Miguel Hernández « desamordazado y regresado» cien años después. El círculo de sus amistades.

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Autor: Alejandro Fernández González

Este acercamiento al círculo de las amistades del poeta Miguel Hernández surgió cuando tuve que dedicar un curso escolar a celebrar el centenario de su nacimiento con mis alumnos de ESO y Bachillerato. No solo trabajé sus poemarios con mis alumnos sino que también preparé una exposición-homenaje al poeta-pastor. Quiero recordar desde aquí a quienes supieron despertar mi interés por el poeta: Carlos Argüelles, mi profesor del instituto cuando era un adolescente, que me “obligó” a leer El rayo que no cesa y a trabajarlo en sus clases; a Inmaculada Gómez Vera y a Ana Recio Mir, compañeras en la labor de las Asociaciones de Profesores de Español, de quienes tanto aprendí de Miguel y de su gran amigo Vicente Aleixandre; a Carmen Alfonso y Raquel Gutiérrez, que tanto me alientan en mi investigación; a la publicación El eco hernandiano y a José Luis Ferris por hacernos llegar a Miguel tan de cerca; a todos los investigadores de la figura de Miguel Hernández y a mis compañeros del IES Besaya de Torrelavega (Cantabria) que tanto me ayudaron en el montaje y formalización de mi exposición-homenaje al poeta de Orihuela formando parte de las actividades de la Biblioteca del instituto.

 

 

(En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto

como del rayo Ramón Sijé, con quien tanto quería.)

“Quiero minar la tierra hasta encontrarte

y besarte la noble calavera

y desamordazarte y regresarte.”

 

¿Quién no recuerda la entrada a la famosa Elegía a Ramón Sijé o su resonante terceto número 11? Si he comenzado así es para explicar el porqué del título de mi intervención: hasta principios de 1935 Miguel y Ramón Sijé aún tenían cosas en común, pero ese será el último momento. Diciembre de 1935, momento de la muerte del amigo y en el que Miguel compone la mejor elegía en castellano de nuestra literatura contemporánea y pide a sus amigos editores, Concha Méndez y Manuel Altolaguirre, ambos poetas de la Generación del 27, que paren la edición de su poemario El rayo que no cesa e incluyan el famoso poema, es el momento en que termina su relación de amistad. Enterado Miguel de la muerte de José Marín en Madrid gracias a su amigo Vicente Aleixandre, el amigo ya está enterrado, con lo que cuando Miguel llega a Orihuela ya nada puede hacer, pero en la festividad de Año Nuevo de 1936 lee su poema en la plaza del pueblo en homenaje al amigo ya desaparecido. Pero Miguel ya no estaba en la onda de la poesía religiosa y ya nada tenía que ver con su amigo ni con su pueblo, los que antaño fueran sus valedores: Miguel lleva ya tiempo en Madrid bajo la protección de los mejores amigos de su vida, como luego apreciaremos, que son Pablo Neruda y Vicente Aleixandre. Escribe el “con quien tanto quería” para recordar que Marín había sido su amigo, juntos habían emprendido muchas cosas, gracias a él comenzó la vida literaria de Miguel en Orihuela y Madrid, pero su visión del arte, de la poesía y de la vida ya no estaban en consonancia con él ni con su nueva forma de pensar, lejana ahora de aquellos inicios cercanos a la religión y dominados por el “tufo a incienso” del que le prevendría su amigo Neruda, y cercana a una vida llena de pasión, cultura, panteísmo, color, ayuda a los débiles, seguramente todo ello auspiciado por su acercamiento al famoso “grupo de Vallecas” y a sus nuevas amistades, entre las que cabe destacar a Benjamín Palencia, escultor, y a su amiga María Zambrano, la filósofo discípula de Ortega y Gasset, quienes lo integrarían en las “Misiones Pedagógicas”. Es obvio que lo que José Marín buscaba a través de su obra era difundir su ideología y convertirse en un escritor famoso. Pero, como si de una paradoja literaria se tratara, hoy lo conocemos “desamordazado y regresado” gracias a la figura de su paisano Miguel y no a sus obras ni a la revista El Gallo Crisis. Si Miguel consiguió que todos conociéramos a su amigo Ramón Sijé por la famosa elegía compuesta tras su prematura muerte, mi pequeña misión es intentar que mis alumnos y la gente que me escucha y me lee conozcan al que para mí es el poeta más importante del siglo XX porque su poesía es, como la definió otro poeta muy cercano, una “poesía de la tierra” cuyos mensajes más importantes son claro: “Amor” y “Amistad”, frente a los más difíciles de alcanzar de otros poetas de su época.

