Por qué dejar de ver Juego de Tronos

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Un muerto más sobre la carretera. Un nuevo político imputado. Otro atentado dantesco en el barrio de una ciudad habituada a asfaltar sus calles de púrpura. Otro juicio por tráfico de influencias y cohecho. Otro nuevo caso, más horripilante si cabe, ¿es posible?, de violencia de género. Otra manifestación reprimida. Otro secuestro violento a cargo de una mafia con alcurnia. Otro maletín rebosante. Otro grupo terrorista. Otra balsa a la deriva. Otra trama. Otra guerra.

Fin del telediario.

Y justo a continuación, sin apenas tiempo para despeinarnos, pero sin sensación de cambio: un capítulo de Juego de Tronos.

Le invade a uno la percepción de que no ha habido un salto entre realidad y ficción. Y nada tiene que ver con esa continuidad de mundo que ofrece la pantalla. Siento, incluso, aunque sea tirarme sin paracaídas, que se trata de un paso lógico, de una circunstancia propia de un mismo tiempo histórico: ni antes ni después se nos erizarán los caballeros: es una misma indiferencia. Los muertos del Mediterráneo son como los de los Lannister: desde el sofá la muerte no hiede. Si las series televisivas hachebeodianas constituyen ese entretenimiento mórbido a costa de personajes ficticios, los telediarios suponen artefactos a costa de seres anónimos reciclados en listas de números: trescientos mil contribuyentes estafados, doscientos cincuenta y cinco detenidos, doble infanticidio. Aún peor: otro ladrón, otra lapidada, otro inmolado. Asistimos a la cúspide absoluta de la deshumanización: el momento en el que las peores noticias para el hombre se resumen con un pronombre indefinido: otro, esto o aquello.

Si la corrupción es la nota dominante de nuestros días ¿hay algo de sorprendente en que Juego de Tronos sea el fenómeno de nuestro tiempo? ¿Queremos que nuestros políticos dejen de ser como aquellos personajes que adoramos? ¿Pretendemos compadecernos de los que sufren acostumbrados como estamos a la contemplación indiferente de una sucesión de actos deleznables? El problema no son las vísceras: el problema son las vísceras sin nombre y sin fundamento. Salvar al soldado Ryan, siendo una reproducción que no escatima en explicitud, se piensa como buen modo de comprender, para evitar, las consecuencias verdaderas de la guerra. A veces siento que en todos los que disfrutan del juego GTA o de la película SAW hay un perturbado en potencia. Y estoy seguro de que Juego de Tronos promueve precisamente nuestra indolencia al buscar un regodeo constante, monótono, repetitivo hasta la hipnosis, en lo truculento y en lo corrupto.

Dejé de ver Juego de Tronos no solo porque constituye un sinsentido aristotélico –lo posible inverosímil–, en donde la trama, tras la sucesión de todas las maneras posibles de matar y de conspirar, se estanca circularmente hasta desvanecerse y desvelar por detrás del telón a unos guionistas titireteros confabulando una sarta de escenas dejavudianas; dejé de ver Juego de Tronos por el exclusivo carácter nihilista que rezuma cada personaje. Pensar que la salvadoramentecruel Khaleesi se libra de la quema es demostrar mis argumentos de que hemos perdido definitivamente (la capacidad d)el juicio –así como dar pie a pensar que necesitamos a quien nos prometa el poder del pueblo, aunque sea a cualquier precio –¡Otro totalitarismo vestido de rubio!. En Juego de Tronos todos los personajes –que no murieron antes del noveno capítulo– hubieran querido usar el anillo de Sauron, porque todos los personajes son el mismo personaje. Dejé de ver Juego de Tronos por tratarse de un panegírico a la corrupción.

A veces pienso que poner el ingenio al servicio de la barbarie y, peor aún, disfrutar con ello, no nos diferencia demasiado de quienes la ejecutan en la realidad. Ojalá tras leer este artículo podamos comprender esa indolencia que nos lleva a tener una buena digestión tras haber contemplado a hombres reales morir en pateras o ser transportados en jaulas de camino a Europa. Las civilizaciones futuras, con echar un vistazo a la cartelera, no nos juzgarán de manera muy distinta a como lo hacemos nosotros con los romanos que aplaudían la masacre de sus congéneres en los anfiteatros.

 

 

Javier Helgueta Manso es Filólogo Hispánico y Teórico de la Literatura, por las universidades de Alcalá de Henares, Complutense de Madrid y Salamanca. Su labor académica y creativa intenta no restringirse al espacio literario —si es que acaso éste no es lo suficientemente ilimitado— al considerar la necesidad de un Nuevo Humanismo basado en la aplicación de las palabras e imágenes, respuestas y preguntas, que ofrece la literatura a los problemas surgidos en la intimidad del hombre o en los intersticios paradójicos de las sociedades. No hay solución de continuidad entre la poesía… seguir leyendo

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