(Auto)crítica literaria (II): estrangular el poliedro.

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Los complejos que el humanista de nuestros días conserva ante la hegemonía del método científico llevan a asfixiar cada vez más la creatividad en los primeros años de estudio de los nuevos alumnos. Al estudiante se le pideque sea limpio en su trabajo, intachable en su gramática y claro en su exposición. El problema surge cuando ese aparato de restricciones implica trasponer la delgada línea que va de la sencillez a la simpleza además de cegar la clarividencia a base de claridad.

Es evidente que, para el caso que conozco mejor, el de la filología y la teoría de la literatura, los desmanes de pasadas décadas obligan a poner máxima atención en el carácter riguroso de nuestro trabajo y en la minuciosidad con que se debe atender el objeto de estudio; pero una domesticación severa de los estudiantes que se están iniciando en el arte de la palabra puede llevar, por un lado, a la pérdida de la vocación inicial y, por otro, a la graduación masiva de una caterva de filologuines clónicos en donde no se distingan voces genuinas, estilo.

A ello contribuyen sin duda las pautas marcadas tácicamente en la poética del artículo científico. No se trata aquí de hacer un discurso antiacadémico pueril, al estilo de las vanguardias o de ciertas facciones estudiantiles o literarias de actitud lamentable, sino de poner sobre la mesa un hecho: quien se desvía de las reglas canónicas a la hora de plantear una investigación se enfrenta al ostracismo y a la incomprensión institucional.

Por suerte, hay quienes valoran al estudiante que actúa como un pensador intuitivo, aunque funcione a chispazos caóticos, a ese que, cuando se plantea un problema y el modo de atacarlo van generándose en su cabeza palabras y esquemas de un modo monstruosamente entrópico –pero orgánico– que si bien se impone sobre el objeto de estudio sin duda ilumina parcelas insospechadas. Este tiene mucho de explorador capaz de hollar territorios nuevos.

Cada vez es más frecuente encontrar la preferencia por investigaciones básicas en los cursos universitarios. Se prefiere un polígono de formas bien construidas, porque se teme tropezar más allá de las dos dimensiones; se prefieren a la intuición y a la complejidad y belleza de lo extraño. Y sin embargo, en la historia del pensamiento siempre se han necesitado pensadores tridimensionales que adelanten sistemas que solo otros, mucho más tarde, a toro pasado, completen. Ojo. Estrangular el poliedro significa simpatizar con el simplismo generalizado.

 

Javier Helgueta Manso es Filólogo Hispánico y Teórico de la Literatura, por las universidades de Alcalá de Henares, Complutense de Madrid y Salamanca. Su labor académica y creativa intenta no restringirse al espacio literario —si es que acaso éste no es lo suficientemente ilimitado— al considerar la necesidad de un Nuevo Humanismo basado en la aplicación de las palabras e imágenes, respuestas y preguntas, que ofrece la literatura a los problemas surgidos en la intimidad del hombre o en los intersticios paradójicos de las sociedades. No hay solución de continuidad entre la poesía… seguir leyendo

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