Cuando comencé a buscar información sobre Miguel Hernández para montar mi exposición-homenaje en el instituto encontré esta cita de Pablo Neruda recordando a su amigo Miguel Hernández:

 

“Recordar a Miguel Hernández, que desapareció en la oscuridad, y recordarlo a plena luz, es un deber de España, un deber de amor. Pocos poetas tan generosos y luminosos como el muchachón de Orihuela cuya estatua se levantará algún día entre los azahares de su dormida tierra. No tenía Miguel la luz cenital del Sur como los poetas de Andalucía sino una luz de tierra, de mañana pedregosa, luz espesa de panal despertando. Con esta materia dura como el oro, viva como la sangre, trazó su poesía duradera. ¡Y éste fue el hombre que aquel momento de España desterró a la sombra! ¡Nos toca ahora y siempre sacarlo de su cárcel mortal, iluminarlo con su valentía y su martirio, enseñarlo como ejemplo de corazón purísimo! ¡Darle la luz! ¡Dársela a golpes de recuerdo, a paletadas de claridad que lo revelen, arcángel de una gloria terrestre que cayó en la noche armado con la espada de la luz!”

 

Y como si el propio Neruda me hubiera hablado, de inmediato pensé que mi misión era “desamordazar y regresar” a ese “poeta de la luz sacándolo de su cárcel mortal” para iluminarlo ante la gente, para traerlo a la “claridad” y llenarlo de “luz”. En este momento también llega a mi recuerdo otra cita, la que el Premio Nobel de Literatura Vicente Aleixandre rememoró mucho tiempo después de la muerte del amigo para “sacarlo también de su cárcel mortal”:

 

«Era un muchacho muy pobre, era un hombre abierto, de corazón libre. Era un ser alegre, de fondo dramático. Un ser generoso al máximo. Donde hubiera un dolor, allí estaba él. Cuando yo he sufrido mientras él vivió, cuando yo he padecido, el rostro que aparecía a mi lado era el de Miguel: el que venía a cuidarme era Miguel, el que venía a acompañarme, incluso a alimentarme, era Miguel. Y digo alimentarme con razón incluso material; porque no es que me diera una comida con la cuchara, es que traía para mí cosas cuando yo no podía tenerlas (se refería a naranjas que Miguel le traía de Orihuela gracias a su familia porque Vicente sufría ya entonces de la falta de un riñón y necesitaba comer muchos cítricos, que en Madrid escaseaban en aquellos años; la cursiva es mía, explicación a lo que se refería Aleixandre). Ha sido uno de los amigos más íntimos, más entrañables que yo he tenido a lo largo de la vida. Ha sido para mí como un hermano menor. A comienzos de verano, cuando la naturaleza parece poderle a la ciudad, Miguel, al ritmo natural, semejaba arribado en esa onda de verdad que enverdecía Madrid y lo coloreaba. Calzaba entonces alpargatas, llegaba en mangas de camisa, casi mojado aún de su chapuzón en la corriente. Unos ojos azules como dos piedras límpidas sobre las que el agua hubiese pasado durante años, brillaban en la faz térrea donde la dentadura blanquísima contrastaba con violencia como una irrupción de espuma sobre tierra ocre. Silencioso entonces, daba bondad con compañía, y su palabra verdadera hacía el clima fraterno. Él, rudo de cuerpo, poseía la infinita delicadeza de los que tienen el alma benevolente. Su calidad humana podía más que todo su parentesco con la naturaleza.»

