Pan y tomate

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A poco que lo piense uno, o que tenga un poco de sensibilidad y amplitud de miras, se vuelve inadmisible –que no incomprensible– la celebración de actos como la Tomatina, festividad grosera que, en pos de una ínfima diversión generalizada, se nos cuela con la excusa del diminutivo, como si fuera algo menor.

Antes al contrario, por el número de años en que se ha celebrado –ya van 70 ediciones–, por la ingente cantidad de personas que en ella participan, y por su naturaleza desbordaberrante, que le pega tanto al carácter del españolito medio, empieza a granjearse el título de tradición: etiqueta que, últimamente, se emplea con demasiada frecuencia para definir festejos y actitudes que queremos salvaguardar del debido proceso moral o al menos de una revisión colectiva.

Decía al principio que no era «incomprensible» porque, aunque a algunos nos duela este país al contemplar su oferta televisiva, sus trending topic, sus formas de divertirse a cualquier precio –o al precio del todo vale–, no nos puede pillar por sorpresa que centenares de miles decidan quedar un buen día para hartarse a tomatazos sin sentido. La Tomatina es comprensible, como lo es que Gran Hermano tenga la máxima audiencia en televisión o que la gente se mate por el fútbol, porque en España el crecimiento económico y de las libertades no ha ido de la mano de un ascenso sociocultura. Que no hay mucha educación, vaya.

Por esto es inadmisible. No nos vale que se reivindique, desde la simplicidad, el concepto de tradición, ni desde la intelectualidad, el espíritu español como heredero del ethos dionisíaco. No nos vale la excusa de que se trate de una partida de tomates que no alcanzan el tamaño o color idóneos para ser vendidos, porque lo relevante es el ejemplo de una cultura del desperdicio que se transmite de generación en generación y, más aún, porque existen mentes lúcidas que, desde la ciencia y la ecología, podrían dar salida a ese excedente de manera mucho más digna, satisfaciendo a los verdaderos implicados: los agricultores. Aquí lo que vale es el kilo de tomate que apenas pueden probar muchos niños que se alimentan solo en comedores escolares porque sus padres están desahuciados o que jamás han olido millares de regugiados que por las consecuencias de la guerra llegan a estas horas a las puertas Europa esperando encontrar una supuesta civilización.

Sigan hortalizándose. Sigan lanzando tomates y dejándonos a todos rojos pero de la vergüenza ajena. Sigan tirando nuestra conciencia por cualquier borda.

 

 

Javier Helgueta Manso es Filólogo Hispánico y Teórico de la Literatura, por las universidades de Alcalá de Henares, Complutense de Madrid y Salamanca. Su labor académica y creativa intenta no restringirse al espacio literario —si es que acaso éste no es lo suficientemente ilimitado— al considerar la necesidad de un Nuevo Humanismo basado en la aplicación de las palabras e imágenes, respuestas y preguntas, que ofrece la literatura a los problemas surgidos en la intimidad del hombre o en los intersticios paradójicos de las sociedades. No hay solución de continuidad entre la poesía… seguir leyendo

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