien acogido por la sociedad autóctona. El mismo Heródoto nos presenta también la figura del poderoso rey Argantonio, quien ofrece acogida en su reino a los focios que se veían amenazados por el imperio persa. Fue tal la riqueza que los focios consiguieron sólo con el mero trato comercial, que ello les bastó para construir una inexpugnable muralla tras la que defenderse de la amenaza.

El único mito realmente tartéssico conocido es el redactado por Justino en el siglo IV antes de Jesús. A finales del segundo milenio, tras la Titanomaquia, los bosques fueron habitados por tribus de tartessios y curetes, cuyo rey respondía al nombre de Gargoris. Poderoso rey, descubrió el aprovechamiento de la riqueza de las minas, aunque su hija vino a turbar su existencia al dar a luz a un hijo ilegítimo al que Gargoris, como buen rey de la antigüedad, pretendió matar de inanición abandonándolo en el bosque. Como no podía ser de otra forma, las fieras amamantaron al pequeño Habis, quien fue posteriormente recogido por unos pastores. Tras las peripecias y vicisitudes propias de las historias de héroes y herederos, Gargoris reconoce a Habis como su nieto y heredero. Sucedió en el trono a su abuelo, para convertirse en un rey justo y reconocido por su pueblo, al que dotó de leyes, enseñó el uso del arado, ofreció premios a la lealtad y a la nobleza, y dividió el reino en siete ciudades para su mejor gobierno. Con él se inicia la tradicional dinastía tartéssica, en la que destaca con fuerza el nombre de Therón, quien mantuvo tan fiera lucha contra los fenicios en Gadir, que éstos tuvieron que pedir ayuda a los cartagineses y de nuevo al nefasto Heracles.

La leyenda de Tartessos no acaba aquí. Hay quien la relaciona con la mítica Atlantis ideada por Platón en Crisias, aunque naturalmente carezca de todo rigor científico. El hispanista alemán Schulten fue la primera gran figura en empeñarse en la localización de la legendaria capital, basándose en la Ora Marítima de Avieno. Desde entonces, numerosos autores de prestigio, como García Bellido en la década de los cuarenta, o el actual profesor Corzo, de la Universidad de Sevilla, han puesto su mirada en la localización de la mítica ciudad.

En el mundo real y tangible, los restos que nos llegan desde el remoto pasado nos hablan de un pueblo que conoció la escritura, aunque aún no se haya podido descifrar ni datar con corrección. Su trayectoria artística muestra dos fases bien diferenciadas. Una primera etapa conocida como período geométrico,en la que son características las Estelas de Guerreros, donde destacan la de Solana de Cabañas y la de Carmona. En Córdoba sobresale la Estela de Ategua, una de las más ricas y conocidas. Presentan al guerrero bien en vida, bien yaciente, con sus armas y su carro; las teorías más actuales las explican como parte de un ritual funerario en honor al guerrero muerto. También nos han llegado muestras de cerámica y de armamento.

Ya a partir del siglo VIII, tras la llegada a las costas andaluzas, y fruto de su relación con el entorno tartéssico, se inicia el llamado período orientalizante, que se prolonga ya hasta el final de la existencia de Tartessos. El poblado de Toscanos en Málaga, el muro de Cabezo san Pedro y el asentamiento de Tejada la Vieja en Huelva, y el complejo de Cancho Roano en Badajoz son los vestigios arquitectónicos más importantes. La influencia fenicia se deja notar enormemente en la plástica tartéssica, donde pueden destacarse sobremanera el Tesoro del Carambolo en Sevilla, el Bronce Carriazo en Huelva, y la Estela de Tanit en Cádiz.

En la actualidad hay también numerosas voces que opinan que Tartessos nunca llegó a existir en la realidad, y que las obras del período orientalizante eran obras propiamente fenicias que nada tenían que ver con la estética del período geométrico, más propio de manifestaciones culturales peninsulares pero sin conexión alguna entre ambos momentos. Sea como fuere, lo que es innegable es que en el sur de la península, en el sur de Europa… existió una cultura, llámese como se quiera llamar, que inspiró mitos y leyendas desde tiempos remotos, y que dejaron ante nuestros ojos un rastro de obras y de caracteres escritos que seguirán dando mucho que hablar. Tal vez, de haber aparecido en otras latitudes geográficas, la cultura Tartéssica ya habría dejado de ser un mito y sería la base de diversos planteamientos que llegarían hasta la actualidad…

 

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