 

Otro momento emotivo que recordaba Aleixandre fue cuando Miguel acudió a su casa para ayudarle en una mudanza, trajo una carreta de mano donde colocó los libros y artículos personales de Aleixandre y encima de todo ello, y con sumo cuidado, levantándolo con sus brazos, puso a su débil amigo; con un exhausto esfuerzo para Miguel fue salvando obstáculos de la calle, consiguiendo trasladar a su estimado amigo y sus queridos libros a su destino, procurando en todo momento hacerle cómodo el trayecto. Vicente recuerda con cariño el esfuerzo y el sudor que tuvo que hacer su amigo, el cual supo rematar su ayuda con una de sus mejores sonrisas. Durante la estancia de Miguel en la cárcel, Vicente le envió continuamente paquetes con alimentos y durante sus últimos años de vida y después de su muerte siguió enviándole una pequeña cantidad de dinero a su viuda, Josefina Manresa. Nuestro poeta consideraba a Vicente no sólo un amigo, sino un maestro entrañable, iniciador poético, y su estrecha relación fue tan intensa que llegó incluso a afectar a la caligrafía de Miguel, acercándose a la de su amigo y admirado maestro.

Miguel Domingo Hernández Gilabert, tal y como reza su partida de nacimiento, vino al mundo el 30 de octubre de 1910 en una humilde casa del pueblo alicantino de Orihuela, tercer hijo del matrimonio formado por don Miguel Hernández, tratante de ganado, y doña Concepción Gilabert, ama de casa, más conocida como “Concheta”. Si la figura del padre nunca fue un modelo a seguir, tal y como demuestra su forma de comportamiento y de pensamiento, sí lo fue la figura materna por lo que tuvo que sufrir a lo largo de su vida. Por eso Miguel le dedicó estas líneas: «Tengo muchos motivos para pegar martillazos contra los culpables de la tristeza de las campesinas de España: mi madre ha sido, es una de las víctimas del régimen esclavizador de la criatura femenina. Enferma, agotada, empequeñecida por los grandes trabajos, las grandes privaciones y las injusticias grandes, ella me hace exigir y procurar con todas mis fuerzas una justicia, una alegría, una vida nueva para la mujer.» El pueblo en el que nació Miguel ha sido, desde siempre, “una ciudad levítica” (como afirmó Gabriel Miró), cerrada a las influencias extranjeras, además de estar dominada por los distintos ambientes eclesiásticos que controlan el orden en la vida de sus habitantes, poder cuyas pasiones reprimidas retrató como nadie el novelista alicantino en Nuestro padre San Daniel y El obispo leproso.

Me parece fundamental, para cualquier escritor que se quiera conocer, un primer acercamiento a su familia y al lugar donde nació y se crio. ¿Hay alguna persona que no se defina en la vida por la influencia del medio en que vive y también por la influencia genética? Es cierto que con los años y alejándote del medio en que te has criado, tus ideas pueden cambiar por completo, como es el caso de Miguel Hernández, cuyos primeros años de vida, hasta su tercera visita a la capital, estuvieron dominados por este lugar, sus amigos (sobre todo José Marín) y lo que quería su familia. El cambio que se produce en su forma de ver el mundo después de conocer a personas de la talla de Pablo Neruda, Delia del Carril, Maruja Mallo, Rafael Alberti y su esposa Mª Teresa León, Emilio Prados, Manuel Altolaguirre y su esposa Concha Méndez, José Bergamín o Vicente Aleixandre hará que aquel mito del poeta-pastor desaparezca y el Miguel que se presente ante el mundo sea un Miguel lleno de interés por los más débiles, a los que quiere ayudar en todo momento. ¿Quién puede olvidar las palabras de Aleixandre a tal efecto al recordar que Miguel era quien estaba siempre con él cuando estaba enfermo, quien le traía naranjas o quien lo llevó, a él y a todos sus enseres en una carretilla, desde su apartamento en la calle de Velintonia, en la ciudad universitaria, hasta el nuevo apartamento en la calle Españoleto al comenzar los bombardeos de la contienda civil? La máxima expresión de aquella amistad, al igual que con Neruda aparecen en sus famosas “odas”: Oda entre arena y piedra a Vicente Aleixandre y Oda entre sangre y vino a Pablo Neruda.

