El décimo trabajo de Hércules

Heracles

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Autor:  Andrés Luis Moreau

Cuando un pueblo alcanza cierto grado de madurez y de conciencia colectiva, y su supervivencia diaria deja de ser una prioridad vital, comienza a reflexionar sobre otras cuestiones de índole menos material, de esencia más intelectual o espiritual. Es en ese momento cuando la mirada se vuelve a los grandes interrogantes sin respuesta, y es en ese momento también, cuando surgen las leyendas, las historias que de una forma y otra ayudan a explicar unas cosas y a forjar otras. Es en ese momento cuando los pueblos construyen sus fábulas, sus enseñanzas, sus ritos, sus moralejas… en una palabra, su mitología. ¿Cómo debe ser la intensidad de cualquier fenómeno para dejar una huella tal en la memoria colectiva, de manera que ese fenómeno acabe por formar parte de la mitología de un pueblo? El sol, el rayo, la tempestad, la primavera, el día, la noche, el tiempo, la belleza, el amor, el volcán, la muerte… poderosos conceptos; los más poderosos de la naturaleza. Los que marcan a un pueblo a través del éxtasis o del trauma, para acabar fundidos en su mitología. Hasta aquí todo normal… ¿Pero qué ocurre cuando ese fenómeno que acaba por ser mitología, no es un fenómeno, sino otro pueblo? ¿Qué ocurre cuando un pueblo es admirado por las demás civilizaciones, cuando éstas cruzan el mar en su busca? ¿Cómo debería ser percibido cuando los más grandes creadores de mitología se inspiraron en él y le adjudicaron uno de los tres trabajos más difíciles del más grande de sus héroes? ¿Cómo serían los días de esplendor de un pueblo que acaba inspirando las historias de otros pueblos? Sin duda, estos otros pueblos deberían de percibir a aquél como algo enorme, inalcanzable, maravilloso, gobernado por reyes sobrehumanos… Así es como estos pueblos debieron percibir la grandeza de Tharsis.

 

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Heracles luchando con Gerión. Ánfora datada en ca. 540 a. C. Museo del Louvre.

 

La luna brillaba en lo alto, iluminando con nitidez el prado suave donde el rebaño pastaba a su antojo. No había cercas ni vallado; sólo dos perros pastores, enormes y únicos hermanos de la misma camada, guardaban el ganado. Más como seguro ante la dispersión del mismo que como guardianes ante imprevistos ladrones. No muy lejos, tumbado en la hierba con su manto como reposo para la cabeza y su zurrón y el odre al alcance de la mano, el pastor se dedicaba a comer y beber con parsimonia; los ojos soñadores fijos en la luna, la mente volando por el infinito, y el cuerpo confortado por la bondad de la temperatura. Era un hombre joven, apenas poco más que un muchacho; y aunque podría dedicarse a otras labores distintas al pastoreo, amaba la paz y la libertad de aquellas noches a la luz de la luna, con el rumor del rebaño cercano, y la presencia amable y cariñosa de los perros, que pasaban de uno en uno a echarle un vistazo cada cierto tiempo, a la búsqueda también de algún trozo de vianda del zurrón que siempre les caía en sus fauces cual regalo de la diosa. Aquella noche se sentía inspirado. Los animales dormitaban, la luna soñaba, y el joven pastor imaginaba versos y melodías. De repente creyó oír un sonido a la izquierda de donde se encontraba. El viento soplaba hacia aquel mismo lugar. Miró a uno de los perros, a su derecha, separado de él pero al alcance de su vista. El can había levantado la cabeza, las orejas tiesas, el hocico husmeando el aire. El perro acabó por volver a enroscarse sobre sí mismo y a esconder la cabeza entre las patas, por lo que el joven pastor volvió a sus ensoñaciones y a sus melodías.

No demasiado tiempo después, los ladridos del otro perro sonaron recios en la distancia. El que estaba más cerca del joven saltó como impulsado por un resorte y en seguida se perdió a través del rebaño en dirección al lugar en el que sonaban los ladridos de su hermano. El pastor se incorporó, tomó un silbato de su zurrón y lo hizo sonar con fuerza llevándoselo a los labios, cogió la honda con la que practicaba puntería en las numerosas horas muertas del pastoreo, y corrió siguiendo el rastro que el perro iba abriendo en el rebaño ante él. La sangre retumbaba en sus oídos, al ritmo que su corazón comenzaba a marcar para acompasarse a la carrera. Los aromas de la noche se mezclaban en su nariz con los provenientes del rebaño, inundando todo su sentido del olfato. ¿Qué clase de bestia podría alterar la quietud de una noche tan bella?

