«Residencia en la tierra»

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Foto Freepik

 

Alguna vez habrán oído decir, no en un conferencia universitaria, ni en una recepción papal, ni el congreso de los disputando, sino en la calle, en un supermercado –instantes antes de que se termine el kilo de rodaballo– o en los ascensores más inhóspitos, que el infierno no está en el centro de la tierra, ni en un más allá desconocido, sino que el infierno es la propia vida.

Residencia en la tierra es, tanto para los que lo sepan como para los que no, el título de una obra que marca un antes y un después en la poética nerudiana. Conocido por sus sonetos de amor, por su desesperación cantarina y por tener costumbre de escribir los versos más tristes a las tantas –en lo cual se parece al Derrida de No escribo sin luz artificial–, decide marcar un nuevo rumbo en su poesía, acercándose a la estética surrealista. Lo hace con mayor o menor acierto, pero nada de eso importa aquí. Tan solo nos interesa el título.

Si se lo robamos, temporalmente, es porque a veces hay que dejarse de metáforas. –Solo a veces–. Por más que el hombre se parezca cada día más a las aves migratorias en la manera de buscar la supervivencia, e incluso el rico occidental de la posmodernidad –o de la altermondernidad o como quieran llamarlo– se explique desde una poética del viaje, lo cierto es que re-sidimos, es decir, si no se me ha olvidado el latín y la gramática histórica que aprendí: del verbo sedeo, y así, de la misma raíz que el verbo sentarse. Residir en la tierra constituye, por tanto, el mismo ejercicio que viajar en tren, como hago ahora: sentarnos en un objeto más grande que nos transporta. Vivir es ser transportado. Vivir es sentarse con la falaz sensación de que tenemos el timón en las manos.

Pero la residencia es también un edificio con unas particularidades muy concretas –me pregunto si en el Sim City también se construyen. La residencia es también ese lugar condenado, con todos los eufemismos que se quieran, al silencio. Leer el espacio de la residencia desde una perspectiva foucaultiana permite comprenderlo. O visitar una de ellas, simplemente: llegar hasta allí con toda nuestra vida y con todo nuestro ruido, si nos atrevemos a adentrarnos en el bosque también en ese momento en que el final del otoño se da la rama con el invierno.

Hoy hay una mujer sola y sin libros, sentada en su silla de ruedas, que está a su vez sentada sobre el suelo de un gran edificio opaco, que está a su vez sentado sobre un planeta cíclico. Y aunque se nos olvide también es residir en la tierra.

 

Javier Helgueta Manso es Filólogo Hispánico y Teórico de la Literatura, por las universidades de Alcalá de Henares, Complutense de Madrid y Salamanca. Su labor académica y creativa intenta no restringirse al espacio literario —si es que acaso éste no es lo suficientemente ilimitado— al considerar la necesidad de un Nuevo Humanismo basado en la aplicación de las palabras e imágenes, respuestas y preguntas, que ofrece la literatura a los problemas surgidos en la intimidad del hombre o en los intersticios paradójicos de las sociedades. No hay solución de continuidad entre la poesía… seguir leyendo

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