La situación de Miguel no cambió de un día para otro, claro está, como nada en el mundo. Desde muy joven, en cuanto su padre lo saca del colegio de los jesuitas a pesar de sus buenas notas, para que salga al monte a cuidar el rebaño de cabras, la vida de Miguel cobra otro sentido. Pasa varios años unido a la Naturaleza, tan fundamental en su obra, y junto a sus cabras, a las que ha aprendido a amar. Esto no quiere decir que olvide de repente su interés por la lectura y la escritura, muy al contrario. En estos primeros años de su juventud entra en contacto con Carlos Fenoll, un joven como él que regenta una tahona en el pueblo, y se unen a ellos otros jóvenes que se interesan por la poesía. Así nacen las tertulias en la Tahona de los Fenoll, que resurgirán con una nueva generación de poetas oriolanos cuando Miguel ya se encuentre instalado en Madrid. A estas tertulias acude una persona que tendrá hondo calado en la vida de Miguel, su amigo José Marín, cuya filosofía de vida y cuyo pensamiento serán los que más influyan en la primera etapa de la poesía de Miguel. Muchos os preguntaréis cómo llegaron, a lo largo de todos esos años, los libros a las manos de Miguel. La respuesta es fácil: a través de don Luis Almarcha. El vicario general de Orihuela se mostró siempre interesado en que Miguel leyera a los clásicos y él fue quien le suministró las obras de Garcilaso de la Vega, San Juan de la Cruz, fray Luis de León, Góngora, Quevedo y otros muchos poetas latinos y del Siglo de Oro. Parece mentira que alguien que tan interesado estuvo siempre en que Miguel leyera, no olvidara la cultura y se prepara, no lo ayudara en los momentos cruciales de su vida (sobre todo en los meses antes de su muerte cuando, gracias a su posición privilegiada cercana al General Franco, podía haber conseguido su traslado a Orihuela para que estuviera cerca de su familia). A todo ello ayudó el que estuvieran en bandos que, en aquel momento de España, estaban encontrados: don Luis pertenecía a la Iglesia, uno de los pilares del nuevo régimen, y Miguel había luchado activamente durante la Guerra en el bando republicano y era activo militante del Partido Comunista.

Para el momento en que nos encontramos, con un Miguel lleno de vida y con enormes ganas de irse a Madrid para probar suerte en el ambiente literario, es muy importante recordar que ya ha sufrido algún desengaño amoroso, pero ya parece que su relación con Josefina Manresa ha comenzado con buen pie tras el primer contacto entre ellos: Miguel le da en plena calle un pequeño poema declarándole su amor al más puro estilo petrarquista, no sólo en el acto sino también en el contenido (“Date presa de amor, mi carcelera”). Ella será la mujer a la que consagre su vida, a pesar de que se conoce perfectamente su relación con la pintora Maruja Mallo, su interés por una amiga poeta, María Cegarra, y su intensa amistad con la más grande de las pensadoras de nuestro país, la discípula de Ortega, María Zambrano, una de las que despertaría en Miguel su amor por los más necesitados, pues fue quien le habló de las Misiones Pedagógicas y de cómo la República estaba llevándolas a cabo para que los campesinos conocieran el arte y la cultura españolas. Claro que el interés de Miguel por estas mujeres aparece cuando tiene problemas con su amada Josefina o cuando ha decidido romper su relación con ella.

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Pero volvamos por un momento a los años de despegue en Orihuela. Gracias a su amigo José Marín, que desde muy joven tenía muchos contactos con los grandes representantes de la cultura de la época, y a muchos amigos más que pusieron el interés y el dinero, pudo Miguel irse a Madrid, ver cómo estaba allí el panorama literario y si conseguía algún trabajo que pudiera ayudarlo a sobrevivir. En un primer momento fue imposible a pesar de las cartas de recomendación que llevaba y todo lo que lo ayudaron. Pero su espíritu noble y tozudo no se desanimó al tener que volver a su ciudad natal y al mundo cerrado que él ya veía desde lejos, pues incluso su padre, siempre tan contrario a los deseos de Miguel, llegó a presumir en Orihuela delante de sus amigos de los poemas que su hijo había escrito. Este primer viaje sentará las bases del siguiente, en el que aparecerán dos personas muy importantes en su vida: el editor José Bergamín, director de la revista Cruz y raya, quien le dará su primer sueldo por los derechos de autor de su auto sacramental, influido por los de Calderón y por la ideología ultraconservadora de su amigo Marín; y el cántabro don José María de Cossío, quien le dará trabajo como secretario personal en la editorial Espasa-Calpe sin decirle nunca que lo contrató personalmente y que la editorial no tenía nada que ver, es decir, que le pagaba de su propio sueldo. Sin la ayuda de estos dos benefactores, Miguel no podría haber continuado allí, a pesar de que su propia familia y muchos de sus amigos de Orihuela no dejaban de ayudarlo.

