‘La ley del mercado’. Entrevista con Stéphane Brizé

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«A los 51 años, después de pasar 20 meses en paro, Thierry encuentra un trabajo que no tarda en enfrentarle a un dilema moral.

Para evitar que le despidan, ¿debe aceptarlo todo?»

 

Entrevista con Stéphane Brizé

 

-       Cuéntenos cómo nació el proyecto.

-       Mis películas siempre habían sido intimistas, no hacían referencia al hombre y a su entorno social. El siguiente paso era observar la brutalidad de los mecanismos y de los intercambios que regulan nuestro mundo a través de un individuo sumido en una situación precaria y enfrentado a la violencia de la sociedad. Escribí el guión con Olivier Gorce, al que conozco desde hace tiempo, pero con el que nunca había colaborado anteriormente. Su análisis y su mirada a la temática social y política son sumamente pertinentes. Fue el compañero ideal para este proyecto.

 

-       ¿En qué momento se impuso la forma de la película?

-       Enseguida. Desde que empezamos a escribir, supe que se trataría de una película rodada con un equipo restringido y con actores no profesionales, a excepción de Vincent. Incluso fui más lejos al decirles a Christophe Rossignon y a Vincent Lindon que mi idea era coproducir la película con un presupuesto limitado y que la mayor parte de nuestros tres salarios debía considerarse como participación, pero que el equipo cobraría normal. No todos los proyectos pueden hacerse así, pero este lo permitía. El fondo, la forma y el marco de financiación sí respondían; me gusta ese tipo de coherencia. También se trata de mostrar que es posible hacer películas de otra manera en un momento en que la industria se plantea graves preguntas sobre sus mecanismos de financiación.

 

-       Tuvo una extraña intuición al querer a Vincent Lindon junto a actores no profesionales.

-       Hacía tiempo que pensaba en ello. Ya había escogido a actores no profesionales en pequeños papeles con la sensación de que me acercaba cada vez más a la verdad, lo que más me interesa en mi trabajo. Pero quería llevarlo más allá con un intérprete confirmado junto a un reparto compuesto solo por actores no profesionales. Siempre con la idea de llevar a Vincent Lindon a zonas de la interpretación que aún no hubiera explorado.

 

-       ¿Cómo encontró a los actores no profesionales?

-       Hay numerosos papeles que corresponden a una función precisa: los guardias de seguridad, la banquera, los funcionarios de la Oficina de Empleo, las cajeras, etcétera. Coralie Amédéo, la directora de reparto, empezó buscando personas que realizaban el mismo papel en su vida diaria. La mayoría me dejó atónito. Dudo que sepan hacer lo que hace un actor, pero creo que no hay un solo actor que sepa hacer lo que hacen ellos. Es alucinante ver llegar a personas ante un realizador y una directora de reparto a los que no conocen y ser capaces de imponer con autoridad absoluta una verdad fuerte y brutal. ¿De dónde sacan la capacidad de ser lo que son incluso delante de una cámara? Es un misterio que me fascina.

 

 

-       ¿Todo esto modificó la interpretación de Vincent Lindon?

-       Sí, desde luego. Empiezo a conocerle bien porque esta es la tercera película que rodamos juntos. Me pareció increíble en Mademoiselle Chambon y Quelques heures de printemps, pero aquí alcanza niveles inauditos. Debe abandonarse, como yo mismo detrás de la cámara. Equivale a trabajar casi sin red.

 

-       ¿Por qué casi?

-       Porque sé adónde los dirijo a todos. No les pongo aquí o allí por casualidad esperando que ocurra un milagro. Tengo un mapa donde están apuntados los destinos y las paradas.

 

-       En la escena con los antiguos compañeros, aparece Xavier Mathieu, exlíder del sindicato CGT en la empresa Continental, que salió mucho en los medios cuando se cerró la fábrica.

-       Había visto La saga des Conti, el magnífico documental de Jerôme Palteau acerca de la lucha sindical cuando la dirección de Continental decidió cerrar la fábrica de Clairoix para trasladarla a Rumanía. Xavier fue el protagonista de esa lucha. Me impresionó y me conmovió. Cuando imaginé la escena entre Thierry y sus antiguos colegas, pensé en Xavier, en su personalidad. Hablé con Coralie Amédéo, pero no para que se pusiera en contacto con él, sino para describirle el tipo de persona que buscaba. ¿Y a quién veo en las pruebas? A Xavier Mathieu en persona. Coralie le había llamado y se presentó. Estuvo genial. Es de una integridad impresionante. No hace concesiones, y eso me parece extraordinario en el mundo actual. En la escena en cuestión, no quiere dejar la lucha, está dispuesto a seguir peleando mucho tiempo después del cierre de la fábrica. Thierry, el personaje de Vincent, quiere pasar página. No es por cobardía, sino porque ya no le queda energía, siente que para tener la oportunidad de volver a empezar, hay que soltar el pasado. Las dos opiniones se oponen, pero también se entienden.

