Ignasi Aballí no tiene principio, no tiene final

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Ignasi Aballí
sin principio/sin final
Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía
28.10.2015 – 27.03.2016

 

 

Autor: Álvaro Giménez

El lugar en el que “sucede” el trabajo de Ignasi Aballí (Barcelona, 1958) es el plano más superficial. Ahí prepara su juego con lo frágil y donde permanece presente mediante una suerte de burla que desjerarquiza el valor de la materia, para construir un sistema visual que se rige por la concepción disyuntiva entre lo desechable y lo admisible. El nivel simbólico que otorgamos a la materia o a la sustancia es lo que Mary Douglas va a llamar “materia fuera de lugar” refiriéndose al desecho del cuerpo. Esto es lo que, desde un punto de vista psicoanalítico y entroncado con la corriente filosófica postestructuralista, tratará Julia Kristeva como “lo abyecto”. En una poética del desecho, de lo olvidado, del material innoble (en un uso que hace referencia a la terminología escultórica tradicional) y bajo una clara influencia duchampiana; Aballí trabaja esperando a que aparezcan sus piezas, formadas por el polvo que cae en su estudio durante 10 años [Pols (10 anys a l’estudi), 2005] o por restos de tejidos que recoge del filtro de su secadora (Matèria textil, 2007). Rescata el residuo del ámbito excluido y lo utiliza como material pictórico / escultórico, en un ejercicio que juega a ofrecer lo que no debe ser visto. Es decir, reinserta lo que dejó de ser válido para la representación. De la misma manera lo haría Dieter Roth con el chocolate, el queso y otros materiales potencialmente desechables. El desecho es el producto que, o bien nunca habría podido entrar en el circuito de consumo, o bien es separado de este por haber dejado de ser apto. Esta concepción del material invalidado implica la práctica de lo obsceno, es decir, la simple puesta en funcionamiento de un determinado material en la mecánica del arte es ya una obscenidad. Esa obscenidad aparece simplemente porque en lo físico estos materiales no aportan la solidez y majestuosidad esperadas. Algo relativo a este tema tendría que decirnos el poema de Baudelaire, Una Carroña, en el que el poeta describe, con el tono del gusto romántico, un cuerpo en estado de putrefacción. Habría que preguntarse si el interés que Baudelaire le requería al hombre moderno estaba en aquello que dejó de ser apto, aquello relegado a los márgenes del régimen estético. Si bien ese gusto está más o menos visible, Aballí no está recurriendo a la putrefacción de ningún órgano, no es la materia que dejó de estar viva lo que le interesa en su reflexión. La manera que tiene Aballí de ser obsceno es desde la más poderosa levedad y con la mayor delicadeza posible.

 

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En la muestra hay una profundísima y evidente preocupación por el problema de la pintura. En ningún caso se trata de una queja ni de una reivindicación exaltada de su posición como pintor: lo que está siempre presente a lo largo de las paredes de las salas, puesto que no solo albergan las obras sino que además sufren una intervención casi imperceptible, constituye una propuesta pictórica “global”. Es una estrategia sutil y prudente que desborda los límites del espacio pictórico y que convierte a la exposición en una pintura en sí misma. Tal propósito global queda del todo reafirmado cuando reparte por toda la exposición la señalética fotografiada habitual en los espacios de exhibición de arte, construyendo así una narración paralela y en consecuencia una configuración normativa nueva de la propia exposición. Sin principio / sin final es fundamentalmente un cuestionamiento del espacio pero también del tiempo y de la prolongación en él del hecho artístico. Lo vemos en la fascinación obsesiva por coleccionar, por recoger y ordenar para posteriormente mostrarnos inocentemente sus decisiones. A medida que pasan los días, las palabras y números extraídos de sus periódicos se van agregando a unas listas que acaban por no cerrarse nunca. Evitando el posicionamiento claro, es capaz de suscitar una u otra lectura ideológica o interesada sobre el tratamiento y presentación de la información diaria. De esta forma, el artista se nos presenta despojado de la autoridad que en primera instancia había adquirido. Esto es lo que permite la introducción del elemento del azar en la ejecución de la obra, del “dejar hacer” artístico que, como vamos viendo, atraviesa toda su producción. Es decir, la obra que se va haciendo “por sí sola” nos está proponiendo un distanciamiento autor / resultado necesario para la comprensión del lugar al que conduce su trabajo y útil para esa descarga de responsabilidad respecto a la imagen.

 

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One Comment

  1. !! Bravo !! Álvaro Giménez,
    Intachable, rozando la perfección
    Enhorabuena

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