Este segundo viaje le abre las puertas de un mundo desconocido para él y será la semilla de toda una nueva etapa en su vida. Una etapa que lo acercará a postulados tan distintos a los que venía apoyando junto a su amigo José Marín que, finalmente, lo alejarán también de él a pesar de los intentos de éste por mantener su amistad. ¿Porqué tanto interés en una amistad que parecía destinada a desaparecer desde los inicios debido a lo poco que tenían en común los dos jóvenes, pues Miguel no era más que un pastor de cabras de familia humilde y la familia de Marín regentaba una tienda de telas en la zona noble de la ciudad, es decir que pertenecía a la burguesía oriolana? José Marín era un joven de salud muy delicada que apenas salió de Orihuela y que pensó que Miguel podía ser en Madrid un eco de sus pensamientos (ferviente religiosidad, catolicismo a ultranza…), de ahí el interés por mantener allí a su amigo. Pero todo esto va a llevar a Miguel a una encrucijada que acabó por resolverse con el tercer viaje del oriolano a Madrid y finalmente, con la muerte de Sijé. Miguel mantiene su amistad con Sijé ya que mantienen unas ideas comunes en cuanto a la vida y a la creación literaria, pero en estos momentos en que Sijé quiere aún mantenerlo como amigo, le llegan al joven que está pasando por una fuerte crisis religiosa desde que llegó a Madrid en esta última ocasión, cartas en que los amigos de ahora le cierran las puertas de esa amistad. El primero en hacerlo es José Bergamín, quien en un principio tenía ideas comunes con Sijé, pues le dice a Miguel que el provincianismo de su amigo lo aleja del europeísmo que pesa en la intelectualidad de aquellos momentos; después lo hará Pablo Neruda, quien acusará a la revista de Sijé, El gallo Crisis, de estar demasiado cercana al incienso (evidente símbolo de la Iglesia y su cerrada visión del mundo). Quizá el círculo se cierra cuando pocos días después de morir su amigo, Miguel compone y recita en su homenaje en Orihuela la famosa Elegía a Ramón Sijé, gracias a la cual éste consiguió lo que ni su vida ni él mismo habían conseguido: la fama para la posteridad, aquella de la que ya hablaba Jorge Manrique en las Coplas a la muerte de su padre allá por el siglo XV, por eso, qué antiguas son las ideas y cómo forman parte de nosotros mismos pase el tiempo que pase. De ahí la actualidad de la literatura.

En estos momentos, muy poco después de la muerte de Sijé, Miguel, tras las batallas pasadas en el amor, se casa con Josefina Manresa. Ambos van a Madrid, pero en menos de un mes ella debe volver porque su madre está muy enferma, de hecho morirá a los pocos días. Aunque éstos parecían días tranquilos, la Guerra Civil ya estaba pasando factura. Si Miguel siempre actuó como uno más en el frente de batalla, no olvidemos que se alistó como simple zapador, llegó a ser, seguramente gracias a las gestiones de Aleixandre y Emilio Prados, primero agregado cultural y después comisario político, y también porque el cubano Pablo de la Torriente Brau, superior pero gran amigo hecho durante la contienda y al que le dedicará un precioso poema a su muerte, pensó que esa era la labor que Miguel debía desempeñar: elaborar un periódico divulgativo de las ideas republicanas, alfabetizar a la tropa y, lo más difícil de todo, renovar la moral de los soldados con recitales y lecturas que levantaran el espíritu combatiente de sus compañeros. A esta época pertenecen las muchas manifestaciones de los compañeros de Miguel en el frente, todos ellos defendiendo el papel del poeta oriolano como “poeta del pueblo”, pues siempre había estado con ellos durante la contienda, en los sitios más difíciles y, siempre, el primero en atacar y arengar a los soldados. Éstos, que parecía que sólo sabían de guerras y armas, enseguida se dieron cuenta del papel de Miguel junto a ellos, pues mientras otros artistas de la categoría de Miguel como Alberti y su esposa Mª Teresa León, García Lorca o Bergamín llegaban al frente para hacer homenajes a los caídos o para infundirles ánimos y enseguida se iban, Miguel seguía siempre en el frente, junto a ellos.

