Evangelio según nadie

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No hay verbo para comenzar el Génesis de nuestro tiempo, ni días para el descanso. Mientras el ébola sulfura el cuerno de África en competencia con otras enfermedades olvidadas y las avalanchas humanas de países remotos llaman a nuestras puertas, casi como en la canción de Bob Dylan, sin que suficientes san pedros puedan distribuir sus esperanzados pies, los países que aniquilaron hasta inventar la muerte ahora acogen con los brazos abiertos: ya nadie sabe, en política, si se conserva algún acto puro. Nos parecemos a las bandadas de aves migratorias en que su Moisés ha sido ahogado por la crecida del mar ­–cambio climático lo llaman: aunque la verdad ha sido que todas las extinciones tienen su raíz en nuestra destreza al aclimatarnos–: a lo sumo tendemos puentes infinitos construídos con la cerámica de los platos de los pobres que antes de reclamarlos ya han muerto. Ningún extraterrestre nos ha puesto las trampas. Somos como el ratón que se construye la suya propia y para colmo se tira voluntariamente a ella tras colocar el queso. Un queso virtual, una verdadera matrix que nos ciega a través de pantallas y nos enajena con la sintaxis de un lenguaje de piel de cordero. Hay días que quisiéramos, como Toller, enarbolar un martillo decimonónico y salir a destruir todas las máquinas, hasta que nos vibra el móvil y algún desconocido ha dado al me gusta y, entonces, nos sentimos profundamente afortunados. Necesitamos la imagen de un árbol para creérnoslo: aunque tenemos perros se nos ha olvidado el mecanismo del olfato, el gusto por olisquear la vida. Estamos con el agua al cuello, pero con las guerras al menos a miles de kilómetros de distancia: las bombas son cosas del telediario. En el cine, sin embargo, nos gusta el dolor y las vísceras: pedimos ficción de pistola. Reclamamos a los gobiernos la caridad que jamás hemos demostrado con nuestro vecino: con una mano amenazamos al cielo y con la otra tiramos la comida sobrante a la basura. Porque, precisamente, las naciones y los hombres no se deben describir por su hábito, sino por lo que ocultan, no por rascacielos y banderas sino por su detritus –no por mucho reciclar amanece más temprano–, radiografía imposible que confirma nuestra cainita hipocresía. Todos los pueblos poseían un dicho en donde se recuerda que hay que aprender de la historia para no cometer antiguos errores. Pero hoy los dichos se desconyuntan entre millones de tuits y se ahogan en el incesante flujo del timeline.

Nuestro evangelio se llama apocalipsis. Y no lo ha escrito nadie.

 

 

Imagen: Freepik

 

Javier Helgueta Manso es Filólogo Hispánico y Teórico de la Literatura, por las universidades de Alcalá de Henares, Complutense de Madrid y Salamanca. Su labor académica y creativa intenta no restringirse al espacio literario —si es que acaso éste no es lo suficientemente ilimitado— al considerar la necesidad de un Nuevo Humanismo basado en la aplicación de las palabras e imágenes, respuestas y preguntas, que ofrece la literatura a los problemas surgidos en la intimidad del hombre o en los intersticios paradójicos de las sociedades. No hay solución de continuidad entre la poesía… seguir leyendo

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