 

-       ¿Cómo encuentra su lugar la técnica y, sobre todo, la imagen, en un dispositivo semejante?

-       En primer lugar, decidí contratar a un director de fotografía que se dedica únicamente a los documentales. Quería que estuviese acostumbrado a ser totalmente autónomo con los encuadres y la luz. Trabajé con Eric Dumont, un joven director de fotografía de apenas 30 años que nunca había rodado una ficción. Le describía con suma precisión la escena y él se dedicada a buscar los encuadres. Se convertía en el actor de la secuencia; según qué encuadre escogía, le daba un sentido u otro. Me interesaba el punto de vista de Thierry/Vincent, él está en el centro del relato, y sus reacciones. Por eso, la cámara se queda con él a pesar de no ser la persona que anima la escena. Filmo como el boxeador que encaja los golpes sin preocuparse sobremanera por el que los da. De hecho, escogí el cinemascope porque en ocasiones tenía la necesidad de que entrase más o menos claramente en el cuadro lo que ocurre al lado o delante de Thierry.

 

-       ¿Considera que se trata de una película política?

-       “Política” en el sentido de “organización de la sociedad”, sí. Observo la vida de un hombre que, durante 25 años, ha entregado su cuerpo, su tiempo y su energía a una empresa antes de ser despedido porque los jefes han decidido fabricar exactamente lo mismo en otro país donde la mano de obra es más barata. No le echan porque trabaja mal, le echan porque algunos quieren ganar más dinero. Thierry es la consecuencia mecánica del enriquecimiento de unos accionistas invisibles. Es la cara de las cifras de paro que oímos a diario en las noticias. A veces no son más que dos líneas, pero detrás se esconden auténticos dramas. Pero tampoco debíamos perdernos en la noción de miserabilismo. Thierry es un hombre normal (aunque desde hace algunos años, la noción de “hombre normal” ha sido algo vapuleada) sumido en una situación brutal: lleva más de 20 meses en paro después del cierre de la fábrica y se ve obligado a aceptar lo que le ofrezcan. Y cuando ese trabajo le coloca en una situación moralmente inaceptable, ¿qué puede hacer? ¿Quedarse y convertirse en cómplice de un sistema injusto, o irse y volver a la precariedad? Esta es la pregunta que plantea la película: el lugar de un hombre en el sistema.

 

-       Sigue a Thierry durante mucho tiempo antes de que encuentre un trabajo.

-       Sí, me pareció importante mostrar a Thierry en la realidad que supone la humillación social ligada al paro. Las citas en la Oficina de Empleo, los cursos que no llevan a ninguna parte, el banco que le da lecciones, la entrevista de trabajo por Skype, etcétera. Nadie es realmente malvado, pero todos, sin querer verlo (o atreverse a verlo), participan en la violencia del mundo. Y ese mundo es el nuestro. Estar con él todo ese tiempo nos permite entender que Thierry no tiene elección cuando acepta el trabajo.

 

-       Tampoco hace un retrato corrosivo de una profesión a menudo caricaturizada.

-       Porque las personas que hacen ese trabajo y que conozco no son nada caricaturescas. No son vaqueros que abusan de su pequeña parcela de poder. He conocido a hombres y mujeres simpáticos cuyo objetivo es evitar los robos en las tiendas donde trabajan. Sólo añadí algo que no existe realmente en el supermercado donde rodé, y es el hecho de que el director despide a los empleados con cualquier excusa para no sustituirlos y así aumentar los beneficios.

 

-       ¿Es una idea suya o de verdad sabe que ocurre?

-       Me enteré hace tiempo por un documental y se me quedó grabado. Una cosa es que una empresa gane dinero, y otra cosa es que una empresa maltrate física o moralmente a sus empleados. El trabajo se ha convertido en un artículo que escasea. Como el agua. Las empresas tienen un poder enorme. En una empresa sana, el intercambio entre la dirección y el empleado es equilibrado. Pero si la empresa se comporta como una dictadura que tiene un arma nuclear en su poder, el empleado no es más que carne de cañón. ¿Qué dignidad le queda? Es lo que me apetecía ver y mostrar.

 


 

 

Fotografías: Getty images

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