Al rebasar la última línea del ganado descubrió un buey muerto con una flecha en el cuello. Los ladridos de los dos perros sonaban un poco más lejos, perdidos en la espesura. El joven apretó más aún en su carrera. La bestia era una de dos piernas y dos brazos, pues aquella flecha era prueba de ello. La indignación y el enfado se iban apoderando de él conforme avanzaba en su camino. El sonido de los canes se hallaba ya próximo cuando descubrió una maza de madera de olivo tirada de cualquier forma. Sin duda el ladrón la había perdido en su huida; muy valiente para matar a distancia a un buey con una flecha, pero no tanto como para enfrentar a un perro cara a cara, ni siquiera con una maza en la mano. Continuó en su carrera hasta que vio a los dos perros ladrando furiosos en torno a un árbol de tronco regular. A mitad de camino hacia la copa había un hombre encaramado. Llevaba un carcaj en bandolera, y en el suelo se hallaba un arco que sin duda habría perdido en su poco honrosa y heroica escalada por el tronco.

- ¡Eh! ¡Aquí!

A la voz del joven, ambos perros cesaron en su actitud y caminaron dócilmente hasta él, sentándose a su lado. Se quedaron mirando al ladrón, mostrando los dientes de vez en cuando en señal de advertencia.

- ¿Quién eres? ¿Por qué has matado uno de nuestros bueyes? ¿Qué es lo que buscas aquí?

El fugitivo estaba ataviado de una forma extraña, y hasta allí abajo llegaba el olor que desprendía. No era raro que hubiera sido descubierto por uno de los perros, aunque hubiera tenido la precaución de colocarse en contra del viento frente al otro.

- ¡Responde a mis preguntas! ¡No haciéndolo sólo estás empeorando tu situación!

El ladrón permaneció en silencio, moviendo la cabeza de un lado a otro como en busca de una posible vía de escape.

- Muy bien, tú lo has querido.

El pastor tomó una piedra de mediano tamaño. No sería un impacto mortal, pero sí acabaría con la resistencia hipotética del asaltante nocturno. Éste, al ver lo que estaba a punto de pasar, trató de ponerse a cubierto tras el tronco del árbol. Pero su peso, el precario equilibrio, y una rama demasiado endeble para él, propiciaron su caída. El joven corrió hacia el ladrón, que se removía aturdido en el suelo. Usó las tiras de su honda para inmovilizarle las manos; la presencia intimidadora de los perros hizo el resto. En ese momento, Menetes llegaba a la carrera. Había acudido al oír la llamada del silbato del joven, dejando su propio rebaño pastando en una colina cercana.

- ¡ Euritión! ¿Qué es lo que ocurre aquí? ¿Todo bien? ¡Euritión!

- No te preocupes, todo está bajo control. Parece que hemos atrapado un ladrón.

- ¡Apesta!

Menetes arrugó la nariz mirando con desagrado al prisionero.

- Sí, no es muy grato estar a su lado.

- ¿Qué vas a hacer con él?

- Corre a la ciudad. Avisa a la guardia. El rey debe saber que tenemos ladrones extranjeros en nuestros dominios.

- ¿Extranjeros?

- O extranjero, o mudo. No ha dicho ni una palabra. Corre, muchacho, no te entretengas por el camino.

- De acuerdo, voy volando.

Euritión vio cómo Menetes se perdía camino de la ciudad. Luego volvió la mirada al extranjero que permanecía sentado apoyando al espalda contra el tronco del árbol del que había caído. Miraba con recelo a los dos perros que lo custodiaban vigilantes.

- Bueno, mi estúpido amigo. A ver qué es lo que hacemos contigo ahora. Mucho me temo que al rey no va a gustarle nada tu hazaña.

El extranjero miró su arco y las flechas, desparramadas tras la caída. Un brillo homicida pasó fugaz por sus ojos.

- Ya, ya…. Si las tuvieras en las manos, a la distancia suficiente… no tardarías en matarnos a los tres, ¿verdad?

Eritrión dio un suave capón en la coronilla del hombre, apenas un revoloteo en el largo y sucio cabello.