 Miguel y Josefina

 

La poca simpatía que siempre sintieron por él García Lorca y Cernuda, seguramente porque Miguel hacía gala de su origen humilde y popular, fue muy conocida en la época en los ambientes literarios (quedan documentos de Neruda y Aleixandre diciéndole a Miguel cuál era la realidad del poeta granadino al que él tanto admiraba). Es cierto que Lorca consideraba al teatro, en la época en que conoció a Miguel, como instrumento mediante el cual se puede educar al público para modificar así los comportamientos humanos y las estructuras sociales del país, de ahí su dimensión social: «El teatro que no recoge el latido social, el latido histórico, el drama de sus gentes y el color genuino de su paisaje y de su espíritu, con risa o con lágrimas, no tiene derecho a llamarse teatro”». Su postura por el necesitado y el más desvalido se pone de manifiesto cuando declara que «En este mundo yo siempre soy y seré partidario de los pobres. Yo siempre seré partidario de los que no tienen nada y hasta la tranquilidad de la nada se les niega. A mí me ponen en una balanza el resultado de esta lucha: aquí, tu dolor y tu sacrificio, y aquí la justicia para todos, aun con la angustia del tránsito hacia un futuro que se presiente pero que se desconoce, y descargo el puño con toda mi fuerza en este último platillo»; hasta el punto de declarar pocos meses antes de morir: «En este momento dramático del mundo, el artista debe llorar y reír con su pueblo. Hay que dejar el ramo de azucenas y meterse en el fango hasta la cintura para ayudar a los que buscan las azucenas». Palabras que ponen de relieve su preocupación por lo social. Pero en el momento en que se conocieron, Miguel seguía en la onda de Sijé y su forma de entender el teatro era la religiosa y conservadora, nada que ver con la que Lorca defendía en aquellos días, y que presagiaba la que muy pronto iba a tomar Miguel con su poesía. Si a este desencuentro literario añadimos el hecho de que ninguno de los poetas que defendió la causa republicana lo hizo desde el frente y que, además, en cuanto se dieron cuenta de que la Guerra Civil se decantaba del lado nacional huyeron de España (Pedro Salinas, Jorge Guillén, Juan Ramón Jiménez, Rafael Alberti, Mª Teresa León, Luis Cernuda…), tenemos a un Miguel Hernández cuya luz brilla por encima de la de todos ellos. Aunque en algunos momentos en que vio cerca su fin pidió ayuda a sus amigos más fieles (Aleixandre, Cossío y Neruda), y es verdad que éstos lo ayudaron en todas las ocasiones en que pudieron hasta el final de sus días, nunca llegó Miguel a plantearse en serio el irse a Chile, como siempre le decía su amigo Neruda, quizá, en parte, porque su querida Josefina no veía porqué había que irse a un país tan lejano ahora que ya tenía un hijo. En cuanto a las relaciones con su esposa e hijo, en este momento eran casi inexistentes excepto por carta. A la muerte de su primer hijo, Manuel Ramón, con solo diez meses de vida, le dedica el poeta la famosa composición “A mi hijo” dentro de su último poemario Cancionero y romancero de ausencias. Pero a la gran tristeza debida a la muerte del hijo que él creía que iba a seguir su camino la sucede una gran alegría: Josefina está de nuevo encinta y acaba por dar a luz a un hijo, Manuel Miguel, al que el poeta ya verá solo en la cárcel. A este hijo le dedicará las famosísimas Nanas de la cebolla cuando recibe una carta de su esposa diciéndole que el niño está enfermo porque ella solo tiene para comer pan y cebolla y no tiene nada para amamantarlo. A esa carta contesta Miguel con lo único que él les puede ofrecer: su poesía, pero pedirá en carta expresamente dirigida a su gran amigo Vicente Aleixandre que ayude a su esposa para que su hijo pueda crecer. Así lo hace no solo el poeta sevillano sino otros muchos de sus amigos, entre ellos de nuevo el dueño de la Casona de Tudanca, siempre presente en los momentos más difíciles del oriolano. Él y otros amigos del ala más liberal de Falange irán al Reformatorio de Adultos de Ocaña a visitar a Miguel para pedirle que olvide sus ideas republicanas porque saben que si lo hace le llegará de inmediato el indulto, pero el poeta va a continuar manteniendo sus ideas hasta el último aliento de su vida. Nada le hace cambiar de idea.

