(Auto)crítica literaria (I)

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En pleno vuelo de Budapest a Madrid, tras cierto Simposio en el que he tenido el gusto en participar –y perdónenme el apunte biográfico, pero no deja de sorprender hasta dónde nos puede llevar Cervantes– me pregunto qué hubieran hecho el cura y el barbero si en vez de libros de ficción caballeresca hubieran encontrado en las estanterías de Alonso Quijano ensayos de crítica literaria. Dudo que, de haber sido así, hubiera quedado vivo un solo libro en aquella improvisada inquisición. Y ello no por una mera cuestión religiosa, en caso de que el cura cervantino advirtiera la presencia de tanto crítico judío y protestante entre sus autores, sino por miedo a que el envejecido hidalgo tuviera la delirante idea de marchar por esos mundos de Dios a socorrer alumnos o a gobernar departamentos, a desfazer interpretaciones o a luchar contra los enemigos de otras escuelas… En definitiva, a dar a conocer su nombre con teóricas fazañas.

Bromas aparte, el denostado humanista de nuestro tiempo, que se ve prejuzgado sin que se conozca lo suficiente la –posible– labor que se –le– encomienda, debe mantenerse constantemente alerta en su itinerario si no quiere caer en los vicios que se le critican de antemano. Este problema puede ser solucionado a través de una de principales técnicas metodológicas del hombre de letras: el cambio de enfoque de lo micro a lo macro. Nadie como el humanista, incluso el filólogo experto desde hace siglos en el rastreo de los resquicios textuales, conoce la necesidad de apartar la lupa que apuntaba a la palabra de un verso, de alejar la vista del mundo ficcional, para poder contemplar el poema en toda su complexión, en su situación espacial dentro de un objeto llamado libro, pero objeto en sí mismo, histórico, también él. Del mismo modo, se ha de dejar la escritura del artículo o la comunicación momentáneamente, levantarse de la silla, contemplar por la ventana, aunque sea de un mundo extranjero, el bullir visible e invisible de las cosas. Y preguntarse el por qué de nuestras carreras y nuestras vigilias. E hilvanar el pensamiento con la urdidumbre de las calles.

El asunto es grave y aquí apenas queda torpemente esbozado. Baste una recomendación: a la crítica literaria le hacen faltan más congresos de ética epistemológica y profesional para no desviarse del camino límite entre la precisión científica y el proyecto humanista.

 

 Foto: Freepik

Javier Helgueta Manso es Filólogo Hispánico y Teórico de la Literatura, por las universidades de Alcalá de Henares, Complutense de Madrid y Salamanca. Su labor académica y creativa intenta no restringirse al espacio literario —si es que acaso éste no es lo suficientemente ilimitado— al considerar la necesidad de un Nuevo Humanismo basado en la aplicación de las palabras e imágenes, respuestas y preguntas, que ofrece la literatura a los problemas surgidos en la intimidad del hombre o en los intersticios paradójicos de las sociedades. No hay solución de continuidad entre la poesía… seguir leyendo

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