Crónica sobre ‘La Cruz de Danzania’. I No había lugar para ellos

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«El pueblo gitano no es ni el mejor ni el peor de los pueblos de la Tierra. En el seno de nuestra comunidad se dan las mismas miserias y grandezas que pueden darse en cualquier grupo humano y por tanto sería injusto creer que todos los gitanos somos iguales. Por eso en la Unión Romaní pretendemos que los medios de comunicación y, por extensión, la sociedad, entiendan que es necesario informar acerca de nuestro pueblo, o de los miembros que lo integramos, de la misma manera que se informa del resto de los pueblos, etnias o grupos.»

En ‘Nevipens Romaní’, La prensa española ante el pueblo gitano, 1-15 de enero de 2004. Nº 368

 

Había amanecido como casi todos los días de aquel raro octubre. Un poco nuboso en lo alto que, sin embargo, parecían quedar tímidamente acorraladas por el Sur unas bocas de cielo completamente despejadas. Siempre engañoso, porque los vientos del Norte y el Gallego, con sus acertadas y frías bofetadas en la cara, recordaban a las contadas personas que pasaban por aquel camino solitario, por la hora y el lugar, que el invierno volvía con hambre.

Leonardo se había adelantado a su horario normal aquella mañana. Camino del colegio en donde trataba de educar al grupo de niños que le habían encomendado, no pudo dejar de ver a unas pequeñas sombras que iban de un lugar a otro, unas despacio, otras saltando, por entre los escombros de una nave industrial en ruinas. Era una familia de etnia gitana que había aparecido en La Cruz de Danzania, una localidad al norte del país, como un nuevo reposo y acomodo, si alguna vez esas palabras le hubiesen hecho justicia en su largo y lento recorrido nómada.

La población de La Cruz siempre había sido tranquila, sin mayores ambiciones sociales que las de votar cada cuatro años al mismo cacique, un muchacho taciturno, poco hablador, y temeroso en exceso a cualquier novedad o a cualquier persona nueva que pudiera variarle el reloj acompasado y tan callado que tenían sus días.

A la mañana siguiente, en que no podía explicarse cómo estaban los chicos mayores del poblado lavándose la cara en el regato a medio cristalizar, Leonardo fue preguntado por la madre de los niños si habría posibilidad de que sus tres hijos mayores fuesen al colegio. El maestro no lo dudó y compartió esa necesidad aquel mismo día con el director. Todo con normalidad, como lo hacen quienes solo saben dar clase y educar.

Y se hicieron los papeles. Comenzaba una apuesta no premeditada, sin intención alguna, a no ser la de levantarse contra la humillación de los siempre migrantes, de los que van y vuelven siempre huyendo de los lugares de donde les echan. Ahora se llama empatía y siempre se llamó solidaridad a esa confluencia del sentimiento de desesperanza ante la frigidez hacia las normas no escritas, por parte de los que por sistema miran hacia otro lado.

Sí. Una apuesta en la noche por el día de los desarraigados en su tierra natural y cuyo único deseo es sobrevivir, establecerse y existir sin estar atados. Una apuesta por los invisibilizados, pero que se les persigue y atormenta. Una apuesta por los sin-voz, los invisibles y los aniquilados en sus ilusiones vitales que solo quieren al menos subsistir, pero vivir en libertad. Una apuesta por lo que ha de ser y, al parecer, cuesta serlo.

Al día siguiente, los tres chicos mayores ya estaban camino del colegio y sembrando, sin ellos pretenderlo, una enorme expectación. Nos organizamos los maestros que íbamos a ser sus tutores y flexibilizamos los apoyos. Leonardo, mucho más tarde y a lo largo de su docencia, siempre tuvo a Bois como ejemplo de alumno que quiere aprender. A los once años, sin saber leer, levantaba su cabeza de la tarea y espiaba los aprendizajes de sus compañeros. En menos de dos meses y con una voracidad y atención aparentemente desmedidas, sabía localizar los meridianos y los paralelos en el mapa e identificándolos con seguridad y rapidez. Cualquier cosa que escuchaba la integraba de inmediato. Solo quería aprender.

 

En su tierra que no es suya, sin dinero y perseguidos

Cortando la educación, desaparece cualquier perspectiva. Eso fue lo que pensó seguramente aquel muchacho taciturno, poco hablador y temeroso en exceso a cualquier novedad o a cualquier persona nueva que pudiera variarle el reloj acompasado y tan callado que tenían sus días y, cuan largos pudieran ser, sus razonamientos los atendía siempre con una singular simpleza. A la nave-vivienda de la familia De la Cruz siempre se la había conocido en ruinas y era de un constructor amigo del callado mandamás del pueblo. En cualquier momento pudiera habérseles venido encima a los niños del pueblo que jugaban a veces dentro. Pero la torpeza llevaba consigo unos medios muy simples: el cambalache, el engaño y las promesas que estaban abocadas para no ser cumplidas. La mentira, de patas cortas, empezaba a correr demasiado, y el análisis tan ingenuo del alcalde nunca iba a entender la aparente estrategia de ver encendida una o dos hogueras más, cada vez que él trataba de apagar y sofocar un problema serio. Había encontrado la mejor ocasión para acabar de derruir la nave. El empeño de la Guardia Civil ordenada por el Ayuntamiento había sido instar a esta familia a abandonar la nave, “por su propio pie (…), antes de tener que expulsarlos a la fuerza”, como informaba un periódico de la época, en 1988. Y así lo hicieron. Lo que vino después ya es otra historia que será servida en la próxima entrega.

 

 

 Pintura: Pablo Ruiz Picasso

Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad de Oviedo con la defensa de la tesis “La educación en la obra del Dr. D. Enrique Diego-Madrazo y Azcona”, su verdadera vocación es la de maestro, profesión en la que ha ejercido como director del C.P. Pedro Velarde -Muriedas (Cantabria)- en los tres últimos años de su actividad docente.

Publicaciones.-
“Enrique Diego-Madrazo, un precursor pedagógico relevante” (2009). Centro de Recursos, Interpretación y Estudios en materia educativa. Polanco (Cantabria).
Coordina y escribe con otros autores “Colegio Ped… seguir leyendo

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