Desde el final de la Guerra Civil hasta el 28 de marzo de 1942, día en que murió el poeta, con una pequeña excepción de más o menos quince días, vivió el resto de su tiempo en la cárcel. Su periplo por las “tan higiénicas” prisiones del franquismo fue parte importante de su prematura muerte, pues en Palencia pasó tanto frío que comenzó a arraigar en él una enfermedad pulmonar, que pasaría a ser bronquitis muy fuerte, neumonía después y finalmente se convertiría en el bacilo de Koch, la tuberculosis. De su vía crucis por las cárceles españolas del momento nos dan cuenta muchos recuerdos de personas que estuvieron con él en las distintas penitenciarías, pero quiero ahora rememorar los 2 que me han parecido más interesantes y de mayor calado personal, pues se refieren a personas que han sido importantes en la España posterior. El primero de ellos se refiere al humorista Miguel Gila, que tanto nos hizo reír con sus conversaciones telefónicas:

 

«A pesar de mi voluntario aislamiento, una mañana se acercó a mí uno de los presos y me preguntó si era dibujante, pues pasaba las horas haciendo dibujos. Le dije que solamente era aficionado. Me mostró un dibujo, muy infantil, de una cabra, que había hecho él para su Manolillo. Le dije que me gustaba y se alejó sin decir una palabra. Poco después se me acercó otro preso y me preguntó si no había conocido a aquel compañero. Cuando dije que no, él me contestó: “¡Es Miguel Hernández, el poeta!” Yo conocía a Miguel porque al igual que Alberti, se había acercado al frente para leernos sus poemas, pero el Miguel Hernández que yo había conocido en el frente era un hombre rústico, macizo, con ojos brillantes y mandíbula fuerte, y el Miguel que ahora paseaba por el patio de la prisión de Torrijos tenía movimientos lentos y sus ojos apenas se entreabrían. Las palizas recibidas por la Guardia Civil y las autoridades franquistas le habían marcado muy hondamente. Un día, cuando no lo esperábamos, llegó la noticia: “Por orden de su excelencia el Generalísimo todos los presos que no hayan sido juzgados en el día de la fecha, quedan en libertad.” Cada uno de nosotros salió de allí con un destino diferente.»

 

Este momento al que se refiere Miguel Gila es el único en que Miguel pasa fuera de la cárcel desde que terminara la guerra. Esta fue una gracia del dictador que dejó a Miguel y a otros muchos en libertad, pero cuando Miguel creía que ya no tendría que volver a la cárcel, fue enseguida capturado en Orihuela, menos de un mes después de haber sido puesto en libertad, pues se había abierto para él una nueva causa: iba a ser juzgado por un delito de adhesión a la rebelión militar, y finalmente su condena sería la de pena de muerte. Ante tan terrible decisión será su amigo Cossío y los amigos de éste que pertenecían al ala más liberal de Falange quienes volverían a luchar para que le conmutaran tal pena por la de 30 años y un día de prisión mayor, lo que conseguirán finalmente. Al ser cambiado de prisión, coincide en la cárcel de Conde de Toreno con un entonces pintor y después dramaturgo que pasaría por un sufrimiento cercano al de Miguel, Antonio Buero Vallejo, que posteriormente llevaría a las tablas obras de fuerte crítica al régimen totalitario franquista como Historia de una escalera, En la ardiente oscuridad, Un soñador para un pueblo, El sueño de la razón produce monstruos o Las Meninas. Buero Vallejo recuerda el famoso dibujo que había hecho de Miguel en la cárcel:

