Las formas de aprendizaje, la actividad física y el rendimiento de los alumnos

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“Creo que puedo aprender todo”.

Tally Atwater (Michelle Pfeiffer), en la película ‘Íntimo y personal’

 

Es verdad. Es un axioma en educación. Más allá -y más acá- del efecto Pigmalión, las expectativas que tenemos de nuestros alumnos tienen una repercusión determinante en su autoestima y, en consecuencia, una influencia y respaldo en su rendimiento y aprendizaje. Paradójicamente solemos, en general, inflar nuestro tiempo escolar en reuniones interminables, o que deseamos que acaben de una vez, hablando de recursos, programas, actividades y evaluaciones -que, en el mejor de los casos, inciden en pequeña proporción en el niño-, sin evaluarnos si ese niño aprende, ‘se mueve’ -a pesar de sus cuatro horas y media amarrados al duro banco gongorino, o cinco si se quedan sin recreo- y su rendimiento es acorde con lo que, como profesionales y educadores, previamente hemos adrizado.

Tantos papeles y tinta de impresora muchas veces no nos dejan ver porque, con El Principito, “lo esencial es invisible a los ojos” y nosotros mismos solapamos el aforismo según el cual una predicción, un augurio o previsión -como se quiera- que hemos realizado de una manera satisfactoria hasta su conclusión son una probabilidad y una gran esperanza de que sea una llamada que provoque en los alumnos modos y estilos de conducta y de aprendizaje tales que ese potencial que hemos proyectado se renueve y se transforme en algo axiomático y auténtico, que no necesita demostración.

Aprendemos, y los niños también, mediante un armazón o andamiaje perfectamente coordinado de elementos compuestos de principios emocionales, anímicos y cognitivos que constantemente están interviniendo y terciando en nuestra respuesta a sentidos y ópticas didácticas y pedagógicas diversas, incluso opuestas.

Dan prueba de ello, curiosamente, ciertas asignaturas que tradicionalmente estuvieron etiquetadas como marías porque precisamente no se las evaluaba con exámenes rígidos y ‘serios’, pero que los alumnos asistían a ellas con fruición, sintiendo un inusitado placer escolar a la hora del timbre que llamaba al cambio de clase. Era y es el caso de la Educación Física. ¿Será que con el deporte se acrecienta el interés y provecho escolar?, ¿será que con él se regenera y enriquece nuestra mente y la de nuestros alumnos? Sí. El ejercicio corporal y el trabajo natural y físico no solamente aumentan el vigor, la energía y el equilibrio somático o afectivo y anímico, sino además la sana y suficiente situación intelectual que va a autorizar y posibilitar un aprendizaje mayor y más especializado.

 

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“Danza de Cogul, en Lérida. Pintura rupestre en la que varias mujeres bailan en torno a un hombre desnudo. El baile en la Prehistoria es el inicio del movimiento organizado del cuerpo, lo que hoy llamamos ejercicio”.

 

Cualquier trabajo de investigación en este campo nos desvela que el ejercicio físico es tan importante para el músculo de la vida, el corazón, como para los músculos del cerebro. Así, no solo recupera continuamente los circuitos cardiovasculares o el sistema inmunitario, por ejemplo, revirtiendo palmariamente a aquellos motivos saludables de buen ánimo, de alegría o entusiasmo que determinan nuestras acciones, sino que, también, todo el mundo está de acuerdo en que el deporte, una caminata, una excursión, son por sí solos los motores para cambiar y transformar todo el marco biológico, neuronal y químico y la distribución en ese medio de todos sus elementos, que no dejan de ser los fundamentos que cooperan en la conducta y en el buen aprendizaje. Debemos atender que esta gracia, estos buenos resultados, pueden alcanzarse en cualquier etapa de nuestra vida, pero las proporciones y resonancias educativas y pedagógicas son colosales.