- No te enfades, hombre. El rey es un soberano magnánino. No te irá muy mal después de todo…

 

10

 

La tradición oral narraba el devenir de los días en los que los ancestros se refugiaban en las cuevas de todo el levante, decorando techos y paredes de las grutas con escenas rituales de caza y pesca, de la vida misma, de la gratitud de las gentes hacia la Diosa Madre y el Recolector de Miel. Hacía mucho que su pueblo dominaba el arte de transmitir ideas y plasmarlas en soportes materiales, pues lo escrito en la piedra perduraba más que lo hablado en el aire. No podría decir cuánto tiempo hacía desde que sus antepasados abandonaron las cuevas del levante y pasaron a seguir el curso del gran río hasta llegar a las orillas del inmenso océano, pero estaba seguro de que ocurrió cientos de años antes. Como vestigio de aquella transición del levante al poniente, había erigido el santuario de Cancho Ruano, también como punto de enlace en los caminos de ida y vuelta. Y como recuerdo de aquellos lejanos días de grutas, fuego y pinturas de cenabrio a la luz de las antorchas, quedaba también esa forma de hacer, ese legado ancestral que sin duda transmitirían también a sus descendientes, pues en aquella tierra fértil llevaban asentados más miles de años de lo que la mente humana y la tradición oral o escrita, eran capaces de recordar.

Hacía ya algunas décadas que llegaron del mar los navegantes interiores, con sus ojos rayados con khol, su piel aceitunada, y sus incómodos ropajes. Llegaron atraídos por la fama del reino y de sus riquezas, y montaron sus tiendas y centros de comercio cerca de los principales pueblos costeros del reino. Traían productos extraños y su gente los valoraba y apreciaba, dejándolos a cambio de la plata y los minerales a los que los extranjeros daban tanto valor. En realidad, éstos sólo eran un conglomerado de tribus de estafadores y traficantes de baratijas, acostumbrados sin duda a engañar a quienes hallaban en sus viajes. Pero el pueblo de la Diosa y del Recolector de Miel era un pueblo pacífico, hábil, civilizado, que no era amigo de la guerra ni mostraba ambición por aquellos minerales. Por eso la tierra se los entregaba tan generosamente, y por eso ellos lo compartían. Aunque aquellos timadores llegados desde Fenicia creyeran que los engañaban, y más tarde contaran falsas historias sobre las relaciones entre ambos pueblos, y sobre qué pueblo influyó al otro. Pero él sabía la verdad. Sabía cómo aquellos extranjeros aprendieron cosas acerca del metal y la orfebrería allí, a orillas del gran río. Sabía cómo aprendieron técnicas de navegación en el gran océano, más allá del mar interior que ellos surcaban. Sabía cómo aprendieron cosas sobre lengua y escritura. Sabía cómo civilizaron a su ruda Tanit, tomando atributos de la Diosa del Cielo y de la Tierra, dueña de aquellas tierras. Igual que sabía que adornaron a su Melkart con atributos propios del Recolector de Miel. A fin de cuentas, el pueblo del gran río era miles de años más antiguo que aquellos fenicios; era normal que el pueblo más joven se dejara influenciar por el más vetusto y sabio. Aunque también sabía que aquellos embaucadores vestidos de comerciantes disfrazarían la verdad y la presentarían de forma distinta a como era en realidad.

Con todo, eran tiempos difíciles. El reino estaba dividido en tres regiones desde tiempo inmemorial. Un joven elegido por la asamblea de ancianos se encargaba de cada una de las regiones, habiéndole correspondido a él Gerión, el gobierno de la región central. Gárgoris se encargaba de la región oriental mientras Habis gobernaba la occidental. No lo había deseado, no le gustaba tener que hacerlo… pero el deber es el deber, y hacía ya casi tres años que la responsabilidad recaía sobre sus hombros. El problema que llegaba ahora era mayor que el representaban los fenicios con sus artes del timo y el engaño, y Gerión vislumbraba que podría acabar en tragedia en algún momento del futuro. Los farsantes fenicio podrían ocasionar, como mucho, una pérdida material en caso de que fuesen capaces de engañar a alguien de allí. Pero el nuevo problema…

- Mi señor, ¿me oyes?

Gerión miró a su interlocutor, un hombre de su misma edad aproximada, piel curtida, pelo largo y enmarañado, y poblada barba. Se habían cubierto el cuerpo con una piel de león al llegar, cuya pestilencia anunciaba su llegada desde bastante distancia.

- Sí, sí. Discúlpame.