 

«Yo estaba en la galería de condenados a muerte y llegó Miguel. Me acerqué a él y le recordé Benicasim. Lo llevaron también a la galería de los condenados a muerte, en la que yo estaba. Venía reclamado por uno de los juzgados de Madrid. El caso es que convivimos en esa galería durante unos cuantos meses. Allí teníamos 40 ó 50 centímetros por persona. Para darnos la vuelta teníamos que avisar y entonces… media galería se daba la vuelta. En esta prisión hice mis primeros retratos carcelarios. El de Miguel era un rostro que no se podía excusar. Era un hombre que pasaba con facilidad de lo taciturno a lo expansivo. En la etapa expansiva contaba chistes, a veces subidos de tono, claro, o canturreaba; en las etapas taciturnas hablaba poco, sólo lo indispensable, y le daba vueltas a las cosas. Dentro de todo, Miguel y los demás nos las ingeniábamos para pasarlo lo mejor posible, a pesar del miedo. Yo he visto salir para ser fusilados a muchos compañeros de la galería, incluso he tenido la seguridad de que en algún momento me iban a llevar a mí.»

 

Quienes en los momentos más difíciles de su enfermedad podían ayudarlo, don Luis Almarcha y los que decían que eran sus amigos en Orihuela, no lo hicieron, muy al contrario, solo intentaban salvar su alma pero olvidaban que lo que a Miguel le dolía era el cuerpo. Don Luis Almarcha hizo creer a la familia que no tenía influencia directa sobre el Caudillo para ayudar a Miguel en sus últimos días, cuando las últimas investigaciones demuestran que el futuro obispo de León estuvo al lado del General desde el final de la Guerra hasta la muerte de ambos, en los años 70, y que gozó de su confianza plena por delante de personalidades de la máxima confianza del dictador como el falangista Agustín Aznar, Carrero Blanco, Pilar Primo de Rivera o Girón de Velasco. Esto demuestra, como muy bien ha afirmado Ramón Pérez Álvarez, que el vicario nunca quiso ayudar a Miguel, y que sólo lo hizo cuando ya todo estaba perdido no sin que antes Miguel accediera a su casamiento eclesiástico con Josefina en la penitenciaría. Claro, ya no había nada que hacer con el cuerpo, pero para el vicario su alma estaba salvada a los ojos de la Iglesia y podía morir en paz. El 21 de marzo de 1942 se autoriza el traslado del preso al hospital de Porta-Coeli, por fin, desde la Dirección General de Prisiones, pero ya ningún doctor se atreve a mover aquel cuerpo casi sin vida. El 27 de marzo aún lo visitan en la prisión su esposa y su hermana Elvira, pero ven que está a las puertas de la muerte. Quien oye el último grito desesperado del poeta “¡Ay, hija, Josefina, qué desgraciada eres!” no es otro que el recluso Joaquín Ramón Rocamora, que hizo de los últimos días de Miguel un territorio menos hostil.

Hoy muchos creemos que ésta no fue solo una pérdida irreparable sino difícil de explicar. Como decía Neruda, “aquel momento de España lo desterró a la sombra”, lo que para muchos de nosotros hoy equivaldría a decir que fue la historia, nuestra historia, la que nos dejó huérfanos de un poeta que, de haber continuado escribiendo, hoy sería el poeta más conocido y considerado no sólo en España, sino también a nivel mundial, pues su poesía, mezcla de lo popular, la Naturaleza, lo aprendido en la vida y la decisiva influencia de la visión del arte del grupo de Vallecas y de sus amigos Neruda y Aleixandre, es un arte hoy sin seguidores.

Sin él, gran parte de mi generación habríamos sido huérfanos, sin saberlo siquiera, de una poesía que para nosotros supuso un avance en nuestra forma de pensar y un conocimiento más profundo de grandes ideas que sólo él supo transmitir en una época tan difícil como la que le tocó vivir.

Por Miguel, para Miguel y gracias a Miguel, “el poeta de la luz”, este nuevo homenaje para dar a conocer su persona y su obra, que espero aliente muchos corazones en los momentos difíciles. Que la luz que te alumbre y nos alumbre sea eterna.

 

 

 

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