En educación, no se ignora del todo el esquema del aprendizaje auditivo, visual y cinestésico, según el cual todos apreciamos un modo sensorial por el que más nos inclinamos y del que más nos aprovechamos. De tal manera que si educamos y enseñamos individualizadamente cuidando estas ventajas y particularidades sensoriales, nuestros alumnos alcanzarán un notable enriquecimiento y adelanto en su aprendizaje; así, no todos los alumnos aprenderán mediante esquemas, gráficos o planos con el mismo énfasis que el alumno visual, mientras que al auditivo le será más fácil el aprendizaje gracias a las reseñas o relatos orales; finalmente, el mayor éxito para los cinestésicos se logrará manejando y maniobrando las cosas y los elementos necesarios para ese aprendizaje.

 

“Somos únicos e irrepetibles, de la misma forma que la realidad de nuestros alumnos también es impar e incomparable para cada uno de ellos, entendiéndola de distinta guisa”.

“Somos únicos e irrepetibles, de la misma forma que la realidad de nuestros alumnos también es impar e incomparable para cada uno de ellos, entendiéndola de distinta guisa”.

 

Según Jesús C. Guillén[1], preguntados 932 profesores de un total de cinco diferentes países su opinión acerca del valor, la utilidad o la bondad de la hipótesis anterior, las contestaciones positivas resultaron aplastantes[2]:

 

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El cerebro, en este caso el humano, por su maleabilidad y versatilidad, posee la descomunal ventaja de variar y transformar su conformación y contextura, y su actividad, por medio de la acción recíproca con el ámbito y ambiente. Así ha sido siempre, desde los primeros vagidos de las cavernas, mediante un desarrollo gradual e inalterable de acomodación y conservación de nuestra especie a lo largo de millares de años, lo que ha posibilitado que nuestro cerebro haya tenido sobresalientes avances[3]. En todo esto, el papel del ejercicio y actividad física es incontestable y ha protagonizado una tarea y una función neurálgicas. Cuanto más, si la síntesis de las aptitudes del conocimiento en los ejercicios cinéticos ha sido esencial, de imperativo categórico, es decir, imprescindible para la conservación del hombre, tampoco es aventurado decir que nuestro “caballito de mar”, el hipocampo -necesario e insustituible para la llamada memoria explícita, consciente y deliberada, y por lo tanto para el aprendizaje-, resulta ser un área cerebral de las más influidas por la actividad física[4].

 

La memoria explícita alberga los recuerdos. Es la que asimilamos más común y genéricamente con lo que entendemos con ‘memoria’. Sin embargo, la memoria implícita o procedimental quizás sea más trascendental. De cualquier manera, ambas no son demasiado bien tratadas  en el imaginario docente.

La memoria explícita alberga los recuerdos. Es la que asimilamos más común y genéricamente con lo que entendemos con ‘memoria’. Sin embargo, la memoria implícita o procedimental quizás sea más trascendental. De cualquier manera, ambas no son demasiado bien tratadas en el imaginario docente.

 

 

[1]Guillén, J. C. (2014). Estilos de aprendizaje visual, auditivo y cinestésico: ¿mito o realidad? Escuela con cerebro.

 

[2]Howard-Jones P. (2014). Neuroscience and education: myths and messages. Nature Reviews Neuroscience, 15.

[3] Guillén, J. C. (2015). ¿Puede el ejercicio físico mejorar el rendimiento académico? Escuela con cerebro.

[4]Gómez-Pinilla F. y Hillman C. (2013). The influence of exercise on cognitive abilities. Comprehensive Physiology 3, 403-428.

Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad de Oviedo con la defensa de la tesis “La educación en la obra del Dr. D. Enrique Diego-Madrazo y Azcona”, su verdadera vocación es la de maestro, profesión en la que ha ejercido como director del C.P. Pedro Velarde -Muriedas (Cantabria)- en los tres últimos años de su actividad docente.

Publicaciones.-
“Enrique Diego-Madrazo, un precursor pedagógico relevante” (2009). Centro de Recursos, Interpretación y Estudios en materia educativa. Polanco (Cantabria).
Coordina y escribe con otros autores “Colegio Ped… seguir leyendo

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