Eleg(ir)ía: Que la muerte va en serio

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«Que la vida iba en serio» (J. Gil de Biedma)

 

A menudo se confirma que el pasado resulta inmejorable. Una canción que re-suena, un viaje a los pueblos de antaño, ahora abandonados, una muerte inesperada –o, mejor dicho, una vida tan oculta que se inventó prefijos inverosímiles para lo mortal, –lo verosímil, eso es, la única verdad entre tanto bombardeo de ficción, entre tanta vida como espectáculo, que dijera Debord. Pero algunas cosas quedan todavía para situarnos en el centro de una verdad sin anexos ni cursivas. No hay que buscarlas: nos llegan –nos llegarán– por muy dormidos que estemos. Nos llegarán con la fuerza de una tapia plana, alta, blanca y vacía, de una habitación sin esquinas, de un más acá en donde el hombre sienta la necesidad de filosofar al verlo todo más claro, al ser todo pocas cosas: sencillas pero ciertas.

El sentimiento de culpa es una cuestión más poderosa que la tranquilidad del trabajo bien hecho. Incluso en una era supuestamente postcristiana, somos hijos del arrepentimiento, cuando la muerte escarba todas nuestras cortezas.

Se podía haber hecho más.

Siempre se pudo hacer más, que no ya mejor, pues la nuestra es una imperfección extraterrestre, una leve-imperfección-de-donde-venga. Pero se tuvo la oportunidad entre las manos: la oportunidad era algo tangible, un cuerpo cierto ante nuestros ojos, delgado como un niño, burbujeante como un pájaro, la oportunidad fue la única verdad hecha carne: un vencer la pereza, un constituir la justicia, un responder al amor, un ser vida más allá de nuestro egoísmo. La oportunidad es un argumento consabido que no se enseña en ninguna escuela, que no pasa de la madre al niño a través de la placenta: la oportunidad se halla en el código genético que nos dijo animales hace milenios, animales que por entonces se jugaban la vida y por ello no podían perderla, animales que, sin embargo, por primera vez en la historia, tienen la oportunidad de la oportunidad, es decir: pueden trascender su naturaleza de instinto y azar para convertirla en una decisión humana, en una convicción humana, en un acto que evite que la muerte se marche tan callando.

Porque llegado el momento en que no quedaron momentos, la escritura nos sabe a poco para entregar lo perdido y para vencer lo ajena que nos es la muerte.

 

Javier Helgueta Manso es Filólogo Hispánico y Teórico de la Literatura, por las universidades de Alcalá de Henares, Complutense de Madrid y Salamanca. Su labor académica y creativa intenta no restringirse al espacio literario —si es que acaso éste no es lo suficientemente ilimitado— al considerar la necesidad de un Nuevo Humanismo basado en la aplicación de las palabras e imágenes, respuestas y preguntas, que ofrece la literatura a los problemas surgidos en la intimidad del hombre o en los intersticios paradójicos de las sociedades. No hay solución de continuidad entre la poesía… seguir leyendo

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