No era un prodigio de la sabiduría, nada más lejos de la realidad. Su aspecto era el de un bárbaro, su grado de civilización casi inexistente, y Gerión tenía la certeza de que aquel extranjero proveniente de la Hélade, sería capaz de matarlo sin un solo pestañeo. Los fenicios robaban; los helenos destruirían, saquearían y mataría.

- Te decía que cómo podríamos arreglar todo esto de alguna forma satisfactoria.

Decía ser hijo de un dios y una mortal, hallarse al servicio de un rey, y tener por delante una pesada labor cumpliendo las imposibles tareas que éste le encomendaba. Una de esas tareas, la décima en concreto, había sido llegar hasta allí; hasta aquel legendario reino de Tharsis y robar los rebaños del poderoso rey Gerión.

- Creo que algo puede ocurrírseme. ¿Dices que nadie en aquel reino del que procedes ha estado nunca aquí?

- No, mi señor. Sólo sabíamos de su existencia a través de algún contacto con marinos fenicios.

- Bien…

¿Así que aquellos bárbaros creían que llegar hasta allí y robar un simple rebaño era una de las tres tareas más complicadas que encomendar al hijo de un dios? Verdaderamente, debían de hallarse poco menos que entre tinieblas.

- Naturalmente, no podrías llevarte uno de nuestros rebaños por la fuerza.

- Naturalmente que no. No es esa mi intención tampoco.

Gerión pensó que no era su intención… porque había sido descubierto por Ortro y Cerbero, cuyos ladridos hicieron acudir a Euritión, el encargado de los rebaños, quien redujo y atrapo al extranjero ladrón.

- Aún así… es mucho más fácil pedir las cosas que robarlas. Por no hablar de honradez… Y compartirlas es más fácil que protegerlas. Por no hablar de utilidad.

El extranjero extravió su mirada. Parecía hallarse perdido, lejos de las espadas, los gritos y la sangre. Triste civilización cuyo dios envía a su hijo al saqueo y al asesinato.

- Sí, tienes razón, mi señor. Creo que no supieron darle a este encargo la dimensión apropiada.

- Verdaderamente no. Tharsis es un reino hospitalario desde los albores de la humanidad. Esta tierra ha sido habitada por gentes abiertas y pacíficas desde siempre. La vida, la paz y la armonía son los más bellos regalos divinos. No entendemos por qué hay hombres que se afanan en el conflicto, la guerra y la muerte.

Caminó llevando del brazo al extranjero hasta el ventanal que asomaba al verde prado en el que pastaba un numeroso rebaño guardado por Ortro, el enorme can del que el extranjero guardara un ingrato recuerdo. No había rastro de Cerbero, su hermano.

- Mira estas tierras, este rebaño. No necesitamos cercados, ni guardias; no somos ladrones. Llévate ese rebaño. Vuelve a tu hogar, si es que lo tienes, y cuenta allí que los tres reyes de Tharsis son generosos. Cuenta cómo te hemos acogido, y cómo hemos compartido contigo aquello que teníamos y que tú necesitabas.

El extranjero miró a Gerión con mirada inquisitiva, sin comprender muy bien lo que se le estaba diciendo.

- ¿Quieres decir que soy libre de marcharme?

- Siempre lo has sido. Tampoco somos carceleros. No soy un monstruo; Tharsis no necesita gigantes de tres cuerpos que la gobiernen. Es inmensa por sí misma y tiene tres reyes humanos con un cuerpo humano, uno para cada una de sus regiones. No tienes que luchar conmigo ni con los otros dos reyes. No tienes por qué robar el rebaño.

Gerión hizo un gesto con su brazo.

- Ahí lo tienes, puedes llevártelo sin lucha… Aunque no te confundas; no es cobardía. Es la generosidad de quien sabe que la lucha no forma parte de las cosas bellas de la vida.

- Muchas gracias, mi señor.

El rey miró de nuevo al extranjero.

- No olvides contar que has sido mi huésped, no mi prisionero. No olvides contar que has encontrado acogimiento, y no rencor. No olvides contar que has encontrado regalos, y no conflictos. Y no olvides contar que no has tenido que robar ni matar a nadie aquí.

- No, mi señor. No lo olvidaré.

Gerión volvió la mirada al exterior, dando por terminado el encuentro.

- Ahora, Heracles, amigo mío, es hora de que retornes a la Hélade y le hables a sus gentes del reino de Tharsis y de sus tres reyes.

- Así lo haré. Gracias una vez más.

Tras oir los pasos de Heracles abandonando la estancia, el rey se volvió y paseó por la galería de su palacio. Fuera se escuchaban los primeros rumores de los pastores reuniendo el rebaño e iniciando su traslado a la nave que lo transportaría junto a Heracles, a la Hélade.

- Volverán. Puede que no en esta generación, pero volverán. Ese salvaje llegará a su tierra y contará una sarta de mentiras de la que gustan allí. Contará que luchó, mató, robó y venció, pues de esa pasta están hecho los héroes de su país. Tal vez cuente que Tharsis tiene tres reyes en uno, ¿quién sabe?. Igual se le ocurre que nuestros rebaños los guarda un perro con dos cabezas. Sea como fuere, no se conformará con decir me descubrieron dos perros mientras trataba de robar una oveja, me redujo un solo hombre de un capón, y el rey me puso en libertad tras regalarme un rebaño entero. No…así no se construye la fama del hijo de un dios.

Gerión entró en la sala del trono, sede del poder real desde donde dirigía la región central del reino. Ídolos en piedra, hueso y metal adornaban la sala. Distintos tamaños, distintas épocas, representado a la Diosa desde tiempo inmemorial hasta el pequeño bronce hecho por los fenicio en el que su Tanit tomaba los atributos de la Diosa como reina de las marismas y de los cielos; un inútil gesto de congratulación, pues Tanit siempre sería una diosa nueva y joven al lado de la Diosa del Cielo, por mucho que los fenicios se afanasen en tartesizarla. Igual que ellos mismos serían por siempre un pueblo de timadores, por mucho que tratasen de disfrazarse de mercaderes. Igual que sus supuestas colonias no eran más que un puñado de chozas levantadas junto a viejos y ricos asentamientos de las gentes de Tharsis.

- Volverán. Cuando se les olvide el miedo al relato de Heracles, o cuando la necesidad o la ambición les empuje, o cuando quieran saquear las riquezas de Tharsis que Heracles convertirá en míticas. Pasarán una o cinco generaciones, ¿quién sabe? Pero cuando llegué el momento, volverán; y traerán la sangre, la guerra y el dolor.

Caminó hasta sentarse en su trono de madera, símbolo de la futilidad del poder terrenal, de su temporalidad. Un trono que ardería con el rey en su pira funeraria, como ocurría desde siempre. Como ocurriría para siempre.

- Volverán y nos someterán. Expulsarán a los fenicios. Se harán con sus ciudades, con sus riquezas. Saquearán nuestras minas, harán suya nuestra civilización, del mismo modo en que ya lo han hecho los fenicios.

Se sentó en su trono áspero y duro, recordatorio también del carácter temporal de las comodidades del poder.

- Los fenicios los falsearan todo para darse a valer ellos. Dirán que nos civilizaron, que nos influyeron, que fundaron nuestras ciudades… Pero son cobardes, no osarán enfrentarse a nosotros.

El rey se despojó de su corona de vegetales y de su cinto real, colgándolos del brazo del trono.

- Los helenos también lo falsearán, pero justo al revés. Nos convertirán en un reino mítico al que conquistar. De ese modo, al conquistarnos a nosotros, se situarán a ellos mismos por encima de la leyenda de Tharsis.

Una solitaria lágrima resbaló por la mejilla del poderoso Gerión, rey de la región central de Tharsis; hermano en el trono de Gárgoris, en el Este, guardián de los secretos del Recolector de Miel; hermano en el trono de Habis, en el Oeste, guardián de los secretos de la Diosa del Cielo, que permitían cultivar la tierra.

- Vendrán los siglos y enterrarán la gloria de Tharsis, cuyas gentes decoraron las grutas por miles de años, escribieron sus historias cientos de años, adoraron a la Diosa antes de nacer Tanit, y florecieron en su cultura ante de los helenos fueran siquiera un puñado de tribus. Y ellos, con su Tanit prestada, con su Heracles de mentira… ellos gobernarán la historia y hablarán de Tharsis a los hombres del futuro… Pero sólo les hablarán de aquello que convenga a sus intereses, de la verdad de la historia de Tharsis, el primer pueblo, la primera civilización del continente donde se acaba la tierra, no se hablará jamás. Al menos, no hasta que alguien recuerde que nosotros ya estábamos aquí mucho antes de que la primera civilización naciera…

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